Lo que resulta extraño es que la carrera presidencial se haya desatado en el mismo gobierno y con colaboración no sólo de La Moneda, sino que personalmente de la mismísima Presidenta.
Publicado el 03.10.2014
Comparte:

En un gobierno que cuenta con los votos suficientes para aprobar todas las reformas que se proponga, y más aún aquellas que prometió en su programa, y con una oposición que sólo puede limitar su acción al debate público de dichas reformas, pero sin real capacidad de rechazarlas, sería esperable que esos partidos de oposición se fueran concentrando en denunciar las fallas de gestión, corrupción y promesas incumplidas; y para ello, qué mejor que comenzar a perfilar candidatos de cara a la próxima elección presidencial.

Aunque el actual gobierno esté aún comenzando -recién el próximo año será plenamente responsable de su gestión a partir de su propio presupuesto-, sería natural y enteramente lógico entonces, que en la oposición empezaran a surgir candidatos presidenciales. Así está sucediendo tanto con Andrés Velasco como con Marco Enríquez-Ominami, que comenzaron tempranamente sus campañas, ya que además, en ambos casos, es la única forma de mantenerse vigentes si no cuentan con otra plataforma.

Lo que resulta extraño es que la carrera presidencial se haya desatado en el mismo gobierno y con colaboración no sólo de La Moneda, sino que personalmente de la mismísima Presidenta.

¿Qué puede explicar esta extraña situación? Como todo en política, tiene múltiples ingredientes que se combinan de distintas maneras y con diferentes resultados.

Por una parte, ni siquiera los más acérrimos opositores a Bachelet ni en sus mejores sueños se imaginaron que el síndrome Transantiago se aparecería tan tempranamente y que la falta de conducción generaría un clima de incertidumbre tan generalizado, más allá de lo que cabría haber esperado circunscrito a los empresarios con la reforma tributaria.

Para sorpresa de algunos, la amplitud y radicalidad del discurso de algunos dirigentes de la Nueva Mayoría, su fuerte interés por romper con su pasado concertacionista y su autoflagelación frente a lo realizado por sus gobiernos anteriores, produjo un ambiente que será muy difícil temperar. La confianza es siempre compleja de recuperar una vez que se pierde.

Algunos dicen que es la ideología la que está imperando, pero en realidad es puro y simple fanatismo.

El “enviagrado” entusiasmo refundacional de algunos dirigentes de la Nueva Mayoría ha convertido el ejercicio del gobierno en un aquelarre de proyectos de ley que paradojalmente, si algo tienen de certeza, es que han generado incertidumbre en los sectores de la economía real y en la opinión pública. Se preguntan ¿es esto lo que votamos los chilenos hace unos pocos meses?

Una mala reforma tributaria que producirá efectos indeseados y obligará a modificarla antes de lo que muchos creen, que tiene por objetivo financiar una reforma educacional inexistente, por el momento, y cuyo rumbo en el parlamento es, además de incierto, cada vez más lejano a la búsqueda de la calidad prometida, porque no será este gobierno quien afectará los intereses de los profesores. Y se puede seguir con la reforma laboral; Isapres, AFP´s, etc. A lo que se debe sumar la oleada terrorista, el clima de inseguridad y el creciente desempleo…

Solución: cambiemos el foco del debate, hablemos de posibles candidatos presidenciales, que den entrevistas, que obliguen a otros a buscarlos y que comience la carrera. Anticipemos la campaña.

Cuando la brecha entre la política y la vida real va en claro aumento, los políticos descubren que es mejor hablar del futuro, de promesas y no de realidades y, por consiguiente, lo mejor es iniciar la competencia presidencial, abandonando el presente y soñando con el futuro… de ellos.

 

Patricio Dussaillant, Doctor en Comunicación Pública y Profesor Pontificia Universidad Católica de Chile.

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO