La crisis de credibilidad y confianza en la política por la que atraviesa el país comenzará a desaparecer cuando el gobierno demuestre capacidad para convertir la crisis en una oportunidad de mejorar y fortalecer la democracia.
Publicado el 03.04.2015
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El llamado del ministro Rodrigo Peñailillo a evitar una caza de brujas en las investigaciones asociadas a los escándalos Penta, SQM y Caval desnuda la razón por la que los efectos positivos de estos escándalos en la sociedad chilena se confunden con los crecientes costos que involucra el cuestionamiento a la clase gobernante. La falta de conducción política que permita separar aguas entre la investigación de la fiscalía y las medidas que debe tomar la clase política para mejorar la institucionalidad ha alimentado las voces que piden cacería de brujas. Porque no hay un gobierno capaz de liderar una salida ordenada a la arista política —la judicial va por otro carril—, la demanda por ver correr sangre se ha tomado la arena política.  Los escándalos sobre el financiamiento de las campañas son el único tema en la agenda política nacional porque el gobierno es incapaz de poner otros temas.

Nadie puede dudar sobre lo fuerte que ha sido el remezón causado por los escándalos Penta, Caval y SQM. En el mes de febrero, cuando la clase política normalmente se va de vacaciones, el caso Caval tuvo al gobierno contra las cuerdas. Apenas inició marzo, la prisión preventiva decretada contra algunos involucrados en el caso Penta volvió a poner a la UDI contra la pared. Como siguen los coletazos del caso Caval, y La Moneda aparece dividida sobre cuál es la mejor estrategia para superar el trauma por los negocios de especulación inmobiliaria del primogénito de Bachelet, el gobierno ha sido incapaz de articular una estrategia para enfrentar el vendaval, que recién empieza a arreciar, del caso SQM. Igual que una casa con las puertas y ventanas rotas, vulnerable a cualquier ventarrón, el gobierno está enfrentando el huracán de SQM en las peores condiciones posibles.

Después del exitoso enero, cuando el gobierno celebró el éxito en sus reformas educacional, electoral y del acuerdo de vida en común, las iniciativas legislativas del gobierno se han desvanecido. Aunque Bachelet había prometido que este año se promulgaría una reforma laboral y se explicitaría el mecanismo para una nueva Constitución, da la impresión que a lo que más puede aspirar ahora La Moneda es a sobrevivir los vendavales Caval y SQM. El entusiasmo —incluso euforia— que dominaba a la Nueva Mayoría ha sido remplazado por una sensación de derrota que difícilmente se justifica a partir de todo lo que ha ocurrido en Chile desde el inicio de este segundo gobierno de Bachelet. A menos que todos en la Nueva Mayoría sepan de relaciones carnales con SQM que el resto de la arena política desconoce, no hay razón para la desesperanza que hoy reina en la coalición oficialista.

Es verdad que este tipo de escándalos siempre cobran víctimas, pero también constituyen una inmejorable oportunidad para hacer reformas que fortalezcan las instituciones. Al resistirse a adoptar la política del caiga quien caiga, el gobierno parece haber renunciado a convertir esta crisis en una oportunidad para avanzar hacia una mejor democracia. Esto se puede entender por la cercana relación que tiene la Presidenta Bachelet con los involucrados en el caso Caval. Hasta hoy, Bachelet se ha resistido a condenar las especulaciones inmobiliarias de la empresa de su nuera. Pero si bien la Mandataria tiene razones personales para sentirse abrumada, no hay razón aparente para que el resto de su coalición comparta la desmoralización que hoy reina en el oficialismo. Aun si hubiera muchos líderes de la NM involucrados en el escándalo SQM, los costos políticos para el oficialismo serán menores que los que ya ha tenido que pagar la UDI por el escándalo Penta. Luego, no parece comprensible que el jefe de gabinete aparezca llamando a evitar la caza de brujas. Primero, porque la investigación de la fiscalía está avanzando por cauces normales y está demostrando que, pese a las presiones, las instituciones en Chile funcionan.  Segundo, porque el llamado a evitar la caza de brujas solo desnuda la incapacidad del gobierno para retomar el control de la agenda y liderar este barco —que hoy parece controlado por los que quieren ver correr sangre de políticos— a buen puerto.

Así como las cacerías de brujas desaparecieron en las naciones modernas cuando se impusieron el Estado de derecho, la racionalidad y la institucionalidad, la crisis de credibilidad y confianza en la política por la que atraviesa el país comenzará a desaparecer cuando el gobierno demuestre capacidad para convertir la crisis en una oportunidad de mejorar y fortalecer la democracia. Porque las cacerías de brujas se terminan cuando se impone un liderazgo que ordena el descontento, el temor y la histeria para convertirlos en fuerzas constructivas, el llamado de Peñailillo desnuda la enorme necesidad de capacidad de respuesta a la crisis. Después de todo, lo único peor a tener que pasar por estos escándalos es que estas malas prácticas nunca hayan sido descubiertas. En vez de lamentarse por el pesimismo, el gobierno debiera aprovechar la oportunidad de esta crisis para construir una mejor democracia.

 

Patricio Navia, Foro Líbero y académico Escuela de Ciencia Política UDP.

FOTO: RODRIGO SÁENZ/AGENCIAUNO

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