La Democracia Cristiana, inserta en el progresismo, se ha desdibujado, porque carece de contenidos (por lo menos consensuados), sin propuestas propias ni sin valores que identifiquen al colectivo; por lo tanto, las acciones y lealtades se validan en torno a mantener cuotas de poder, pero en un paulatino sinsentido, o una carencia de reflexión del para qué.
Publicado el 26.11.2017
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El contexto político al cual asistimos tras las últimas elecciones sigue develando la crisis del partido Demócrata Cristiano, cuya manifestación empírica más potente es la baja votación de la candidata Carolina Goic. Sin embargo, las causas son bastante más desoladoras.

No es solamente una estrategia electoral errada desde la DC, por cuanto habría seguido un “camino propio”, menos una falta de compromiso de la candidata. Entonces, ¿por qué sigue desmoronándose el partido que antes convocó al centro político y hoy no puede aportar ni siquiera con ello a su coalición?

Vamos por parte. Cuando la Junta de la colectividad decidió que la DC debía nuevamente enarbolar su doctrina, sus fundamentos, y la vez entregar el por qué está en política  —es decir, cuál es su visión de sociedad—, el partido dejó en evidencia que ha tendido a mimetizarse entre las demás fuerzas autodenominadas progresistas, las que tienen como denominador común realizar reformas estructurales para una mayor inclusión social.

Ese paraguas sin duda resultaría atractivo desde la retórica para quienes buscan proyectar la imagen de vanguardia, como lo hiciera la colectividad desde sus inicios con la reforma agraria y la revolución en libertad. No obstante, pareciera que ha quedado en el ayer la visión que amparaban esas propuestas de cambios estructurales. Los fundamentos eran la defensa y promoción de la dignidad humana como sentido primero y último de su quehacer en política, pero desde un tronco filosófico nítido, el humanismo cristiano. En cambio, hoy la DC pareciera estar más atrapada en la vacuidad de los contenidos y muy proclive a sumarse a otros idearios presentes en la actual modernidad, que está en tránsito hacia la post modernidad.

En efecto, el partido de vanguardia, con vocación de mayorías y popular con una impronta humanista cristina fue transformándose en uno sin consensos mínimos en lo político, económico y social, y más bien se ha ido adaptando a la administración de cuotas de poder. Tal vez ello esté en origen del castigo de las urnas. O tal vez sea producto, justamente, de que no hay espacio en la actual sociedad para una propuesta comunitaria. Es decir, o la DC se mimetiza con las corrientes de pensamientos predominantes o desaparece.

Tomaremos partido por la convicción y por el sentido de la política. Si no hay espacio al personalismo–comunitarismo, tiene sentido la mera administración del Estado con ideas de otros. La respuesta ni siquiera resulta necesaria, ya que en algún tiempo la DC desaparecerá: administrar las ideas ajenas es un camino ideal hacia la irrelevancia, porque carece de todas las virtudes políticas.

Es por lo señalado que comprendemos por qué las formas de convivencia y el fondo o contenido del partido han recibido estocadas. Respecto al fondo, el partido ha perdido gravitación en sintonía o en paralelo con otras instituciones, como la Iglesia Católica, que le dieron sustento doctrinario. Por el descrédito de la fe y de las instituciones que antes legitimaban su acción social y política a través de la DC, éstas muestran una legitimidad social decreciente y son muy cuestionadas en su andar ético, asunto que también explica la merma en la Democracia Cristiana.

El partido ha tendido a renegar de su pasado y su herencia cultural (identitaria, que va más allá de la discusión superficial de ser reformista o no). Resulta evidente que un partido de raigambre cristiana es reformista, porque en una sociedad en movimiento siempre hay espacios para trasformaciones hacia una mayor justicia social y robustecimiento de la vida social–comunitaria. La pregunta es cómo se hace aquello.

Por otra parte, la necesidad por humanismo cristiano es notoria en tiempos en que el individualismo es una característica principal de nuestra sociedad, y que incluso está muy presente entre las demandas sociales articuladas desde distintos movimientos sociales, que tienden a olvidar el conjunto o la integridad de la sociedad–bien común, reivindicando derechos específicos de interés en particular.

Así, la Democracia Cristiana inserta en el progresismo se ha desdibujado, porque carece de contenidos (por lo menos consensuados), sin propuestas propias ni sin valores que identifiquen al colectivo; por lo tanto, las acciones y lealtades se validan en torno a mantener cuotas de poder, pero en un paulatino sinsentido, o una carencia de reflexión del para qué. En definitiva, la sociedad más inclusiva se traduce en un concepto inspirador, pero cuya trazabilidad puede provenir desde ángulos muy diferentes, desde los cuales la DC no muestra una ruta.

En ese contexto, el colectivo asume los idearios de otros sin convicción, pero en términos generales lo hace por y para la plataforma política con la cual gobierna. Ello ayuda a que la convivencia interna y las directrices del partido se comprendan casi exclusivamente desde las relaciones de poder entre los distintos actores que componen la entidad. Así, las lógicas de las máquinas electorales se imponen y el respeto por el camarada se relativiza. ¡No hay proyecto común!

¿No hay cómo revertir ese proceso? Una respuesta afirmativa sería contraria a la concepción de libertad, ya que está en las personas salir de las dinámicas de autodestrucción y, a través de un nuevo juicio, comprender que estamos por un camino equivocado, fundamentalmente por falta consensos mínimos que den sentido y ordenen al partido. Pero por sobre todo se debe respetar al prójimo, al camarada, algo urgente que requiere la colectividad para no seguir en decadencia.

Al respecto, se necesitan liderazgos con cierta visión de comunidad y país, ya que pareciera fundamental reposicionar a una DC puente entre los extremos, que garantice reformas a escala humana y que sepa albergar y conjugar las virtudes más trascendentales de la política, la justicia y la prudencia. En definitiva, el ideario del humanismo cristiano debe ser un aporte macizo en momentos de cambios vertiginosos en nuestra sociedad, y de pérdida de formas y contenido al interior de la DC.

Si seguimos por el mismo camino de la falta de respeto entre los camaradas, no hay política de alianza que permita evitar el final del partido, por lo menos en su acervo humanista cristiano.

 

Jaime Abedrapo, profesor Academia de Líderes Católicos, doctor en Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales

 

 

FOTO: LEONARDO RUBILAR/AGENCIAUNO