Lo único que sigue igual en la Nueva Mayoría es la convicción de que están haciendo lo correcto.
Publicado el 28.11.2014
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A estas alturas de 2013, la Nueva Mayoría se desplegaba por todo Chile, en plena campaña para la segunda vuelta presidencial. Tenía ya parte importante del triunfo en el bolsillo, tras obtener en primera vuelta una ventaja significativa frente a la candidata de la Alianza y una sólida mayoría parlamentaria.

Todo lo bueno estaba por venir: nadie sospechaba entonces los cambios que enfrentaría la Nueva Mayoría, candidata incluida, en tan solo 12 meses.

Partamos por la inversión de roles entre la DC y el PC. Mientras se preparaba para volver al Palacio, la Nueva Mayoría analizaba de qué manera controlaría el “factor PC”, para garantizar la disciplina y gobernabilidad que exigirían un segundo mandato de Michelle Bachelet. Sonaba por entonces en los oídos de varios el llamado de Camila Vallejo a mantener un “pie en la calle y el otro en el gobierno”.

Ya en abril, el dolor de cabeza dejó de ser el PC -que, convengamos, se ha portado con más disciplina de la que esperaban sus socios- y dio un giro hacia el “factor DC”, transformándose desde el principio del mandato en la fuente de casi todos los conflictos al interior del oficialismo y, sus parlamentarios, en opositores a ratos más rudos con La Moneda que la oposición real.

Repentinamente, todo cambió también para la DC. La falange pasó de poner la firma para dar vida a la Nueva Mayoría, con el mismo PC, la misma candidata hoy convertida en Presidenta de la República y el mismo programa de gobierno que está implementándose, a pretender convertirse en la voz de las pymes que reclamaban por la reforma tributaria y de los sostenedores que se resisten a la reforma educacional. Reformas tributaria y educacional, por cierto, perfectamente descritas en el Programa, con más detalles de los que admite ahora la DC.

Para la Nueva Mayoría también parece haber cambiado su aparente empatía con el “movimiento social”. Hasta marzo lograba convencer a los chilenos que, dada su coincidencia política y lazos históricos con el mundo de los trabajadores, un gobierno de izquierda garantizaba paz social y el entendimiento para avanzar en las “transformaciones” que se prometían. Jaime Gajardo aseguraba entonces que “como gremio, nos satisfacen las propuestas de Michelle Bachelet” y Bárbara Figueroa se mostraba satisfecha respecto del programa porque “la voz de la CUT fue escuchada”.

Un año después, el balance suma varios paros docentes, un paro de la CUT y tres paros de trabajadores de la Salud (entre ellos el del Hospital Salvador, que se extendió por un mes). La guinda de la torta la puso esta semana la ANEF, con un paro de 48 horas en rechazo al reajuste pactado entre el Gobierno y el resto de los gremios del sector público. Para no mezclar peras con manzanas, dejaremos fuera del balance en esta oportunidad a las movilizaciones de los padres de colegios particulares subvencionados, los colectiveros y choferes de Transantiago y la llamada Mutigremial, aun cuando todos califican, en rigor, como parte del “movimiento social”.

El cambio más inesperado, desde luego, para la propia Presidente Bachelet, ha sido el que ha experimentado la percepción ciudadana sobre su figura. La mandataria obtuvo en la elección de segunda vuelta el 62,1% de los votos de quienes concurrieron a las urnas. Su aprobación fluctúa hoy entre un 37% (CADEM) y un 45% (Adimark). Y si bien las encuestas no son verdades reveladas, cuando sus resultados empeoran en un lapso razonable, es evidente que algo no esperado está pasando, que impide a un gobernante mantener el apoyo ciudadano que le permitió ejercer su mandato.

Pese a esos resultados, lo único que sigue igual en la Nueva Mayoría es la convicción de que están haciendo lo correcto. La candidata Bachelet aseguraba que el programa surgía desde las demandas que personalmente le habían manifestado los electores; la Presidenta hoy está preocupada no de interpretar los deseos ciudadanos, sino de explicarle a los chilenos por qué esas reformas, que perciben amenazantes y van a limitar las oportunidades que les permitieron mejorar sus condiciones vida, son buenas y serán sí o sí implementadas.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO:RAUL ZAMORA/AGENCIAUNO

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