Aun con sus imperfecciones, una economía de mercado abierta al mundo y competitiva tiene mecanismos de control y corrección. Por el contrario, el sistema alternativo, que proponen los detractores del libre mercado, ha probado ser una poderosa máquina generadora de pobreza y desigualdad.
Publicado el 05.11.2015
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En países en los cuales la sociedad ha debido defenderse de la arremetida de movimientos de extrema izquierda que han pretendido estatizar los medios de producción y terminar con la propiedad privada, es común observar, aun años después de que esta batalla ha terminado, que a la opinión publica le cuesta distinguir entre quienes defienden el mercado y quienes defienden los interese de las empresas. Esta es una de las tantas e interesantes reflexiones que realiza el economista italiano Luigi Zingales en su libro “Capitalismo para la Gente”.

Zingales fundamenta su afirmación señalando que los defensores del libre mercado y los gremios empresariales debieron formar un frente común para combatir a los socialismos marxistas del siglo pasado, producto de lo cual hasta el día de hoy a la opinión pública le cuesta distinguir entre quienes son pro empresa y quienes son pro mercado.

Por lo mismo, cuando se producen escándalos de abusos empresariales en países que han tenido la traumática experiencia de haber luchado contra el socialismo marxista, quienes argumentan que dichos abusos son una razón poderosa para abandonar la economía de mercado y cambiarla por algún otro sistema encuentran cierto apoyo de la opinión pública. Chile es sin lugar a dudas uno de esos países y por lo mismo el caso de colusión en el papel higiénico conocido recientemente, en vez de ser visto como una oportunidad para mejorar el funcionamiento de mercado, es visto por algunos como una buena escusa para derribarlo.

A pesar de la entendible amalgama comunicacional entre empresa y mercado, lo cierto es que una economía de mercado no sabe de privilegios para empresas, gremios, ni sindicatos. Una economía libre es el peor enemigo de los monopolios empresariales o sindicales. Si un grupo de empresarios se pone de acuerdo para elevar artificialmente los precios de sus productos, habrá nuevos emprendedores que producirán esos mismos productos, pero mejores y más baratos o, en su defecto, los importarán libremente de otros países para venderlos en aquellos lugares donde los empresarios pretenden ponerse de acuerdo. Si un sindicato pretende subir artificialmente los salarios de sus afiliados, las empresas de la competencia ganarán más y podrán cobrar menos por sus productos e invertir más en nuevos y mejores productos. De esa manera, la empresa con salarios artificialmente altos terminará indefectiblemente saliendo del mercado y sus trabajadores perdiendo sus empleos.

No faltará quienes a estas alturas ya estarán pensando que mi reflexión es puramente teórica y que la realidad es muy diferente a la economía del pizarrón. Pero no es así, por cierto que este proceso correctivo no es siempre instantáneo y en algunos casos puede tardar años. Pero al final siempre se produce. Es más, aun en aquellos casos en que este proceso toma mucho tiempo, el acuerdo monopólico está limitado por la potencial competencia, lo cual impide que el alza de precios, y por consiguiente la pérdida para la sociedad, sea muy grande. Como decía el premio nobel de economía George Stigler; los monopolios son malos, pero la alternativa Estatal es probablemente mucho peor. Tome a modo de ejemplo los casos de las farmacias, los pollos y el papel higiénico, los tres más bullados que han salido a la luz pública recientemente en Chile, en que se investiga una posible colusión de las empresas para subir artificialmente los precios de sus productos. En los tres casos, los precios finales de comercialización de los respectivos productos, donde supuestamente había acuerdos colusivos, eran relativamente bajos comparados con los de otros países de América Latina y también comparados con los precios históricos de dichos productos en Chile.

De manera que, aun con sus imperfecciones, una economía de mercado abierta al mundo y competitiva tiene mecanismos de control y corrección. Por el contrario, el sistema alternativo, que proponen los detractores del libre mercado, ha probado ser una poderosa máquina generadora de pobreza y desigualdad. Basta recordar la triste realidad de Alemania Oriental después de la caída del muro de Berlín, u observar la penosa realidad actual de Corea del norte, para entender que lo que aquí se expresa no es para nada una exageración.

Como bien lo recuerda el profesor Zingales en su libro, y como lo dijera originalmente Adam Smith hace más de 200 años, la economía de mercado es un sistema para la gente y no para las empresas. Siempre habrá empresas y sindicatos que pretendan ganar a costa de generarle pérdidas a otros, como lo hicieron algunos de los ingenieros de Volkswagen, pero no creo que haya ningún analista medianamente serio en Alemania que esté proponiendo reinstaurar la RDA producto de este caso.

 

José Ramón Valente, Foro Líbero.

 

 

FOTO: AGENCIAUNO.

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