Los libertarios que lo son por buscar el bien común sí tienen un espacio político en ChileVamos. Tienen un espacio para defender que sus posturas realizan mejor el ideal de la justicia social. Y también para escuchar razones y abrirse a ser persuadidos, caso a caso, de lo contrario por argumentos provenientes de otras tradiciones.
Publicado el 24.04.2016
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En una columna anterior expliqué por qué los liberales clásicos, bajo la definición que hace John Tomasi de ellos en su libro “Free Market Fairness” (2012), tienen un cómodo espacio bajo el alero del documento de Convocatoria de ChileVamos. En ese mismo texto fui algo duro con el mundo que podríamos llamar “libertario” y sus infinitas discusiones acerca del “colectivismo”. Ahora me gustaría relativizar un poco mi propia ironía: hay segmentos de ese mundo libertario que perfectamente podrían identificarse con el documento. Quiero explicar por qué.

La razón por la que consideré un tanto ocioso tratar de convencer al mundo de un antiestatismo militante de que tenían un espacio político en la convocatoria es que resulta claro que para alguien absolutamente dogmático cualquier convergencia política con otras tradiciones es más o menos imposible, ya que se jacta de su propia intransigencia e intolerancia política. Y ya que el documento de ChileVamos es básicamente un espacio de acuerdo entre liberales, conservadores, socialcristianos, nacionales y humanistas cristianos, se hace difícil que alguien con mentalidad de activista libertario se encuentre cómodo ahí, así como puede ocurrir con los sectores que podrían denominarse “ultraconservadores” y otros. Sin embargo, pensando un poco más, me pareció que incluso algunos libertarios podrían identificarse con la Convocatoria.

Los libertarios, tomando como base a Robert Nozick, son definidos por el propio Tomasi a partir de las siguientes características: 1) Conciben la libertad económica no sólo como “densa”, sino como absoluta; 2) Defienden una concepción formal de la igualdad que ve los resultados de los intercambios de mercado no sólo como como parcialmente justos, sino como absolutamente justos (incluso cuando el resultado de esos intercambios implica la alienación de otros derechos y libertades básicas); y 3) Piensan que existen razones para negar al Estado cualquier autoridad para cobrar impuestos a los ciudadanos en función de proveer servicios sociales a terceros.

La pregunta que tengo que tratar de responder es si alguien que cree que el concepto de justicia social es absurdo, que cree que la libertad económica no sólo es importante sino absoluta, y que piensa que el Estado no debe financiar ningún servicio social puede estar dentro de un pacto como el de ChileVamos. A primera vista, esto resulta imposible, ya que ¡ni siquiera podrían estar en un pacto con liberales clásicos! Sin embargo, hay que hacer algunos matices.

Los matices provienen del hecho de que algunos intelectuales y políticos que son admirados por los libertarios han defendido, en sus escritos y discursos, que una de las razones de peso por las cuales defienden lo que defienden es su preocupación por los más débiles y desposeídos. La lista es amplia, e incluye a clásicos como Herbert Spencer, Ludwig Von Mises, Ayn Rand, Friederich Hayek, Milton Friedman, Murray Rothbard y el propio Robert Nozick. También a Eric Mack, Richard Epstein y Ronald Reagan. Tomasi, en su libro, da cuenta de ello en su capítulo quinto, titulado “Social Justicitis”.

Lo que Tomasi concluye a partir de este hecho es que la mayor parte de los pensadores libertarios está de acuerdo en que “la defensa de la sociedad de mercado se ve reforzada por la convicción de que sus instituciones son ventajosas para los más pobres”. Esto, aclara Tomasi, es diferente a pensar que a cada ciudadano se le debe algo en función de criterios de justicia social. Sin embargo, concluye, “todo viaje comienza con un primer paso”.

Este primer paso hacia el reconocimiento de la existencia de la justicia social es el reconocer que “los regímenes institucionales deberían ser evaluados en función de los beneficios que proveen a todas las personas sujetos a ellos (…) y en particular a los más pobres”. Al dar ese paso, los libertarios que sigan este razonamiento ya habrán concedido que lo que a ellos les importa en realidad es el bienestar y la realización de las demás personas. Y ya estarán en condiciones de evaluar, dialogando con otras tradiciones y puntos de vista, cuáles son las políticas y las formas institucionales que mejor realizan esa aspiración. Habrán dejado de ser fanáticos en el sentido de que ya no pensarán que sus ideas merecen ser llevadas adelante a pesar de ser dañinas para otros seres humanos (o incluso de serlo especialmente respecto a los más débiles entre los seres humanos).

Los libertarios que lo son por buscar el bien común sí tienen un espacio político en ChileVamos. Tienen un espacio para defender que sus posturas realizan mejor el ideal de la justicia social. Y también para escuchar razones y abrirse a ser persuadidos, caso a caso, de lo contrario por argumentos provenientes de otras tradiciones.

Sin embargo, los libertarios que piensan que sus ideas merecen ser realizadas sin considerar sus posibles consecuencias respecto a terceros y a los más pobres, no podrían encontrar espacio en este pacto político. La razón es que su ideología básicamente los establece como individuos que luchan por mejorar su posición, incluso a costa de dañar abiertamente la posición de otros, especialmente de los más débiles. Es decir, son abiertamente egoístas. Y como tales, no se sentirán cómodos en un contexto político donde ese tipo de posturas, por la naturaleza de la política, se encuentren excluidas de una deliberación que se presupone orientada hacia el bien común.

 

Pablo Ortúzar, director de investigación IES.

 

 

FOTO:PABLO OVALLEISASMENDI/AGENCIAUNO