El acostumbramiento a los tiempos de “vacas gordas” relajó la gestión, lo que redundó en pérdida de eficiencia, pero lo más peligroso fue que se adoptaron decisiones pensando que el ciclo de precios altos duraría mucho más de lo que finalmente ocurrió.
Publicado el 23.07.2016
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Causas

Después de haber disfrutado de casi una década de precios del cobre ­–y otras materias primas–, muy por sobre los promedios históricos, la industria minera ha observado cómo estos han retrocedido casi 50% en los últimos años, arrastrándola a una compleja crisis en que predominan las pérdidas económicas, postergaciones de inversiones y ajustes de dotaciones laborales, entre otras medidas.

Precisamente por lo extenso que resultó el período de altos precios (2003-2012) es que se incubaron problemas y desequilibrios que han quedado al desnudo con los precios más bajos actuales. El acostumbramiento a los tiempos de “vacas gordas” relajó la gestión, lo que redundó en pérdida de eficiencia, pero lo más peligroso fue que se adoptaron decisiones pensando que el ciclo de precios altos (denominado “superciclo”), duraría mucho más de lo que finalmente ocurrió.

La Gran Crisis Financiera (GCF) internacional a fines del año 2008 agravó el problema, pues se generó una falsa sensación de seguridad luego que los desplomes en las economías mundiales fueran controlados en menos de un año gracias a faraónicas intervenciones de los gobiernos y organismos internacionales. Fue así como la rápida superación de una crisis que parecía destinar al mundo a un colapso hizo creer que el superciclo era más fuerte de lo esperado, que no iba a detenerse pronto y por ende que el camino lógico a seguir era acelerar el crecimiento y la expansión a toda costa. “El que llega primero gana”, era la consigna, y así fue como las compañías mineras y en general toda la industria en torno a la minería se embarcaron en decisiones de inversión y adquisiciones que en muchos casos significaron asumir grandes deudas, así como alcanzar estructuras de costo muy elevadas.

Todo cambió en el año 2011. Los flujos de capitales internacionales, que se habían sumado con entusiasmo a la teoría del superciclo sin fin aparente, contribuyendo así a lograr precios del cobre y otras materias primas increíblemente altos, cambiaron su perspectiva e intereses, moviéndose en contra de los países emergentes en procura de refugios más seguros en el mundo desarrollado (principalmente EEUU), arrastrando con ello a caídas en los commodities, que primero fueron suaves pero que se aceleraron en los últimos 18 meses.

China, que fue el gran sostén de la economía mundial cuando sobrevino la GCF en 2008, al implementar un plan de estímulo de más de US$ 500 mil millones, agotó con ello buena parte de sus instrumentos económicos, lo que hizo imposible que continuara con su modelo de desarrollo sobre la base de inversión dirigida por el Estado, gatillando la rápida implementación de la política del new normal, que implica ir reemplazando su modelo por otro donde el pilar es el consumo doméstico con el fin de fortalecer al sector de servicios como motor del crecimiento económico.

Las consecuencias de la GCF están, por ende, aún presentes en la economía mundial. Mientras China busca transitar lo más rápido posible hacia la nueva normalidad, pues las holguras que tenía fueron consumidas al estallar esta crisis, las economías occidentales luchan contra la “nueva mediocridad”, es decir contra un crecimiento mediocre, lenta creación de empleo y baja productividad, lo que se explica en parte por las medidas adoptadas por las autoridades económicas de los países desarrollados que han preferido arrastrar bajo la alfombra los problemas acumulados durante mucho tiempo, y apostar a una tasa de interés muy baja (incluso negativa) que más bien genera presiones deflacionarias que frenan la expansión económica.

Todos estos elementos son poco favorables para una pronta recuperación de los precios de las materias primas, aunque varios factores cíclicos, como el retorno de déficits en los balances de oferta/demanda y el retorno de una tendencia de debilitamiento del dólar, hacen posible prever una cierta estabilización en un horizonte de un par de años.

Consecuencias

Este abrupto cambio en las condiciones de los mercados de materias primas no era esperado ni fue anticipado por casi nadie en la industria minera. El primer indicador de crisis ha sido la inversión, ya que los proyectos comenzaron a detenerse hace ya cuatro años. La cartera de inversión proyectada en Chile pasó de más de 100 mil millones de dólares a poco más de 20 mil, y principalmente en proyectos de Codelco.

