Hay que recuperar la etimología de la palabra educación, y en ello no es posible pensar en un modelo único, para ello tienen que existir múltiples proyectos, flexibles y adaptables para cada niño.
Publicado el 15.11.2014
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No es novedad observar que los llamados movimientos sociales pre-Bachelet, y otros grupos de interés asociados, han tenido permanentemente en su ideario las consignas de “educación gratuita, pública, laica”, soliendo apoderarse de conceptos como la libertad, desvirtuando su sentido. Muchas veces, a través de la ingenuidad del electorado, utilizan las plataformas sociales de comunicación para alcanzar cuotas de poder como lo han hecho Camila Vallejo, Giorgio Jackson, Gabriel Boric y Karol Cariola.

Al detallar las consignas adoptadas por el actual gobierno —que ha mostrado una serie de incongruencias entre su discurso y la política pública—, la mal llamada reforma educacional no deja de estar alejada de las necesidades del siglo XXI, debido a que cada una de las premisas utilizadas se sostienen en un sistema educativo basado en principios y supuestos desactualizados: currículum oficial, memorización, exámenes estandarizados, falta de competencia, centralización de la educación; todo eso queda muy atrás en el avance de las nuevas tecnologías que están revolucionando los mercados y la manera de comunicar de las personas.

Podemos ver en todo ello que el sistema educacional, junto con sus reformas, están gestando una cuna de frustraciones, apartando el interés y la curiosidad en el aprendizaje como motores de las habilidades diversas de los niños. Seguimos pensando en el aula y el pizarrón, o en los horarios extensos que segregan la formación familiar, con profesores que tienen más de 35 alumnos por cada sala, que responden a un modelo de producción industrial que fue eficiente para eliminar el analfabetismo de raíz, hace tiempo atrás.

Más decepcionante aún es el panorama cuando hay sesgos ideológicos, sabiendo que hoy el acceso a la información y conocimiento, el diseño, la creatividad, las ciencias y la tecnología, así como también las artes, están más abiertas a ser exploradas por cientos de miles de niños. Y los planificadores (tecnócratas) del Gobierno sólo promueven la segregación de esos conceptos trascendentales.

Las variadas clases de inteligencia —lógico matemática, lingüística verbal, cinética, espacial, musical, emocional, espiritual— son extenuadas, de manera que lo que llamamos “currículum mínimo” es en realidad un “currículum máximo” en contraste a la dignidad de cada persona.

Ciertamente —como señala la Fundación Libertad y Progreso (Argentina)— hemos olvidado que el objetivo de la educación es, fundamentalmente, ayudar a desarrollar todo el potencial de los alumnos para que encuentren la felicidad en un mundo complejo y cambiante, identificando y desarrollando sus propios talentos e intereses. Es decir, hay que recuperar la etimología de la palabra educación, y en ello no es posible pensar en un modelo único, para ello tienen que existir múltiples proyectos, flexibles y adaptables para cada niño. Mirar más allá de lo existente es posible hoy gracias a nuevas tecnologías y conocimientos al alcance de todos. Teniendo en cuenta, por ejemplo, que hoy, desde nuestra Isla de Chiloé, mediante una conexión a internet ya podemos acceder a los mejores profesores del mundo (Coursera, Edx, FutureLearn, etc.).

Esperemos que quienes toman decisiones en nuestro país actúen de forma responsable, y se avance en financiar, de una vez, la demanda en forma directa, permitiendo que las familias elijan por calidad sin discriminación entre educación privada o estatal. Porque únicamente inyectando más dinamismo y más oferta educativa se logrará descentralizar, sin perder el foco de que son los padres los formadores fundamentales y quienes deciden sobre la educación de sus hijos.

 

Andrés Barrientos, Director Ciudadano Austral.

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO