El mejor modo de neutralizar el caudillismo es generar problemas y liderazgos nuevos, múltiples y ojalá efímeros.
Publicado el 19.09.2015
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La alianza entre la candidata Bachelet y parte de los equipos técnicos que apoyaron a Velasco se basó en la vieja creencia de que se podían satisfacer los anhelos ciudadanos más sentidos y, al mismo tiempo, que sería posible liberarse de las burocracias partidarias y seguir avanzando en crecimiento y equidad.

Esa fue una visión de técnicos sensibles y con compromiso social, pero sin más sentido de la política que la imposición de la recta razón unida a la fuerza legítima.

El técnico contra el ignorante.

La más vieja oposición en la política es la que constituye la separación de los mejores (aristocracia) como una división entre los que saben y los que no, entre los que comprenden y los que sufren sin entender razones. El que vive la pobreza, la exclusión, los abusos con su tiempo y los fraudes a las promesas contraídas, ese que no se allana a razones porque no las conoce o porque no lo sacan de su dolor; ese es el ciudadano que falta en la ecuación y en el lenguaje.

Es el ignorante necesario. El que legitima todo poder y no consigue legitimidad alguna. Es el representado que no tiene representación. A ese hay que hacerle un lugar que no hemos sabido darle. O no hemos podido. ¿Cómo resignar el conocimiento ante la ignorancia? ¿Qué malicia puede haber en la representación del ciudadano por el técnico, por el político y el Estado?

El redescubrimiento del caudillismo revela que ese sueño se terminó. Si tenemos suerte, estamos asistiendo a los albores de la conversión democrática de los técnicos.

La confusión ciudadana.

Del lado de las organizaciones sociales la mala mezcla ha sido más grave. Muchas de ellas han aceptado la confusión entre lo público y el Estado, sin entender que el Estado en Chile es el mayor sistema generador de exclusión social. En su cuenta corriente esta la generación de un sistema de mercados monopólicos en tensión permanente con la libre competencia y con la ciudadanía. En el último tiempo, el leve apriete del clavijero de la historia, ha reventado el Estado en múltiples fracasos confesados y barridos.

Las organizaciones sociales viven cotidianamente la exclusión y el trato paternalista, y se enfrentan con regularidad a la retórica de una participación social que ni siquiera cumple con sus deberes de información. El sistema se basa en la debilidad de las organizaciones que han sido cooptadas por el Estado. Ese cautiverio también se ha trizado.

No se ha roto, porque cada petición de las organizaciones sociales refuerza el carácter paternalista del Estado. En el sueño primaveral del estatismo, el Estado es la mano que da y el pueblo la mano que pide. No puedo imaginar una distorsión más triste de las luchas sociales.

No importa que el fondo sociológico les revele el clasismo del Estado. Los viejos izquierdistas ortodoxos, igual que Piñera, creen en un Estado obediente al poder político. No parece pesar tampoco la contradicción entre la demanda de autonomía de los jóvenes y la entrega de sus esperanzas al mismo Estado que los reprime. El Estado es transparente o, mejor dicho, solo visible en sus encarnaciones personales e institucionales. La superposición de capas y capas de trapería y de sedimentos de obediencia tribal diversa parece suficiente para ocultar el desnudo del ánima burocrática de reyezuelos y damas palaciegas.

Al parecer, los jóvenes libertarios comparten la ilusión tecnocrática de poder torcer, con su astucia, la voluntad de la administración. En este comic convergen organizaciones ciudadanas en busca de Padre y un Estado en búsqueda frenética de filiación. No nos engañemos; en esto no hay maternidades, solo hay figuras más o menos endulzadas del padre abusivo, violento y perdonador.

En algún momento todos hemos convenido en que el país necesita reformas. Las asimetrías en las relaciones de consumo, la ‘inaceptable’ situación de la salud pública y del transporte, la mala educación y la opacidad en las finanzas políticas, todas son situaciones que un ministro displicente calificaría de malas, muy malas; ¡qué quieren que les diga!

