La carrera por la nominación presidencial se está dando más cerca de la desacreditada cocina política que de cara a un electorado que demanda transparencia y el derecho a participar.
Publicado el 19.07.2016
Comparte:

Resulta paradojal que el esfuerzo por posicionarse como candidatos presidenciales para 2017 se esté dando fundamentalmente a través de entrevistas en los principales diarios del país y no en las calles junto a los candidatos que buscan ser electos alcaldes el 23 de octubre. Como si temieran estar en la calle junto a los candidatos de sus coaliciones, los presidenciables para 2017 andan notoriamente desaparecidos de la campaña municipal de 2016.

Es verdad que las campañas municipales se guían por una lógica diferente que las contiendas nacionales. Después de todo, son 345 elecciones diferentes. En cada comuna, las dinámicas de la competencia son distintas. En aquellas comunas donde el alcalde en ejercicio va a reelección, la evaluación que harán los vecinos tiene más que ver con el desempeño del alcalde en estos cuatro años que con las dinámicas a nivel nacional. Pero en todas las comunas donde hay desafiantes que buscan destronar al alcalde, y especialmente en aquellas donde el alcalde no se presenta a la reelección, la contienda inevitablemente se apoya en dinámicas nacionales. Para los desafiantes, la asociación con figuras nacionales populares siempre constituye una ayuda. Los candidatos nuevos en cada municipio buscan asociarse a líderes nacionales cuyas posturas y personalidades sean atractivas para los electores a nivel local. El mensaje siempre es “si a usted le gusta el candidato X para Presidente, sepa que su mejor aliado a nivel local soy yo”.

En elecciones anteriores, esa lógica funcionó a la perfección. En 2004, las pre-candidatas de la Concertación, Michelle Bachelet y Soledad Alvear, demostraron la convocatoria de su coalición y también dejaron en evidencia que Joaquín Lavín —el entonces ungido de la Alianza— estaba en problemas. En 2008, cuando el ex Presidente Lagos optó por no involucrarse en la campaña, el arduo trabajo que realizó Sebastián Piñera como rostro de la Alianza dio frutos. Piñera se consolidó como presidenciable, desalentando desafiantes en su coalición. Por su parte, al no medir su fuerza en terreno, Lagos fue incapaz de ganarle el gallito a los partidos de la Concertación y, al no poder imponer sus condiciones, optó por no entrar a la carrera, generando una crisis de liderazgo en su coalición que coadyuvó a la derrota en 2010. En 2012, aunque no estuvo físicamente presente, Michelle Bachelet fue el rostro de la campaña de la Concertación. En la derecha, ante la entonces impopularidad de Piñera, varios intentaron frustradamente tomar el liderazgo. El fracaso de la derecha se hizo evidente en la disputa por celebrar la reelección del alcalde UDI Pablo Zalaquett (el “balconazo”) que, en la noche de la elección, se transformó en el lugar de victoria para Carolina Tohá, uno de los rostros de la Concertación más asociado a la imagen de Bachelet.

A tres meses de la elección municipal, este año los aspirantes presidenciables brillan por su ausencia en las calles en que se da la pelea por presidir los 345 gobiernos municipales. No es que no haya presidenciables moviendo sus piezas. El número de presidenciables se acerca a los 20, el más extenso registro de aspirantes desde el retorno de la democracia. Pero han optado por dar su pelea en otros frentes. Abundan las entrevistas en medios de prensa nacional. Hay lanzamientos de libros y cenas rápidamente filtradas a los medios en que se muestran a los candidatos forjando alianzas con otros líderes de partido. La carrera por la nominación presidencial se está dando más cerca de la desacreditada cocina política que de cara a un electorado que demanda transparencia y el derecho a participar.

Los dos principales candidatos, los ex Presidentes Lagos y Piñera, han demostrado una tremenda capacidad para controlar la agenda usando los medios tradicionales (noventeros) de la política chilena. Pero Chile no es hoy el mismo que en los noventa. Más aún, la propia experiencia de elecciones anteriores muestra que el mejor camino para consolidar aspiraciones presidenciales es ganándose el apoyo de la gente en las calles y validando las aspiraciones como rostro popular que acompaña a los candidatos afines en las comunas.

En parte, la poca popularidad de la clase política hoy ha llevado a muchos presidenciables a evitar la calle. Pero dado que la gente que circula por la calle es la que tendrá el poder para escoger al próximo Presidente, los aspirantes a la primera magistratura tendrán que salir, más temprano que tarde, a dar la cara y enfrentar la rabia de un electorado que siente que la elite política está más cerca de los que abusan que de los ciudadanos que se sienten abusados. Los presidenciables podrán seguir escondidos en la campaña municipal de 2016, pero no podrán llegar a La Moneda si no se atreven a dar la cara a la gente y demuestran, con hechos y con su presencia en la calle, que están del lado de los abusados y no de los abusadores.

 

Patricio Navia, Foro Líbero y académico Escuela de Ciencia Política UDP.

 

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO

Ingresa tu correo para recibir la columna de Patricio Navia