Un rasgo distintivo de la nueva elite es la autopercepción exagerada del alcance de sus proyectos.
Publicado el 20.08.2014
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Los gobiernos de hoy son como las cortes antiguas: redes de poder rigurosamente jerarquizadas en torno a un o una soberana, por donde circulan favores y enojos, rumores y órdenes, deseos y sublimaciones. Donde las posiciones ocupadas por los individuos se miden por grados de cercanía o distancia respecto del centro. Y al interior de las cuales cada hombre o mujer cumple un rol: consejera o bufón, amante y despechado, ministro o soldado, lobista, ayuda de cámara, operador, tesorero, mensajero o augur.

Las repúblicas contemporáneas -seculares y de masas, tecnológicas y glonacales (global-nacional-locales), capitalistas y democráticas- son pues, además, profundamente cortesanas en el centro de su poder. Incluso conservan el lenguaje de las cortes. Hablamos de palacio, de monarquía presidencial, de nobleza de Estado, de fueros y carismas, de recámaras del poder, de etiqueta y ceremonial, de status y estamentos.

Como cualquier otra organización, la corte -el Gobierno en su esencia- vive de un ethos específico, una cultura distintiva, un cálculo. Así, mientras en la sociedad burguesa el cálculo económico desempeña un papel primario, para la racionalidad cortesana lo importante es el cálculo del poder; el hecho de ganar o perder prestigio y status. Por eso los rankings de hombres y mujeres más poderosos, de quiénes ganan y pierden tras cualquier decisión o elección, de quiénes en la corte se hallan más próximos o alejados de la soberana.

Igual que en tiempos antiguos, los gobiernos cortesanos de hoy necesitan irradiar una imagen, rodearse de una narrativa, contar un cuento sobre sí mismos y proyectarse bajo una luz favorable. Para eso ostentan símbolos y signos, buscan definir un estilo distintivo y desarrollan una comunicación que los haga temidos o queridos, ser vistos como eficientes o justos y aparecer como hegemónicos y serviciales.

Pronto a cumplir un semestre en el poder, ¿qué perfil muestra el actual gobierno? ¿Qué discurso transmite desde La Moneda? ¿Qué aire se respira en palacio? ¿Cuál estilo cultiva la nobleza de la Nueva Mayoría?

Me parece que un rasgo distintivo de esta nueva elite es la autopercepción absolutamente exagerada del alcance de sus proyectos, deseos, intenciones y designios. Su  idioma es aquél del“cambio de paradigma”, “reformas estructurales”, “transformaciones históricas”, un “nuevo ciclo”, el “fin de…” cosas como el lucro, la selección o el copago, la “refundación” del orden social, etc. Un idioma, por tanto, de tareas trascendentes, complejísimas, que durarán décadas; que habla de cambiar trayectorias más que seculares y alterar hábitos culturales enraizados.

Todo adquiere allí un tono dramático, cuando en verdad lo que hace dicho grupo es moverse matizadamente entre unas y otras “variedades del capitalismo” como las denomina la literatura especializada; variantes entre un tipo u otro de Estado de bienestar; modalidades más o menos abiertas de colaboración público-privada; regulaciones algo más o menos duras o soft; en fin, tonalidades diferentes de un mismo color de fondo: el color de las propuestas socialdemócratas que se debaten entre su versión nórdica en un extremo del espectro y, en el otro, las diversas versiones de tipo tercera vía: clintoniana, blairista, vallsiana, tipo Mateo Renzi o Felipe González.

De hecho, el propio gobierno Bachelet partió fijando el límite de su ambición transformadora: representa tres puntos porcentuales adicionales del PIB que serán recaudados por la reforma tributaria para ser destinados -en su mayor parte- como subsidio público a la educación.

Es decir, en la cima de su expansión, el ingreso estatal chileno será todavía menos de la mitad del ingreso tributario de los países nórdicos. Nada indicativo entonces de una estatificación de la economía, una revolución estructural o una alteración paradigmática de nuestras políticas públicas. Por largo rato aquí no habrá un Estado de bienestar semejante al de Finlandia o Suecia. Tampoco la calidad y gratuidad de los servicios sociales disponibles allá.

Por eso llama la atención que el lenguaje técnico y político de la elite gobernante se despliegue a cada rato bajo el signo de la retroexcavadora. Su real amenaza no es tanto el efecto épater le bourgeois sino, más bien, que luego los cambios enunciados no puedan implementarse, o no vayan acompañados de la necesaria calidad de la gestión política o produzcan al final más ruido y desorden que un progreso en la sociedad. Presentar las variaciones del capitalismo como mundos completamente diferentes entre sí, y a los matices socialdemócratas como universos ideológicos inconmensurables, sólo sirve para exaltar la auto-percepción de importancia de los hablantes, pero constituye, sin duda, una hipérbole discursiva.

FOTO: HERNÁN CONTRERAS/AGENCIAUNO

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