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Publicado el 08 de enero, 2018

Censo 2017: La nueva cara de Chile

Frente al envejecimiento de la población se necesita un principio de corresponsabilidad. Un pacto social entre todos quienes residimos en Chile: Estado, privados, jóvenes, viejos, chilenos, migrantes y de todos los niveles socioeconómicos.
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Hasta que finalmente supimos cuántos somos en Chile. Sin embargo, conocer las cifras del Censo 2017 es sólo una anécdota si es que no tiene su correlato en la formulación de políticas públicas.

Más allá de memorizar que somos 17.574.003 personas en el país, lo interesante era confirmar, estudio en mano, lo que hace rato estábamos diciendo quienes trabajamos en el campo de la gerontología social y las personas mayores: estamos envejeciendo de forma acelerada. Y aunque los planes y programas estatales orientados a la población de 60 años y más han avanzado gradualmente desde que en 1995 se creó La Comisión Nacional para el Adulto Mayor, ya han pasado décadas y la política pública no logra llevarle el ritmo al creciente fenómeno demográfico.

En el Censo 2002 había 1.717.478 personas de 60 años y más, correspondiente al 11,4% de la población total. En esta última versión, la cantidad subió a 2.850.171 y la proporción a 16,2%. Es sin duda, el grupo etario que más rápido crece. Tal como lo dijo la directora del INE, Ximena Clark, nuestra pirámide poblacional está transitando de una estacionaria a otra de tipo regresiva, esto es, de baja natalidad, baja mortalidad, alta esperanza de vida y, raya para la suma, población vieja.

¿Qué estamos esperando para hacernos cargo como sociedad de este nuevo escenario?

El proceso de envejecimiento que ha estado experimentado Chile no es un problema, sino un desafío -y propio de los países más desarrollados-, pues es el resultado de un camino de progreso anhelado como sociedad. Todos nos alegramos cuando se redujeron las tasas de mortalidad infantil, cuando se fueron erradicando las enfermedades infecto-contagiosas que mataban a muchos, cuando patologías como el cáncer o el VIH pasaron de ser letales a crónicas, cuando mejoramos nuestras condiciones sanitarias de vida, cuando la mujer ingresó al mercado laboral, aunque eso haya impactado en el número de hijos. La consecuencia natural, por lo tanto, es que hoy nacen menos personas y, los que viven, mueren tarde.

No parece justo, entonces, que esta nueva realidad y sus desafíos sean endosados sólo al Estado (eso perpetúa el enfoque asistencialista), pero tampoco que queden relegados y escondidos en la esfera privada de cada individuo y su familia, y que cada uno se arregle como pueda. Frente al envejecimiento de la población -que, insisto, no es una mala noticia en sí mismo- se hace necesario un principio de corresponsabilidad. Un pacto social entre todos quienes residimos en Chile: Estado, privados, jóvenes, viejos, chilenos, migrantes y de todos los niveles socioeconómicos.

A diferencia de una reforma tributaria o de educación, aquí no podemos esperar que actúen las autoridades o que se apruebe tal o cual ley. Ser un país envejecido implica que entre todos tomemos conciencia de que la fisonomía de la población ha cambiado y, con ella, una serie de necesidades y características de su gente. Urge que nos valoremos sin prejuicios ni barreras de edad.

El mercado, por ejemplo, debe aprender a leer velozmente al nuevo consumidor senior y dejar de pensar que lo único que le interesa es adquirir remedios y artículos ortopédicos. El Estado debiera dejar de concentrar todos los esfuerzos en los temas previsionales y abrir la agenda a temas que podrían impactar incluso más en la calidad de vida de las personas, tales como educación continua, cultura, trabajo, emprendimiento, voluntariado, liderazgo social, real participación. Y, por sobre todo, impulsar campañas de sensibilización que contribuyan a erradicar el “edadismo” (discriminación por razones de edad) y fomentar los vínculos intergeneracionales, que es lo que le dará salud social a un país.

Las empresas, por su parte, ojalá comprendan pronto que sus colaboradores seniors son un tremendo aporte a la sociedad aun pasado los 65, 70 o más años. Brindan estabilidad a la organización (en tiempos donde constará cada vez más la retención de la nueva la fuerza laboral), así como una serie de virtudes propias de la generación (compromiso, formalidad, respeto, entre otras). Si se les mantiene capacitados y en los puestos idóneos de trabajo se pueden convertir en importantes vehículos de transferencia de conocimiento y agentes de cambio social, pues ver a un trabajador envejecer feliz y de forma positiva al interior de la organización no sólo llena de orgullo a la empresa, sino que es un modelo de vida para las futuras generaciones.

La vida sin duda puede volver a despegar después los 60 años; ojalá las recientes cifras del censo nos despierten a TODOS las ganas de cooperar para que en Chile las personas de edad cada vez tengan más autonomía de vuelo.

 

María Paz Carvajal D., directora 60 y Más Consultores

 

 

FOTO: LEONARDO RUBILAR/AGENCIAUNO

 

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