Una característica de esta crisis es que ha sido hasta ahora una de “medio filo”, pues los precios han caído en torno a los niveles de costo de las compañías mineras, con lo cual no se ha desencadenado un ola de cierres de operaciones (siempre una medida de último recurso), pero en cambio sí ha habido fuertes estímulos para lo que ha sido un segundo indicador de crisis, cual es la implementación de severas políticas de reducción de costos.

Los planes de reducción de costos se han encontrado con una realidad difícil, pues una de las características de ineficiencia incubada durante el superciclo fue la pérdida de productividad, pero paradojalmente con fuertes incrementos de los costos laborales. Si bien ha habido despidos en las compañías mineras, el énfasis en las reducciones de costos ha estado en las renegociaciones de contratos de abastecimiento y en un manejo de los trabajadores subcontratistas, ya sea con menor número de ellos o con algunas internacionalizaciones con el fin de mejorar el control de estos servicios y por ende la supervisión del rendimiento de estos trabajadores.

Más allá de estas medidas que tienen una clara connotación de corto plazo, esta crisis ha revelado la necesidad de mejorar estructuralmente la productividad en la minería, lo que necesariamente implicará desarrollar procesos de innovación e incorporación de tecnología a una tasa mucho más acelerada que la experimentada hasta ahora.

Consecuencias en Chile

Si bien la crisis no es exclusiva de Chile, ha golpeado con particular intensidad a la industria minera chilena, principalmente por tres razones. En primer lugar, los grandes yacimientos chilenos que dieron un impulso extraordinario a la minería nacional con su apertura en la década de los 90 (Escondida, Pelambres, Collahuasi, entre otros), están en una fase de envejecimiento que implica caídas de leyes, consecuentes aumentos de costos y deterioro de otros indicadores de competitividad, lo que solo puede ser mejorado a través de grandes inversiones.

En segundo lugar, la capacidad para desarrollar proyectos mineros en Chile está seriamente cuestionada por las crecientes oposiciones comunitarias y ambientales y por una debilitada institucionalidad del Estado. Sin un flujo constante de nuevos proyectos, la minería nacional en promedio irá perdiendo competitividad pues sus minas serán más viejas.

En tercer lugar, esta crisis sorprende a Codelco en un momento crucial pero con serias debilidades para enfrentarla. El momento es crucial porque debe acometer varios proyectos simultáneamente que, de no ser exitosos, implicarán pérdidas de producción que amenazan con arrastrar a la principal empresa minera de cobre del mundo y la mayor empresa del país a una espiral de menores ingresos y mayores costos (pérdidas económicas al final de cuentas) de gran peligro para la sustentabilidad de la empresa, la minería en Chile y el país.

Las debilidades de Codelco son de compleja raíz y por ende de difícil solución. Codelco no ha sido tratada por su dueño, el Estado de Chile, con la atención que necesita la mayor empresa minera de cobre del mundo que debe desenvolverse en un ambiente fuertemente competitivo. Más bien ha sido una “vaca lechera” para el Fisco que descuidó su alimentación y salud. Este desapego del dueño se ha traducido en que decisiones relevantes se han postergado hasta límites peligrosos (los proyectos estructurales), se descapitalizara la empresa por falta de aportes de capital por parte del Estado, y la gestión sea lenta y condicionada a los intereses de grupos de interés, sobre todo políticos y sindicales.

En definitiva, el resultado de esta crisis, como todas, provocará cambios relevantes en la industria minera. A nivel global tarde o temprano habrá un reordenamiento de activos mineros hacia compañías mineras con una posición financiera más sólida respecto de aquellas que adoptaron malas decisiones durante el entusiasmo del superciclo. A nivel local, las consecuencias serán probablemente más complejas. Se necesitará un nuevo impulso –sobre todo político, pero también institucional y social–, para que la minería continúe creciendo y evitar de esta forma seguir perdiendo la participación de Chile en el total de la producción mundial de cobre. Resolver la situación extrema de Codelco será decisiva para definir el futuro de la minería en Chile.

 

Juan Carlos Guajardo, Director ejecutivo Plusmining.

 

 

 

FOTO:ARIEL MARINKOVIC/AGENCIAUNO