Comenzar una cultura del libre mercado implica promover un sistema en el que el emprendedor es responsable por sus acciones, asumiendo los costos de sus errores y decisiones, sin la protección del político, hecha a costa del dinero ajeno de los contribuyentes.
Publicado el 02.01.2016
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Hace pocas semanas estuvo en Chile Luigi Zingales, el economista italiano profesor de la universidad de Chicago, autor del destacado libro Saving Capitalism from the Capitalists, que varios políticos y empresarios de nuestro país deberían leer.

Su tesis es simple, plantea que existe una distinción entre ser pro mercado y ser pro negocios. Básicamente dice que el hombre de negocios ama el pro mercado cuando la industria es nueva, pero una vez que está dentro de ella quiere poner barreras a la entrada para obtener más utilidades y frenar la competencia. ¿A quién recurre para levantar dichas barreras? Simple, a sus mejores cómplices, los políticos y sus regulaciones. ¿Les suena conocido?

En Chile, lo que prima es una cultura pro negocios –anti libre competencia– que se ve reflejada en la mayoría de las regulaciones, como la ley 20.724 que permite que nadie más entre a competir con las farmacias. El sistema estatal también es “pro negocios”, como muestra el funcionamiento del registro civil o el sin número de asesores de gobierno que, sin concurso público alguno, sino gracias a sus nexos y cercanías políticas, se hacen de grandes cargos e ingresos mientras se quejan de la desigualdad.

Esta insensatez pro negocios fue lo que destruyó un mercado verdaderamente libre, como eran las “micros amarillas” –que tenía problemas solucionables desde un punto de vista técnico-, para sustituirlo por el Transantiago, que luego de ocho años de funcionamiento no mejora. ¿Puede existir algo más anti libre competencia que subsidiar las pérdidas de empresas privadas que entregan un mal servicio? El Transantiago es un despilfarro que año a año equivale a 670 millones de dólares y que pagamos todos los contribuyentes.

Crear una verdadera cultura pro mercado, donde el capitalismo sea para la gente y no contra ella, es una tarea compleja, porque implica disminuir la injerencia de los políticos en el ámbito económico y las regulaciones que promueven ciertos empresarios reacios a competir. Es decir, significa pelear contra los privilegios económicos que ofrecen los políticos y que ciertos empresarios aceptan sin problemas.

En otras palabras, comenzar una cultura del libre mercado implica promover un sistema en el que el emprendedor es responsable por sus acciones, asumiendo los costos de sus errores y decisiones, sin la protección del político, hecha a costa del dinero ajeno de los contribuyentes.

 

Raffaello Criscuoli, Fundación para el Progreso.

 

 

FOTO : FRANCISCO SAAVEDRA/AGENCIAUNO