Es de esperar que, si gana el Brexit, Bruselas se desmantele en paz y sin choques. Si se quedan, que los ingleses lideren para desregular ese cada vez más alambicado bloque.
Publicado el 23.06.2016
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Hoy, los habitantes del Reino Unido (RU) acuden a las urnas a votar si es que prefieren quedarse o irse de la Unión Europea (UE). Las encuestas dan un empate técnico entre las dos preferencias. Sin embargo, hay otro predictor ―el dinero― que, a pesar de que tanta gente dice que no le agrada, ha tenido bastante mejor poder de predicción. Según las apuestas, el Reino Unido se quedaría en la UE. De ser así, su PIB no caería groseramente al 2030 (¿?) como dijo el Tesoro Británico (¿y si inventan el nuevo petróleo?), ni tampoco reinaría el caos que tanto han anunciado (¿y si dura solo un rato, para luego ser beneficioso?). Así entonces, las apuestas estarían dejando dormir tranquilo al establishment económico chileno y del mundo.

Si es que sale victorioso el Brexit (la opción de salida), muchos analistas aseguran que David Cameron, el Primer Ministro, además de perder su liderazgo y puesto, pasará a la historia por haber sido la persona que propuso «semejante irresponsabilidad» de referéndum. Quien está a la espera ansioso de este «caos» ―liderando, por lo demás, la campaña de Brexit―, es Boris Johnson, su famoso y estrafalario compañero en el Parlamento y uno de sus principales rivales desde sus tiempos escolares en Eton College ―el exclusivo colegio de Windsor―. El actual diputado y antiguo alcalde de Londres se ha posicionado como el sucesor de Cameron como líder Conservador y está obsesionado en destacar las bondades más evidentes del Brexit. Estas son las que apelan a sentimientos de «soberanía nacional» y las que se refieren a la economía, como la (anti)inmigración ―muy popular en estos días― y el hecho de que una de las naciones que mejor ha sobrellevado estos ya casi ¡10 años! de post-crisis subprime ha sido Inglaterra. Esto último, en gran medida, a su economía libre y su moneda propia y flexible a shocks internos y externos ―lo que todos, sin excepción, clamaban utópicamente para la Grecia atada al euro―. Así, plantean Johnson y cía., una salida de la UE le permitiría al RU reordenar su economía de manera más libre y prosperar sin la necesidad de acogerse a las, a veces, ridículas regulaciones y exigencias impuestas desde Bruselas.

Sin embargo, paradójicamente, las principales razones para seguir son también económicas. La principal, y más creíble, es la incertidumbre que podría causar semejante suceso que, no obstante, debería tener un tiempo acotado de duración ―aunque no muy corto―. Hay otra que parece tener más sentido, pero, a su vez, solución ―aunque no fácil―. Si bien se pierde el mercado comercial integrado que significa la UE, sería difícil, según señalan los Brexiters, que el RU no pueda re-negociar un buen tratado con ellos y ¡uno mejor! con cada uno del resto de los países del mundo que quiera. Una «guerra comercial» entre el RU y la UE parece poco probable (a pesar de las amenazas francesas que se quedarían sin importantes compradores de vino, champagne y cognac). Las otras razones, basadas en predicciones del PIB al año 2030 (¿?) parecen más astrología. Quizás la más clara razón para no votar por una salida, aunque muy incierta en su probabilidad, es una de índole político-económica: algo así como la llegada de una ola de nacionalismos y proteccionismos, los peores fantasmas del pasado. Si bien la UE ha sido un notable y fructífero ejemplo político de paz, económicamente no da para más. Por lo tanto, quizás valga la pena no arriesgar.

Los británicos, finalmente, se enfrentan a un status quo que parece conocido y seguro. Por otro lado, las potenciales ganancias prometidas, como suele ocurrir, parecen altas pero riesgosas. Parece ser que todo dependerá de la alta o baja aversión al riesgo de los votantes. Es de esperar, entonces que, si gana el Brexit, Bruselas se desmantele en paz y sin choques. Si se quedan, que los ingleses lideren para desregular ese cada vez más alambicado bloque.

 

Fernando Claro V., Fundación para el Progreso.