Ignoran las malas sociologías que, en realidad, desde el comienzo de las investigaciones sobre bienestar subjetivo y objetivo en las sociedades capitalistas democráticas, allá por los años 1970, regularmente, y en diferentes países, se observa una mayor puntuación otorgada al bienestar privado que al bienestar público, al individual sobre el colectivo, al bien que uno percibe en sí mismo que aquel que uno estima para los demás.
Publicado el 26.07.2017
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En Chile ha vuelto a discutirse últimamente sobre la brecha que aparece en las encuestas entre el bienestar subjetivamente percibido a nivel individual y la percepción que los individuos tienen respecto del bienestar de los demás, el colectivo o la sociedad. La expresión sintética es: “Para mí, las cosas que me tocan e interesan están bien; para los demás las cosas están menos bien o mal”. Algunos sostienen, además, que por esta brecha — la cual podría ser desde una rendija hasta un abismo— se colarían o entrarían a raudales los malestares que sí serían —según dicen sus estudiosos— individuales y colectivos, subjetivos y objetivos, personales y omnipresentes.

Sin embargo, los analistas más atentos a estos complejos fenómenos del bienestar y los malestares proceden con mayor cautela en estas materias.

 

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De entrada, separan condiciones objetivas de vida —como condiciones personales de ingreso y salud, características del hogar y el vecindario, condiciones medioambientales, problemas de pobreza y marginalidad, o conflictos e inequidades— de la percepción subjetiva de bienestar, que puede ser positiva o negativa. El bienestar positivo conduce a satisfacciones y felicidad, y el negativo a preocupaciones, descontento y ansiedad. Todo esto, trátese de bienestar o malestares, proyectado sobre: (i) diversos dominios de la existencia, tales como el matrimonio, la familia, el trabajo, el ocio, los ingresos, la salud, la seguridad, el medio ambiente, la religión, etc.; (ii) problemas sociales percibidos, como pobreza, exclusión, conflictos y desigualdades; y (iii) expectativas respecto del futuro, que a su vez pueden ser optimistas o pesimistas.

Las condiciones objetivas son medidas por bienes y situaciones tangibles, circunstancias materiales, diagnósticos expertos, estadísticas e indicadores numéricos, registros administrativos, contabilidades financieras o de otros tipos, pobreza de ingreso o multidimensional, comparaciones entre personas y grupos, etc.

Desde este punto de vista, el Estado aparece como una gran máquina de ordenación, clasificación, numeración y control de esas condiciones objetivas. Cuenta con centenares de sistemas de información que miden todos los aspectos de la vida en sociedad, de manera cada vez más detallada y minuciosa, desde el nacimiento hasta la muerte. Registra las condiciones ambientales, los aprendizajes, las quiebras de empresas, la identidad de las personas, sus ingresos e impuestos, las habilidades de la población, los libros publicados anualmente, los permisos de expendio alcohólico, los divorcios, las infracciones del tránsito, las patentes de innovación, los pasajeros aéreos y terrestres, los visitantes del extranjero, los delitos y las sentencias.

El volumen de conocimiento útil en manos del Estado moderno y sus burocracias técnicas se encuentra en continua expansión. Siempre pronto para ser aplicado al control y disciplinamiento de la población, así como a la creación de dispositivos de clasificación y manipulación de las masas y los individuos. Es un poder sin duda enorme, tan eficaz como menos visible que el monopolio de la fuerza que detenta el Estado. Es el Leviatán letrado, numérico, contador y acumulador de datos e información.

 

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Por el contrario, el bienestar subjetivamente percibido por los individuos es apenas un reflejo interno de sus mundos de vida; un sentimiento, un momento de su conciencia. Este bienestar, difícil de definir, es percibido por las personas como un estado más o menos estable, sujeto a innumerables circunstancias externas. Puede ser, como dijimos, positivo, en el sentido que en Chile la gran mayoría de la gente, incluidos los jóvenes, declara sentirse satisfechos con su vida personal, felices y optimistas del futuro. O bien puede ser negativo y expresarse en malestares, angustias, frustración y rabia que, según un importante sector de analistas, habrían invadido hace dos décadas a la población.

Lo que suele no entenderse es que las mismas personas pueden tener un sentimiento positivo de bienestar subjetivo y, a la vez, tener sentimientos negativos o de preocupación y angustia respecto de su vida, presente o futura. ¿Quién no ha vivido esa ambivalencia en su propia experiencia? Por lo mismo, puede haber personas satisfechas, pero pesimistas; o bien personas insatisfechas, pero que igual tienen expectativas optimistas respecto de su propio futuro y el de sus hijos.

Tampoco parece claro a qué atribuir más importancia o significado: si a las percepciones subjetivas o a las condiciones objetivas de vida (o ambas), y entonces, en qué medida a cada una.

Parte importante de esta discusión se produce porque existe entre algunos la tendencia a oponer mejoras objetivas —como menor pobreza, mayores ingresos, más acceso a la educación, incremento del consumo familiar de bienes de consumo de diverso tipo, etc.— a malestares subjetivos. ¡Cómo si unos fueran incompatibles con los otros!

El supuesto sociológico de esta visión maniquea es rudimentario e infundado. Equivale a imaginar que modernización y bienestar material conducen inevitablemente a una mayor satisfacción con la vida. Y viceversa. Weber, Freud y las ciencias sociales contemporáneas no podrían haberse desarrollado ni existir a la luz de este supuesto.

