Enceguecerse con la economía simplemente es el camino de servidumbre del liberalismo hacia el nacionalismo.
Publicado el 25.06.2016
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Se sabe que el liberalismo contemporáneo, en un afán por establecer premisas de justicia y ética neutrales a la humanidad, se ha inclinado por cierto estilo —algo vago— de cosmopolitismo traducido en fórmulas federales como las de la Unión Europea. Aun cuando esta federación de naciones desarrolló como principal orientación de política pública un sistema de bienestar relativamente extenso (con el alto gasto fiscal que ello supone), nace como un acuerdo de libre comercio entre dos potencias (Alemania y Francia), favoreciendo el libre tránsito y la homologación de protocolos para facilitar las relaciones económicas entre los firmantes.

A propósito del triunfo del Brexit, han surgido voces desde el liberalismo que se alinean con el nacionalismo británico del UKIP al señalar que el Reino Unido «recuperó» su independencia. Estas voces olvidan flagrantemente que la Unión Europea, si bien vive sus claroscuros, tiene lineamientos que son especialmente sensibles a las problemáticas que éticamente el liberalismo ha propuesto desde siempre.

Esta forma de pensamiento tiene como lamentable consecuencia el establecimiento de barreras que aíslan la posibilidad de promover el liberalismo como sistema vivo en Reino Unido. El liberalismo nacionalista provoca que, antes que diseminar los principios del propio liberalismo, los encapsulan tras las fronteras de un país. Esto significa que, en lugar de propugnar a favor de que los principios que —por cierta casualidad— surgieron en un lugar determinado se integren a las realidades culturales de otros países, se promueve una lógica de erección de un tótem (en este caso el Reino Unido) que se protege del resto de la comunidad internacional. En definitiva, en lugar de suscitar un cambio a nivel global, se dedica a levantar muros para impedir que el globo lo «contamine».

No debería sorprendernos entonces que, detrás del interés de los defensores del Brexit de salir del espacio de Schengen, esté el levantamiento de restricciones contra la entrada de inmigrantes al país. Tampoco debería sorprendernos que, en el futuro, Reino Unido tenga una mayor colaboración con la OTAN en la «defensa» global contra el inasible terrorismo. No debería sorprendernos que al Reino Unido le importe poco o nada lo que ocurra en el continente europeo. Preocupaciones que —a veces con más o menos intensidad— han estado en el núcleo del pensamiento liberal contemporáneo.

Estos liberales nacionalistas alcanzan sus conclusiones anti-inmigración, anti-cooperación internacional o belicistas a partir de una obsesión que tienen con el desempeño económico. No ven al liberalismo como una doctrina ética, que persigue la idea de la paz y la colaboración basada en la igualdad moral de los seres humanos. Lo ven como un método para alcanzar progreso económico simplemente. Así, dejan al margen de su propio engrama político la adopción de preocupaciones más instaladas en la ética que en la economía. Seguir el camino del liberalismo nacionalista es llegar al conservadurismo aislacionista que caracterizó el período previo a la Segunda Guerra Mundial. Después de todo, algo querrá decir que Trump también celebre el Brexit.

Independientemente de que si la salida del Reino Unido es o no una medida fundamentada en lo que la teoría económica liberal dice sobre estos temas, debemos siempre poner nuestras decisiones políticas a la luz de la ética que dio origen al liberalismo. Una ética que promueve la neutralidad gubernativa de la toma de decisiones políticas, la libertad de expresión, asociación y tránsito, la protección de la soberanía individual y la paz, sobre todo la paz. Enceguecerse con la economía simplemente es el camino de servidumbre del liberalismo hacia el nacionalismo.

 

Jean Masoliver Aguirre, cientista político, Fundación para el Progreso.