El siglo XX fue una época difícil, pero extraordinaria, más para una persona como él: después de todo, su vida coexistió con el final de la Primera Guerra Mundial, el auge de los fascismos, la consolidación del régimen comunista en la Unión Soviética, la siempre cruel Segunda Guerra Mundial, el proceso de expansión del comunismo y otras tantas circunstancias que marcaron el siglo, así como la propia vida del historiador británico.
Publicado el 17.06.2017
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El 9 de junio de 1917 –el mismo año de la Revolución Bolchevique- nació Eric Hobsbawm, en Alejandría, Egipto. Extendió su larga vida hasta comienzos de octubre de 2012, dejando un importante legado historiográfico e intelectual.

Estudió en Cambridge, Inglaterra, a mediados de la década de 1930, y en ese país desarrolló gran parte de su vida como historiador, uno de los más importantes de la última centuria. Para muchos, Hobsbawm fue un referente, y algunas de sus obras se volvieron textos indispensables en los estudios universitarios y para gente interesada en la historia; era necesario volver sobre ellos, tanto por su erudición como por las reflexiones que solían prestigiar sus libros. Adicionalmente, se convirtió en un hombre involucrado con su tiempo, en lo que él mismo llamó “el corto siglo XX” (en Historia del Siglo XX, Barcelona, Editorial Crítica, varias ediciones). Lo que resulta particularmente interesante es que fue escribiendo en paralelo a su vida, procurando transmitir esa historia vivida que fue parte de sus intereses intelectuales.

Felizmente, Hobsbawm decidió en algún momento escribir su autobiografía, en un libro poderoso que se llamó Años interesantes. Una vida en el siglo XX (Barcelona, Crítica, 2003). Sin duda se trató de una época difícil, pero extraordinaria, más para una persona como él: después de todo, su vida coexistió con el final de la Primera Guerra Mundial, el auge de los fascismos, la consolidación del régimen comunista en la Unión Soviética, la siempre cruel Segunda Guerra Mundial, el proceso de expansión del comunismo y otras tantas circunstancias que marcaron el siglo, así como la propia vida del historiador.

Muchos de esos procesos no sólo los vivió, sino que también los estudió y escribió acerca de ellos. Uno de los casos más ilustrativos es el del comunismo, que formó parte de su vida, cuando se hizo comunista en la década de 1930 (en realidad confiesa que cuando tenía unos 13 años ya quería ser comunista), para combatir al fascismo, según precisó en su autobiografía. Por otra parte,  el marxismo, la Revolución Bolchevique y otros temas relacionados fueron factores fundamentales de su interés histórico. Estudió marxismo, escribió sobre él desde la perspectiva de la teoría de la historia (en Sobre la historia, publicado por Crítica, aparecen algunos artículos al respecto) y realizó el prólogo a la edición del Manifiesto Comunista en su aniversario 150 (Barcelona,  Crítica,  1998).

Hace unos años tuvo la feliz idea de reunir en un solo volumen una serie de artículos sobre el tema, que fueron publicados con el sugerente título Cómo cambiar el mundo (Barcelona,  Crítica,  2011). Se trata de un libro brillante y lleno de información y reflexiones sobre una de las corrientes ideológicas más influyentes en el siglo XX,  y sin cuyo conocimiento se vuelve prácticamente imposible intentar comprender esta época histórica. Por sus páginas transcurren desde el Manifiesto de Marx y Engels hasta las posibilidades de un comunismo para el siglo XXI, pasando por la Revolución de 1917, el antifascismo y las etapas de mayor influencia del marxismo a nivel internacional.

Llama positivamente la atención que el historiador se sustrajera del prejuicio ideológico y el compromiso político a la hora de analizar procesos históricos complejos y donde la revolución aparecía como horizonte deseado. Así ocurre, por ejemplo, en su análisis sobre la década de 1960, cuando señala que la revolución de los jóvenes de esos años se hizo dentro del sistema –por la vía del consumo y el cambio cultural-, y no como había predicho Marx, para cambiar el sistema capitalista.

Hobsbawm tenía una pasión por la historia, pero no con un interés de las cosas pasadas, sin en contacto con la realidad. Por el contrario, estaba preocupado por su propio tiempo histórico, como ilustran la serie de artículos que escribió en los años 60 y 70 sobre los procesos revolucionarios en América Latina, incluyendo el triunfo y primeros pasos de la Revolución Cubana, el desarrollo de las guerrillas y la Unidad Popular en Chile. Hoy se encuentran reunidos –en inglés- en un reciente libro póstumo titulado Viva la Revolución. On Latin America (2016), en que el historiador británico habla sobre un continente que admiró, en el cual se interesó y que, según dijera en 2002, alcanzó a conocer gracias a una beca de la Fundación Rockefeller.

En sus últimos años Hobsbawm también tuvo una preocupación por el futuro,  literalmente. Consciente del fracaso del comunismo en el siglo XX –aunque reconocía todavía tener presentes algunas ilusiones de la Revolución de Octubre-, escribió Política para una izquierda racional (Barcelona, Crítica, 1993), convencido de que Marx también hubiera evaluado las nuevas circunstancias y perspectivas del socialismo para el siglo XXI. Después de todo, estaba convencido, como expresó en Cómo cambiar el mundo, de que “el liberalismo político y económico, por separado o en combinación, no pueden proporcionar la solución a los problemas del siglo XXI”.

El tema, ciertamente, es discutible. Aunque Hobsbawm creyera que Marx era un pensador para el siglo XXI, los seguidores del pensador alemán –de Lenin en adelante- tuvieron la posibilidad de expresar históricamente cómo sería el tránsito al comunismo, con resultados que el mismo historiador inglés alcanzó a rechazar a propósito de la execración de Stalin en 1956, a manos del propio Partido Comunista de la Unión Soviética. Esto no lo llevó a abandonar el marxismo, ni menos a dar una vuelta radical en la que había sido su postura hasta entonces, al punto de que vería con entusiasmo y esperanza –quizá como realización lejana de sus sueños de juventud- las posibilidades de revolución en América Latina.

En cualquier caso, y más allá de sus convicciones políticas y de lo discutible de esos análisis prácticos, Eric Hobsbawm sigue siendo un historiador fundamental y sus obras merecen ser consideradas en todo su valor. Después de todo, ha cumplido un siglo, una historia larga y fecunda, aunque con todas las contradicciones del complejo siglo XX.

 

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica (columna publicada en El Imparcial, de España)