Aunque la lucha entre ponderados y extremistas que comparten una misma coalición ya no es tan cruenta, al menos en los países democráticos, sigue siendo bastante intensa. Hay que precisar, eso sí, que los extremistas pueden ser de derecha o de izquierda
Publicado el 10.06.2016
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Aunque Jorge Burgos se va siendo reemplazado por Mario Fernández, otro demócrata-cristiano centrado y dialogante, es evidente que la renuncia del primero supone un importante triunfo parcial —aunque no por ello menos contundente— de los radicales que comparten gobierno con los moderados de la Nueva Mayoría, en la abierta disputa entre la izquierda y “la derecha dentro del gobierno”, como calificó —o descalificó— a los centristas el abogado Fernando Atria.

Después del 21 de Mayo, Atria escribió un artículo en El Mercurio, donde hizo un crudo diagnóstico de la lucha entre “la derecha” y la izquierda del gobierno, aunque finalmente se mostró tranquilo porque “las expectativas (de los derechistas de la Nueva Mayoría) resultan frustradas, porque cada vez la Presidenta rechaza asumir ese programa e insiste en su programa transformador”.

Las disputas entre ponderados y extremistas en política son bastante viejas. Baste con recordar las contiendas entre los girondinos (que se sentaban a la derecha en la asamblea proto-revolucionaria francesa) y los jacobinos (que se sentaban a la izquierda), y entre los bolcheviques y mencheviques en la Rusia zarista. En ambos casos, como bien se sabe, los moderados fueron cruelmente barridos por los radicales, y terminaron siendo guillotinados, exiliados o reprimidos.

Aunque la lucha entre ponderados y extremistas que comparten una misma coalición ya no es tan cruenta, al menos en los países democráticos, sigue siendo bastante intensa. Hay que precisar, eso sí, que los extremistas pueden ser de derecha o de izquierda. En ambos casos, comparten su fanatismo, su intransigencia y su belicosidad. Un buen ejemplo de radicales de derecha se dio durante el gobierno de George W. Bush, que enfrentó a “halcones” (hawks) con “palomas” (doves). Como era de suponer, triunfaron los halcones y Estados Unidos invadió Iraq.

¿Por qué los halcones ganan casi siempre? Según el psicólogo Daniel Kahneman, el único no economista que ha ganado el Premio Nobel de Economía, los duros suelen ganar a los blandos por los sesgos y limitaciones cognitivas que condicionan nuestra toma de decisiones, las que casi siempre favorecen el conflicto y no la concesión. Esto trae como consecuencia que, dentro de un gobierno, “los tipos duros ganan muchas más veces de las que deberían”.

Los halcones suelen incitar a los líderes a pelear, usar la fuerza y no ceder. Para ellos, cualquier concesión al rival es vista como una debilidad, y ponen en duda la lealtad con el jefe de aquellos consejeros que recomiendan negociar, los que, muchas veces por lo mismo, terminan inhibiéndose para no ser acusados de “amarillos”. Las palomas son menos belicosas, y se inclinan a contemplar soluciones pactadas y negociadas, lo que, por esencia, implica ceder.

El problema es que, según Kahneman, en tiempos críticos y tensos, los líderes nacionales tienden a escuchar más a los asesores que no dudan y que sobredimensionan sus fortalezas e ignoran sus debilidades, mostrando un apego irrestricto a la defensa del caudillo. Cuando el líder cree que está en un campo de batalla, quiere sentirse seguro de que va a ganar e ignora a quienes le dicen que puede perder y que es mejor pactar con el enemigo.

Los líderes tienden a sobredimensionar las “intenciones malignas” de sus supuestos rivales, atribuyéndoles “una hostilidad profunda” que con toda seguridad no es tan grande. Esos sesgos y malas interpretaciones de muchos líderes acosados son tan comunes que han llevado al estallido de importantes conflictos internacionales. Según Kahneman, magnificar la maldad del contrario es algo tan común que ocurre con frecuencia hasta en los matrimonios, donde muchos terminan peleando por las supuestas malas intenciones del cónyuge y no por hechos concretos. Atribuir malas intenciones al rival suele ser bastante subjetivo y por lo tanto esa percepción debería ser bastante más analizada antes de iniciar una contienda (¿le suena al respecto el “ánimo injurioso” que le atribuyó la Presidenta Bachelet a la revista Qué Pasa?).

Otro importante sesgo de los líderes que confían excesivamente en sus halcones es la “ilusión de control”, pues tienden a ser excesivamente optimistas respecto de sus posibilidades de triunfar y subestiman a sus adversarios, ignorando por completo el contexto en el que se da la lucha. Como tienden a considerarse más inteligentes, atractivos y talentosos que el promedio, suelen sobreestimar sus posibilidades de éxito. “Consistentemente, exageran la capacidad que tienen de controlar los resultados que son importantes para ellos, incluso cuando estos resultados dependen de otros factores o son aleatorios”, concluye Kahneman. ¿Recuerda cuando el gobierno de Bush aseguró que la invasión de Iraq sería rápida y sencilla? Lo mismo repitió el Comandante en Jefe del Ejército francés, Noel de Castelnau, en los prolegómenos de la Primera Gran Guerra: “Dadme 700 mil hombres y conquistaré Europa”. Antes del inicio de cada guerra, en todos los bandos, abundan los generales grandilocuentes que prometen una victoria fácil y rápida. Con esas promesas, los halcones terminan devorando a las palomas. Julio César lo tenía muy claro: para no perder el sentido de la realidad haciendo caso a agoreros exitistas antes de emprender una nueva conquista, ponía a su lado a un esclavo que le repetía: “Recuerda que eres humano… Recuerda que eres humano”. Pero no todos los líderes quieren una paloma a su lado. Bien lo sabe ya Jorge Burgos. Que tome nota Mario Fernández.

 

Ricardo Leiva, Doctor en Comunicación de la Universidad de Navarra y académico UAndes.

 

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO