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Publicado el 21 de diciembre, 2014

¿“Chao, Nicolás”?

Para Maduro el acercamiento entre EEUU y Cuba es un balde de agua fría, porque el giro del aliado cubano contradice lo que hasta ahora parecía una prédica sin fisuras.
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Todavía es muy pronto para afirmarlo con certeza, pero todo sugiere que el Presidente de Venezuela recibió tan sorprendido como el resto del mundo el anuncio de que Cuba y Estados Unidos acordaron restablecer las relaciones diplomáticas cortadas hace más de medio siglo. En realidad, más que una sorpresa, para Nicolás Maduro la noticia debe haber sido un balde de agua fría, porque el giro del aliado cubano contradice lo que hasta ahora parecía una prédica sin fisuras en contra del “imperialismo yanqui” por parte del eje Caracas-La Habana: con Washington, a ninguna parte y por ningún motivo.

Es una prédica que Maduro heredó de Hugo Chávez, pero que él mismo se ha encargado de sostener —con más vehemencia y menos talento que su antecesor— durante sus casi dos años como líder designado de la revolución bolivariana. No hay que hurgar mucho para encontrar pruebas del celo antiimperialista del Mandatario, pues apenas hace unos días llamó a enjuiciar por crímenes de guerra “a los amos estadounidenses (y) a sus esclavos pitiyanquis en el mundo”. Y en alusión a las sanciones que proponía el Congreso norteamericano contra funcionarios venezolanos acusados de violaciones a los derechos humanos (entre ellas, la negación de visas), Maduro simplemente invitó a que “agarren su visa y se la metan por donde tienen que metérsela (esos) insolentes imperialistas yanquis”. Más claro, echarle agua.

La nueva voluntad dialogante de Cuba, principal aliado político de Venezuela en la región y fuente irreemplazable de legitimidad revolucionaria para el chavismo, deja en incómoda posición a Caracas si es que ésta pretende seguir haciendo de su encendida retórica antinorteamericana un pilar clave de su política exterior, como ha sido durante más de una década. Y, por cierto, pone en duda hasta qué punto La Habana sigue considerando al régimen que fundó Chávez como un amigo indispensable, especialmente ahora que sus serios problemas económicos arriesgan empeorar con una baja de los precios del petróleo que se avizora prolongada.

También queda en suspenso el futuro de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), que Cuba y Venezuela promovieron intensamente como una alternativa —en esencia, un contrapeso geopolítico— al Área de Libre Comercio de las Américas impulsada por Washington. Si ya con la muerte de Chávez el ALBA había perdido buena parte de su ímpetu original, situación que se ha agudizado con las crecientes dificultades de Venezuela para seguir siendo su sostén financiero, la nueva “détente” cubano-estadounidense pone en cuestionamiento la propia razón de ser de la organización. ¿Podrá el régimen bolivariano seguir denunciando a EE.UU. como “la amenaza más grande que enfrenta la especie humana” —en palabras de Hugo Chávez—, cuando la mismísima Cuba de los Castro adopta un tono conciliador con su enemigo por antonomasia?

Tal vez Maduro no ha sabido, o no ha querido, aprender las lecciones que la historia del comunismo ofrece en abundancia, una de las cuales es que el pragmatismo siempre termina por imponerse a la consecuencia ideológica. Así como en plena Guerra Fría la Unión Soviética no dudó en alimentar a sus ciudadanos importando de EE.UU. el trigo y otros insumos que su economía planificada era incapaz de producir, hoy Cuba parece apostar a que un acercamiento con su némesis capitalista la salvará del fracaso de un modelo similar. A estas alturas, es claro que sólo la cuantiosa ayuda económica venezolana que la isla recibe desde comienzos de siglo había conseguido retrasar el inevitable ajuste de cuentas cubano con la realidad, y no deja de ser irónico recordar que la propia Venezuela depende financieramente en gran medida de EE.UU., principal destino de sus exportaciones petroleras.

Como sea, Barack Obama ya lanzó el primer golpe que podría tensionar la hasta ahora inconmovible alianza estratégica entre Cuba y Venezuela, al aprobar sanciones contra las figuras chavistas que el Congreso norteamericano acusa de violar los DD.HH. durante las protestas estudiantiles de principios de año, reprimidas con un saldo de 43 muertos y centenares de heridos. Lo que Maduro piensa al respecto ya lo sabemos; queda por ver si su colega cubano intenta hacerlo cambiar de opinión o si opta por darle una cortés, pero inequívoca, despedida.

 

Marcel Oppliger, Periodista y autor del libro “La revolución fallida: Un viaje a la Venezuela de Hugo Chávez”.

 

 

FOTO:DAVID CORTES SEREY/AGENCIAUNO.

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