Si las personas pudieran desde su teléfono inteligente acceder a un cotizador georeferenciado y saber dónde está el producto que necesita a menor precio, le subiríamos el costo de la colusión a los empresarios o ejecutivos inescrupulosos que se aprovechan de la falla de información del mercado.
Publicado el 12.11.2015
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La memoria colectiva es corta. Eso, al menos, dicen los especialistas en comunicaciones. Hoy, con los medios digitales, la memoria no sólo es mucho más corta, sino también instantánea y con una intertemporalidad casi infinita.

No hace muchos años, los que necesitábamos información económica confiable para hacer un gráfico debíamos dirigirnos al Banco Central (Agustinas 1180). Pero no era cosa de llegar y pedir los datos. Días antes había que pedir hora para ingresar a la biblioteca y buscar en los famosos “libros blancos” (informes mensuales) la información que uno necesitaba.

Eso ya no es así. Hoy tenemos acceso libre a casi toda la información que queremos y en tiempo real. Eso permite que nuestra memoria use sus capacidades en otras habilidades y no en recordar cifras o números.

Digo todo esto porque soy un convencido de que la sociedad de la información debe estar al servicio del mercado y ser una fuente de asignación de recursos eficiente. De lo contrario, el caos es total. Tomemos el ejemplo de los medicamentos. Si hiciéramos la lista de los 200 medicamentos más usados por los chilenos, es muy probable que los precios mostrarían tal nivel de varianza que si alguien tuviera que comprar “una canasta” encontraríamos grandes diferencias dependiendo de dónde la compran.

Podríamos decir que la falta de información o la mala calidad de ésta es una de las tantas fallas del mercado que genera una mala asignación de recursos y facilita que las empresas aprovechen esa falla para coludirse, repartiendo zonas de ventajas asimétricas.

Por otra parte, con las nuevas tecnologías, los smartphones y todo tipo de dispositivos electrónicos, debemos aprovechar los decrecientes costos asociados a tener buena información y eso debe estar al servicio de mercados más eficientes.

Si las personas pudieran desde su teléfono inteligente acceder a un cotizador georeferenciado y saber dónde está el producto que necesita a menor precio, le subiríamos el costo de la colusión a los empresarios o ejecutivos inescrupulosos que se aprovechan de la falla de información del mercado, ya que las personas podrían ir a comprar donde efectivamente es más barato, según sus costos de desplazamiento.

Esto es una condición necesaria, pero no suficiente, para que el mercado funcione de forma correcta. La señal del regulador debe ser potente en cuanto a castigar de manera ejemplar las malas prácticas en los mercados y reponer las penas de cárcel a quienes, demostradamente frente a un tribunal, cometen acciones reñidas con el correcto funcionamiento de los mercados.

¿Pero eso es suficiente? Me parece que no. En alguna medida, las acciones colusivas que hemos observado, por ejemplo en el caso del papel, tienen que ver con los mecanismos de incentivos vía bonos y otras regalías a ejecutivos, que por lograr esos objetivos son capaces de trasgredir todo tipo de normas cuyo efecto más perverso se produce sobre las personas más vulnerables.

Por todo esto, mientras no exista voluntad política de verdad para abordar la normativa anticolusión, solo veremos cachetadas de payasos tratando de demostrar que la regulación funciona.

 

William Díaz R., economista y director ejecutivo Experior Consultores.