Hoy en día los máximos ejecutivos requieren tener capacidades distintas, y no necesaria o exclusivamente una mayor preparación profesional. Deben ser capaces de leer y entender el entorno, ya sea reputacional, político o regulatorio. Al mismo tiempo, deben asumir que cada uno de los actores y variables que forman parte del ecosistema en el cual se desenvuelven, puede tener injerencia en sus negocios.
Publicado el 19.10.2017
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El caso de AFP Capital y sus coletazos —a nivel reputacional, empresarial e incluso político— nos hace pensar seriamente sobre el rol que debieran desempeñar las máximas cabezas que dirigen las empresas que operan en Chile. De hecho, hace dos semanas se divulgó un interesante estudio de una consultora internacional sobre altos ejecutivos globales (entre ellos chilenos), que nos entrega una buena radiografía sobre su visión e inquietudes.

Según el estudio, los CEO se sienten relativamente seguros sobre el futuro inmediato de sus compañías y países. Sin embargo, están preocupados por el panorama global y el impacto potencial que los hechos sucedidos en otros mercados pudieran tener en su país. Comparten también una creciente conciencia de la necesidad de mejorar o ampliar sus habilidades para hacer frente a la tecnología y los desafíos emergentes.

Es en este punto donde es importante detenerse. Hoy estamos en un nuevo escenario: un país con profundas grietas en la confianza, un deterioro de las instituciones (entre ellas las empresas) y con un cuestionamiento constante a todo; un Chile que requiere de nuevos CEO. Y esto pasa no por un tema generacional, ni por instalar nuevos líderes en las empresas, sino que por un cambio en el mindset.

En este nuevo Chile los máximos ejecutivos requieren tener capacidades distintas, y no necesaria o exclusivamente una mayor preparación profesional. Deben ser capaces de leer y entender el entorno, ya sea reputacional, político o regulatorio. Al mismo tiempo, deben asumir que cada una de los actores y las variables que forman parte del ecosistema en el cual se desenvuelven, puede tener injerencia en su negocio. Por otro lado, asimilar que cualquier acción u omisión puede desembocar en un issue o en una crisis,  y donde se les exige asumir el hecho de que ellos son la cara de las empresas. Mismas caras que, con un performance adecuado, pueden acarrear una positiva visibilidad para una compañía. Y cuando este performance, antes limitado a lo público y abarcando hoy también a lo privado, es negativo, eso puede traer nefastas consecuencias que no se condicen con las expectativas que se tenían o se tienen sobre él.

Se puede entender que muchas veces gestionar el día a día es más atractivo y más imperativo, pues es lo que conocen y entienden como su única responsabilidad. Pero hoy no basta. El nuevo CEO requiere tener nuevas capacidades, acceder a información distinta, rodearse de gente distinta. Conocer y procesar nueva información. Y digo nueva porque es nueva para ellos, pero siempre existió; sin embargo, ellos la desechaban por no considerarla atingente a su negocio, sin entender que hoy todo es atingente a su negocio.

Asimismo, merece la pena plantearse un nuevo consumo de medios. Hoy no basta con leer las secciones de economía y empresa, ni sólo los diarios de negocios. Internet ha traído una serie de medios, como éste, todos relevantes y fundamentales para formarse y formar opinión y agenda. Junto con la proliferación de información en Twitter y otras redes sociales, misma información que está a la mano, sólo es cosa de tomarla.

Yendo más allá, sería interesante saber cuál es el legado que quieren dejar estos ejecutivos. Lo que necesariamente lleva a la necesidad de plantearse nuevas preguntas. Entre ellas, el cómo pueden enfocarse en lo relevante por sobre lo urgente. Así surgen diversas inquietudes, que van más allá de la maximización de beneficios en el corto plazo, más relacionadas con pensar una compañía sostenible en el tiempo.

A lo anterior hay que agregar un ingrediente no menor, y es el hecho de que ellos deben asimilar que la sociedad hoy es transparente, donde vicios y/o errores privados no pueden maquillarse, ni menos ocultarse. Y donde no basta con parecer, lo que manda es el ser. Atrás quedaron los tiempos en que las cosas se gestionaban con un “telefonazo” que podía “bajar” un tema. Los nuevos tiempos están requiriendo un nuevo approach.

Nuevos tiempos que están relevando a la economía de la reputación, dando paso a la economía de la integridad. Economía que, a la luz de los últimos hechos, y de recientes estudios de transparencia e integridad, más que brotes verdes está dando señales rojas. Señales que hay que tomar y revisar.

Es de esperar que los ejecutivos estén asimilando esta nueva realidad. De lo contrario, serán incapaces de gestionarla y les seguirá estallando en la cara. Es un efecto viral, profundo e inevitable, que no sólo pone en riesgo su reputación personal, sino que la de sus compañías y del modelo de negocios que hasta ese momento operaba sin mayores sobresaltos.

 

Claudio Ramírez, socio de CONSIGLIERI

@cramirez