Es evidente que no es posible entender la situación que vive actualmente Brasil como si fuera un mero problema político del Presidente Temer. Se trata de una realidad mucho más compleja y profunda, más multidimensional y de una proyección indefinida, pero peligrosa. Los Gobiernos de minoría y de bajo apoyo popular han sido un problema histórico en el país, pero en la actualidad se han ido sumando otros problemas que tienen de cabeza al sistema.
Publicado el 27.05.2017
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Las noticias que llegaron desde Brasil esta última semana han llevado al gigante sudamericano de regreso a la situación lamentable que sufrió hace un año, al comienzo del proceso de destitución de la Presidenta Dilma Rousseff. Fueron meses difíciles, dramáticos y con un final ambivalente, que hizo celebrar a muchos y lamentarse a otros, pero que finalmente no solucionó el problema de manera definitiva, como se puede apreciar en la actualidad. Pareciera que el sistema político y la gente común entendieron que una vez resuelto el tema de Dilma volvería la normalidad democrática y, eventualmente, habría una recuperación económica, pero al final la solución no era tan simple.

El problema se da en parte por una mala comprensión inicial de la crisis que ha vivido Brasil en los últimos años. Lo que aparece a la luz pública es que el Presidente Michel Temer habría estado involucrado en un caso de corrupción: cuando el empresario Joesley Batista le comentó al gobernante que le pagaban mensualmente a Eduardo Cunha -quien está en la cárcel- por su silencio, Temer le contestó: “Tiene que mantener eso, ¿viste?”. La revelación del video con esta conversación provocó un verdadero terremoto político, que tiene al país en un nuevo escenario crítico desde el punto de vista institucional y político.

Rápidamente han surgido voces reclamando la renuncia de Temer, lo que facilitaría cerrar este flanco y comenzar de nuevo bajo el liderazgo del presidente de la Cámara de Diputados. Sin embargo, las posibilidades que se barajan en la actualidad no son tan rápidas ni obvias, como ilustra la contundente y escueta respuesta del Mandatario: “No renunciaré”; porque lo otro sería reconocer una culpabilidad que no acepta. El problema es que las protestas han continuado, en los últimos días incluso han salido los militares a las calles y la situación amenaza con desbordarse.

Por esto es necesario evaluar otras alternativas. Ciertamente se abre el camino al famoso impeachment, que ya habían solicitado varios desde el mundo político, pero al que se ha sumado en los últimos días la Orden de Abogados del país -que hizo lo mismo en el juicio político contra Dilma-, lo que pone presión a Temer. Una segunda posibilidad es que se realice el juicio penal, tras la denuncia presentada contra el gobernante por “obstrucción a la justicia”. De resultar efectivo, implicaría que debe dejar el cargo. También se habla de la posibilidad de que resuelva el asunto el Tribunal Supremo Electoral (TSE), por el eventual financiamiento irregular de la campaña de 2014, en la que Temer participó como Vicepresidente de Dilma Rousseff.

Todas estas fórmulas no cierran el asunto y por lo mismo en diversos lugares de Brasil se ha comenzado a escuchar el grito “Diretas já” (elección directas ahora), al igual que en 1984, cuando se produjo la movilización para terminar con la dictadura militar, en un recuerdo histórico de tiempos de grandes ideales políticos, cuando se pensaba que la democracia traería solo bienes y felicidad. En esa ocasión, el famoso futbolista Sócrates, que había disputado el Mundial de 1982 -en un mediocampo que integraban además Zico, Toninho Cerezao y Falcao- logró que su equipo Corinthians ocupara ese lema en sus camisetas, contribuyendo a la democratización del país. En los últimos días el propio Lula ha pedido diretas já, aunque en parte se debe al interés personal que tiene en el asunto.

Se entiende este grito de elecciones directas si consideramos que el ingreso de Temer al Gobierno de Brasil tiene una limitación democrática importante, considerando la forma cómo accedió tras la destitución de Dilma. A eso se suma un bajísimo apoyo popular, que no llega al 10%, algo que también afectaba a la destituida Presidenta. Por lo mismo, la solución democrática parece ser la única que permitiría una aceptación amplia por parte de la población, considerando que el desprestigio del régimen político brasileño afecta a la clase política en su conjunto.

Sin embargo, es evidente que no es posible entender la situación que vive actualmente Brasil como si fuera un mero problema político del Presidente del país. Se trata de una realidad mucho más compleja y profunda, más multidimensional y de una proyección indefinida, pero peligrosa. Los Gobiernos de minoría y de bajo apoyo popular han sido un problema histórico en el país, pero en la actualidad se han ido sumando otros problemas que tienen de cabeza al sistema.

Uno de ellos es la economía brasileña -una de las diez más poderosas del mundo-, que lleva varios años con malos resultados. Esto se manifiesta parcialmente en el último bienio, que se ha caracterizado por la disminución del PIB y el regreso de los fantasmas que afectan la inversión, el trabajo y el progreso. Pero hay otros dos aspectos que son incluso más graves, y que conviene reconocer en medio del exceso de información pequeña y de las recriminaciones recíprocas que circulan en la prensa internacional. Sin ellos no es posible comprender la crisis brasileña.

El primero es derivado de la corrupción, que parece ser orgánica, tiene manifestaciones transversales que parecen inundar la política y los negocios del país, generando un régimen indefinible que está viviendo su momento más difícil. Los escándalos se repiten, como muestran los casos Odebrecht, Petrobrás y el de las carnes. La vinculación de estas empresas con la política brasileña, las compras de favores e influencia, el concubinato y aprovechamiento del poder para obtener beneficios, muestra una economía que no es ni libre ni tampoco estatista, sino que parece en muchas áreas un régimen de amigos y prebendas. Lo que hay es consenso en que debe terminar.

El segundo problema, que ha ido apareciendo de a poco, pero que el Gobierno de Temer pensó enfrentar en los últimos meses, es la estructura jurídica de la economía y del Estado en Brasil. Esto se nota especialmente en materia laboral y en las pensiones. En este último aspecto, por ejemplo, los brasileños jubilan entre los 55 y los 60 años, mientras la reforma propuesta llevará las cifras a 65 años en el caso de los hombres y 62 en el de las mujeres; además se aumenta los años de cotización, lo que permitiría enfrentar el futuro con razonables posibilidades de éxito.

En fin, cualquiera sea la solución que se logre en el caso Temer, es evidente que las complejidades seguirán presentes y la solución deberá esperar algún tiempo. No cabe duda que para ello será necesario recuperar la legitimidad del sistema político, pero también el dinamismo del sistema económico. De lo contrario, en pocos meses Brasil volverá a tener problemas y la solución parcial sólo será un analgésico en un régimen que requiere cirugía mayor.

 

Alejandro San Francisco, historiador, columna publicada en El Imparcial, de España

 

 

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