Ya hemos pasado por la afirmación de los motivos reformistas, pero ahora estamos más adelante, en la discusión de los ritmos, los alcances y los detalles de las reformas. Sin embargo, no podemos olvidar el punto de inicio por el simple hecho de que todavía estamos aquí, en la reiteración implacable de los mismos diagnósticos.

La brecha de problemas en la salud no se está cerrando, sino que continúa ensanchándose. En el transporte público, la incapacidad de los técnicos para valorar el tiempo de las personas se une a la sórdida relación del Estado, rehén y cómplice encubierto, de empresas monopólicas ineficientes que él mismo ha creado. La educación, por su parte, sigue siendo inocua, intrascendente y paradójicamente, no debatida.

Condiciones que debe cumplir la reforma.

Las reformas en Chile están fracasando no por radicales, sino por descaminadas, indefinidas y burocráticas. Su orientación paternalista las ha asfixiado en la cuna.

Cuando el Ministerio de Educación propone un cronograma para aprobar las reformas, lo que hace, ahora, es agotar el debate en los plazos de una iniciativa fantasma. Y el fantasma se mueve trayendo las obsesiones irresueltas del pasado. Inercia y vibras espiritistas, es todo lo que se puede esperar de un debate fragmentado y graduado. En este caso, gradualidad quiere decir improvisación y completa falta de claridad en los objetivos de la reforma.

La reforma debe ser simple.

De lo contrario no será reforma puesto que consagrará los mecanismos de arbitraje y de negociación que hoy comparten los monopolios y las elites políticas y económicas. Si no es simple, será sustraída al control y al interés ciudadano. Si no cuenta con participación incidente de la ciudadanía en su diseño y su gestión, no será aplicada como reforma, sino como trampa de arena y de inconsistencia; discursos opuestos a las prácticas. Una ‘enjundiosa empuñadura’ de buenas intenciones diluidas en leyes y reglamentos de efecto opuesto a su promesa declarada. Si no es simple es porque envuelve ilusiones racionalistas como las de terminar con la elusión, cuyos efectos van a escalar en la ingeniería creativa de la evasión.

¿Por qué es difícil simplificar? Porque nuestra elite comparte la ideología determinista (legalista) que busca garantías legales en los textos y hasta el detalle, para exorcizar los peligros de la libertad de los otros y reservarse los privilegios del resquicio.

A estas alturas de la confusión cambiaría diez reformas por solo una.

Para todo lo que estamos debatiendo, sería suficiente introducir la iniciativa popular legislativa por medio de plebiscito.

Es probable que abriendo esa compuerta, al cabo de un año tendríamos un cuerpo de iniciativas a plebiscitar que reemplazarían ventajosamente cualquier proceso centralizado de reforma Constitucional. Adicionalmente se revertirían el desinterés y la decadencia de la política.

Nos dicen que sería una chacra. Puro alimento orgánico. Sería un desorden. Se prestaría para corrupción. Todo eso puede ser –y se puede evitar-; se rompería el monopolio actual y había competencia en los mercados clandestinos de dinero. No es tan malo. Ninguno de esos espantapájaros debería seguir asustándonos después de la experiencia de este par de años.

El mejor modo de neutralizar el caudillismo es generar problemas y liderazgos nuevos, múltiples y ojalá efímeros. La iniciativa ciudadana permitiría equilibrar el sistema político, refrescar la representación, fortalecer a los partidos que jueguen el juego democrático y castigar a los otros. Pondría en relación de colaboración a técnicos y ciudadanos. Aportaría una dimensión expandida, voluntaria y comprometida a la ciudadanía.

La democratización de la democracia no es algo a lo que debamos temer. Es la mejor manera de superar antagonismos viejos y buscar nuevos desarrollos –nuevas oposiciones tal vez-. Es una buena manera de comprometernos, involucrarnos y entusiasmarnos.

La democratización no es solo una buena opción; es la manera excluyente de un desarrollo económico estable y compatible con la volatilidad y las exigencias éticas y de creatividad del mundo contemporáneo.

 

Fernando Balcells, sociólogo.

 

 

FOTO: RODRIGO SÁENZ/AGENCIAUNO.