Más bien, parece ser que la información sobre condiciones objetivas y subjetivas del bienestar de las personas y la sociedad ha pasado a ser parte del arsenal que poseen los adversarios en esta lucha político-ideológica. Por ejemplo, se supone que el progresismo debe descubrir malestares profundos tras cada señal de descontento, o queja, o reclamación o insatisfacción y, por ende, debe evaluar negativamente las circunstancias objetivas, diciendo, por ejemplo, “sí, algún progreso hay en esto o aquello, pero mucho más decisivas son las desigualdades”, o bien los mediocres niveles de las remuneraciones, o lo que sea que pinte un cuadro negativo que luego permita justificar la sensación de malestar y rabia atribuidos a la población.

El análisis sociológico pierde con este giro hacia un negativismo algo infantil, que desemboca en la absurda creencia de que el progresismo equivale a una suerte de mundo panglossiano al revés: vivimos siempre y necesariamente en el peor de los mundos posibles. Y, por ende, sólo cabría descartar cualquiera señal de bienestar subjetivo, de optimismo, de progreso en las condiciones objetivas o de positiva integración a la sociedad.

 

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Inciden además en todo esto otros prejuicios ideológicos. Por ejemplo, suele decirse que el bienestar subjetivo, referido a la esfera personal más próxima al mundo privado de las personas, en vez de ser una señal valiosa, sería un signo de individuación (individualista) y una manera de confirmar que las personas han sido alienadas por el consumismo y están desarmadas frente a las tentaciones del mercado. Se han privatizado.

La oposición tan habitual entre público-estatal y privado-mercantil forma parte de esa misma perspectiva sesgada para referirse a las satisfacciones que se obtienen en el hogar o en el mercado. En efecto, supone que los auténticos valores, agrados, optimismos y sentimientos de bienestar deberían estar asociados a bienes públicos; aquellos producidos por la polis y financiados por la renta nacional. Así, el real bienestar se encontraría siempre —sobre todo si es ético— fuera del mercado, o a espaldas de él, y por necesidad en situaciones de participación, solidaridad, ciudadanía, intercomunicación horizontal, fraternidad, comunión y reconocimiento público.

Ignoran las malas sociologías que, en realidad, desde el comienzo de las investigaciones sobre bienestar subjetivo y objetivo en las sociedades capitalistas democráticas, allá por los años 1970, regularmente, y en diferentes países, se observa una mayor puntuación otorgada al bienestar privado que al bienestar público, al individual sobre el colectivo, al bien que uno percibe en sí mismo que aquel que uno estima para los demás.

Esta brecha —que en Chile algunos atribuyen al estado “neoliberal” y “privatizado” de la sociedad— es, en verdad, una constante sociológica. Por ejemplo, una famosa encuesta llevada a cabo en Alemania Federal el año 1998, mostraba una puntuación sistemáticamente más alta otorgada a los dominios privados —matrimonio, familia, barrio, ocupación, estándar de vida, vivienda salud e ingreso del hogar— que a los dominios públicos como seguridad social, democracia, participación política, seguridad ciudadana y protección medioambiental. Súmese a esto la estabilidad de estas evaluaciones: en el caso alemán, los mismos resultados vienen desde 1978.

Algo similar puede decirse de la percepción que las personas tienen de su situación individual, en relación con la que se forman, agregadamente, sobre los demás. En todas partes, lo individual recibe una mejor nota que lo agregado: satisfacción con la vida personal versus satisfacción con la vida a nivel nacional; sentimiento de justicia personal con respecto a justicia en el país; evaluación de condiciones económicas personales frente a la situación económica a nivel nacional; percepción de conflictos vividos personalmente en relación con conflictividad social; satisfacción con seguridad personal respecto a agregados de barrio, comuna, región o país (Glatzer, 2008). En Chile, a estas dicotomías se suman otras, como la calidad de la educación que reciben los propios hijos versus la calidad de la educación en general, o la corrupción experimentada individualmente frente a la que se percibe en el agregado.

 

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En otra ocasión podría ser interesante ver cómo se sitúan los diferentes candidatos presidenciales y sus campañas frente a estas brechas y a los entrecruzados ejes que subyacen a ellas: personal/colectivo, individual/agregado, optimista/pesimista, presente/futuro, bienestar subjetivo/condiciones objetivas.

Desde ya puede decirse que ningún candidato, de derecha a izquierda, proclama un discurso dirigido a los profundos malestares, la rabia y la indignación de los electores. No hay llamamientos a la rebelión, a echar por la borda el “modelo” actual, a derribar las estructuras y a refundar el edificio. De existir algunas, son voces marginales. A largo del espectro ideológico, las variadas oposiciones igual que el continuismo oficialista parecieran reconocer, tácitamente, que hay importantes niveles de bienestar subjetivo y que, por ende, hay que hablar sin demasiado negativismo. Por el contrario, hay que transmitir el mensaje de “sí, se puede”, “es posible”, “volveremos a crecer”, “podemos más”, apelando al sentimiento generalizado de una sociedad que no está ni al borde del abismo ni dispuesta a saltar a él.

En cuanto a las condiciones objetivas, parece existir también un cierto consenso básico de que es imprescindible volver a crecer, cualesquiera sean los juicios sobre bienestar relativo, puesto que los avances logrados en todos los aspectos —desde la reducción de la pobreza y la desigualdad, hasta la universalización de la educación superior— requieren más inversión, mejor gestión y mayor productividad y eficiencia.

Al mismo tiempo, todos reconocen que la tarea de gobernar será en adelante más difícil y exigente. Deberían, por tanto, actuar con mayor seriedad y con una mejor capacidad de conducción. De hecho, los y las candidatas comienzan a hablar un mismo lenguaje: el de la gobernabilidad.

Señal (podría ser) de que vuelve a reinar una mirada más realista de la complejidad de la sociedad chilena y de sus enrevesados, múltiples y contradictorios niveles de bienestar y malestares.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

FOTO: JORGE FUICA/AGENCIAUNO

 

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