Un nuevo ciclo político en Bolivia y también en nuestro país, abre espacios para la integración y para potenciar vínculos. Lograrlo pasa porque ambos pueblos y sus representantes ampliemos la mirada y comprendamos mejor nuestras mutuas realidades.
Publicado el 17.10.2014
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El domingo 12 de octubre se celebraron elecciones presidenciales en Bolivia. Existía consenso en que el Presidente Evo Morales lograría un holgado triunfo. El mandatario boliviano competía contra su propio registro y buscaba  superar la marca de su primera elección, donde obtuvo el 53,7% % de los votos, y la de su reelección, donde triunfó con el 64% del total de votos. Los resultados a la fecha con el 90,08% de los votos escrutados, después de un lento proceso de cómputos, le otorgan un cómodo triunfo, con el 59,88% de votos a su favor, cifra que está lejos de los pronósticos oficialistas y de las expectativas que el líder boliviano tenía en ésta, su tercera postulación.

Lo que sucede en Bolivia no le debería ser indiferente a Chile; como asimismo, el acontecer y dinámica de nuestro país debería importarle a Bolivia. Lamentablemente, nuestros vínculos nunca han sido intensos. Mayor distancia aún se ha producido con la unilateral e inamistosa demanda boliviana ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya, cuya competencia para conocer de la misma objetó Chile. Pareciera necesario que, tanto en Bolivia como en Chile, la ciudadanía, en general, y los sectores con capacidad de decisión pública y privada, en particular, incorporásemos mayor profundidad en nuestros análisis respecto a la contra parte.

En nuestro país existe una tendencia generalizada a visualizar a Bolivia como un actor de poca relevancia y con escasos nichos de interés. Estimo que esa mirada, a nivel público, privado y societario, es errónea. La vecindad del país altiplánico, su posición geopolítica como corazón del Cono Sur de América y la potencialidad de sus recursos energéticos marcan, por sí solos, la prioridad que debería tener el desarrollo de proyectos binacionales, que nunca se han concretado. Subsiste en Chile una visión que tiende a vincular todo acto inamistoso de las autoridades bolivianas a la necesidad que ellas tendrían de mantener el tema de su demanda marítima como arma para conquistar su electorado.

Esta realidad ha cambiado. El Presidente Morales –como quedó demostrado en las elecciones, donde incluso obtuvo un triunfo en Santa Cruz–, por una parte, basa su apoyo en el esquema de poder que ha construido y, por otra, en el logro de importantes niveles de cohesión, fundamentalmente obtenidos por la valoración que hacen los bolivianos de su modelo económico, social, comunitario y productivo con importantes efectos en la disminución de la pobreza. Bolivia, por primera vez en 66 años, salió de la situación de déficit fiscal, redujo la deuda externa, aumentó la inversión extranjera y, según la CEPAL, lidera el crecimiento económico en Sudamérica con una expansión de un 5,4% del PIB.

A su vez Bolivia, su pueblo y autoridades, menosprecian sentimientos nacionales muy arraigados en los chilenos, y la valoración e importancia que para nuestro país reviste el respeto a los tratados y la mantención de nuestros límites. En esa dimensión, pienso que autoridades y pueblo bolivianos tendrían que considerar en sus análisis y decisiones tres realidades que en Chile aparecen como muy claras. La primera es que nuestro país anhela un buen vínculo con Bolivia, y que históricamente ha cumplido con creces el tratado que definió la relación después de la guerra que nos enfrentó. La segunda, que su demanda marítima se visualiza en Chile sólo como un anhelo y no como un derecho. En tercer lugar, que en nuestra experiencia y forma de actuar como país los acuerdos se debaten bilateralmente, sin imposiciones pre establecidas por una de las partes, y que la fórmula única que plantea Bolivia –de exigir un acceso soberano al mar por territorio chileno– la rechaza más del 80% de nuestra población. Y este rechazo se exacerba cada vez que el Presidente Morales fustiga a Chile; una muletilla, por cierto, que no acerca posiciones entre ambos países.

Chile y Bolivia están llamados a integrarse y a potenciar sus vínculos. Un nuevo ciclo político en Bolivia y también en nuestro país, abre espacios para hacerlo. Lograrlo pasa porque ambos pueblos y sus representantes ampliemos la mirada y comprendamos mejor nuestras mutuas realidades.

A no dudar, la demanda interpuesta en La Haya por Bolivia, y la objeción planteada por Chile, poco espacio dejan para avanzar en un proceso de fortalecimiento de vínculos y tránsito hacia una relación vecinal distinta a la histórica. Sin embargo, entre tanto, es posible que en ambos países aspirásemos a comprendernos mejor. Para lograr un objetivo de esa naturaleza sería vital que, en la nueva etapa política que se iniciará en el país altiplánico, las autoridades bolivianas y especialmente el Presidente reelecto,  no sigan equivocando su camino al fomentar la animosidad contra un país como Chile que aspira a construir una relación propia de vecinos llamados a integrarse y complementarse en el marco de una relación de respeto mutuo.

 

Juan Emilio Cheyre, Ex Comandante en Jefe del Ejército y Director del Centro de Estudios Internacionales Universidad Católica (CEIUC).

 

 

 

FOTO: AFKA/AGENCIAUNO