¿Pueden entonces los liberales clásicos sentirse a gusto dentro de esta coalición política? La conclusión es bastante evidente: sí. El requisito para ello es tolerar el hecho de tener que defender con argumentos sus posturas en un contexto donde otras tradiciones políticas se encuentran también actuando y pensando.
Publicado el 10.04.2016
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Luego de extensos debates y revisiones, ChileVamos ha logrado acordar un texto definitivo que opera como constitución del conglomerado. Es decir, un texto de mínimos comunes. Estos mínimos son la división del poder; el reconocimiento de la realidad del pueblo en su territorio; la defensa del ámbito privado como espacio de autonomía y sentido; la defensa de las espontaneidades individuales y sociales y su correcta coordinación; y la justicia entendida como pluralismo, reconocimiento del mérito y sustentabilidad.

Este documento logra dar cabida a las distintas vertientes que componen el conglomerado de partidos, movimientos e independientes: el liberalismo, el conservadurismo, el gremialismo, la tradición nacional, el socialcristianismo y el humanismo cristiano. Cada una de ellas lo leerá con énfasis distintos y probablemente ordenará los principios según diferentes jerarquías, permitiendo un amplio margen de maniobra a la coalición para adecuarse a las demandas políticas del momento, sin por eso caer en el oportunismo o la incoherencia. Así, los distintos conceptos e instituciones de esta gama de tradiciones quedan a disposición de ChileVamos, como una gran caja de herramientas para entender e intervenir la realidad. La construcción de esta caja de herramientas, de hecho, es la materialización práctica de la idea expresada por el profesor Hugo Herrera en relación a “activar todas las tradiciones de la centroderecha”.

En algunos círculos liberales, sin embargo, se ha generado nerviosismo, principalmente porque han creído ver en el texto rastros de “colectivismo”. En el caso de los mundos “liberales” de un antiestatismo sobreideologizado esta “detección”, por supuesto, tiene bastante poco valor o, más bien, es obvia. Se trata de grupos que siempre están luchando de manera obsesiva por la pureza doctrinaria y que gozan con anécdotas sobre cómo Mises consideraba socialista a Hayek que consideraba socialista a Friedman. Digamos que son el equivalente funcional de las facciones trotskistas en la izquierda: considerarán “colectivista” (así como los troskos considerarán “fascista”) todo lo que no sea exactamente lo que ellos mismos piensan (y el tratar de determinar qué es exactamente lo que piensan conducirá, además, entre ellos, a fraccionamientos internos infinitos y acusaciones mutuas de “colectivismo”). También, por supuesto, hay harto de frivolidad, mala intención o ganas de figurar en algunos comentarios. Pero nadie está obligado a hacerse cargo de cosas así.

En cuanto a quienes se identifican, más o menos, con el liberalismo clásico, es importante atender a sus inquietudes. Y quiero tratar de hacerlo aquí brevemente.

Para definir la tradición liberal clásica me remitiré a John Tomasi, quien en su libro “Free Market Fairness” lo resume en tres puntos: 1) Una concepción densa de la libertad económica basada en razonamientos consecuencialistas (la libertad económica es buena por sus consecuencias, que mejoran la vida de las personas); 2) Una concepción formal de la igualdad que ve el resultado de los intercambios libres en el mercado como justos; 3) Un rol limitado, pero importante, del Estado en la provisión financiada por impuestos de educación y servicios sociales. Vamos punto por punto viendo qué ofrece el documento de ChileVamos a cada uno.

En cuanto a la libertad económica, nos dice Tomasi, los liberales clásicos la consideran a la par con otras libertades importantes, como la de movimiento o expresión. Sin embargo, no consideran que se trate de un “absoluto moral” que triunfa sobre cualquier otro bien social. Así, aceptan su regulación o limitación para proteger o servir a otras libertades o bienes fundamentales (por ejemplo, prohibiendo a alguien venderse a sí mismo como esclavo). Además, aceptan que los gobiernos tienen algunos ámbitos de intervención eminente, los que deben estar bien delimitados. Un ejemplo sería la intervención de los mercados para promover la libre competencia y combatir los monopolios.

¿Está la libertad económica, entendida en estos términos, presente en los ejes de ChileVamos? Sí lo está. Primero, en la defensa que se emprende del ámbito privado, donde se señala expresamente la importancia de la autonomía económica para poder ejercer la libertad política y de la propiedad privada como sostén de la esfera privada. Segundo, en la defensa de la división del poder, que reconoce a los mercados competitivos y libres como una fuente de libertad. Tercero, en la defensa de las espontaneidades sociales, que abarcan el emprendimiento y la libre empresa. Los resguardos institucionales y la intervención limitada del Estado para resguardar otros bienes y libertades, o mantener abiertos los mercados, se encuentran también presentes en el documento, por supuesto.

En cuanto a la igualdad formal y la libertad de mercado como estándar de justicia, el documento entiende que muchas de las relaciones de mercado serán justas en su resultado. Sin embargo, reconoce también que hay ciertas condiciones de justicia que requieren ser incentivadas y promovidas. En este sentido, muchas intuiciones del liberalismo clásico que se encuentran no tan fundamentadas, como la necesidad de cubrir la educación para todos y de financiar ciertos programas sociales, se encuentran recogidas y justificadas en términos de justicia social. Es cierto que muchos liberales clásicos consideraron el concepto de “justicia social” como insustancial, pero es cierto también que ellos mismos defendieron programas sociales sin explicar muy bien por qué (como el ingreso mínimo propuesto por Hayek). Tomasi, que es un liberal clásico, se hace cargo de ese asunto introduciendo algunos elementos de la teoría de la justicia de Rawls dentro de una matriz clásica, y se puede decir que el documento de ChileVamos hace lo mismo, abriendo espacios también a los liberales de esas vertientes (no clásicas). Por eso se reconoce el mérito como criterio válido de distribución, al tiempo que se defiende la opción preferencial por los pobres y los niños, en aras de crear condiciones de oportunidad para todos, en lo relativo al gasto público. Eso nos lleva, de hecho, al tercer punto.

En cuanto al rol limitado, pero importante, del Estado en la provisión de servicios sociales y bienes públicos, el documento es bastante claro. La idea de espontaneidad estatal apunta justamente a esto: el Estado debe ser un agente activo y profesional en la generación de bienes públicos, coordinándose siempre, y estando siempre al servicio -de acuerdo al principio de subsidiariedad- de las organizaciones intermedias (sociedad civil) y de las personas. En esto no hay ambigüedad alguna en el texto.

¿Pueden entonces los liberales clásicos sentirse a gusto dentro de esta coalición política? La conclusión es bastante evidente: sí. El requisito para ello, por supuesto, es tolerar el hecho de tener que defender con argumentos sus posturas en un contexto donde otras tradiciones políticas se encuentran también actuando y pensando. Y quizás estar abiertos a la posibilidad de ser convencidos y aprender. Nada que Popper no les hubiera recomendado.

 

Pablo Ortúzar, director de investigación Instituto de Estudios de la Sociedad (IES).

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO