Es verdad que el marxismo fue un pensamiento que enfrentó vicisitudes y tuvo recepciones diversas, pero también es cierto que se convirtió en una verdadera religión secular en el siglo XX, y sin duda en una de las corrientes políticas más importantes de la historia de la Humanidad.
Publicado el 05.05.2018
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Este 5 de mayo se cumple el bicentenario del natalicio de Karl Marx (Tréveris, Alemania, 1818), sin duda uno de los políticos e intelectuales más influyentes en la historia de la Humanidad. Es verdad que en el siglo XXI resulta más difícil ponderar su relevancia, considerando varios factores: la derrota de los socialismos reales que encarnaron el marxismo histórico en el siglo XX; la preponderancia generalizada y globalizada de las economías de mercado; y tantos otros factores que distancian al mundo de hoy de aquel en el cual vivió Marx y de aquel que proyectó.

La influencia del pensador alemán fue notable en vida y en los años posteriores a su muerte. Como destaca Eric Hobsbawn en una introducción a una edición del Manifiesto Comunista (Barcelona, Editorial Crítica, 1998), ya antes de la Revolución Bolchevique de 1917 se habían publicado cientos de ediciones de esa obra, en más de treinta idiomas: “No es sorprendente que el mayor número de ediciones se hiciera en ruso (70), más 35 ediciones en las lenguas del imperio zarista: 11 en polaco, siete en yiddish, seis en finés, cinco en ucraniano, cuatro en georgiano, dos en armenio”. También había más de medio centenar de ediciones en alemán, más de treinta en inglés y más de veinte en francés; en español había solamente seis.

Al éxito editorial Marx se añadía durante la primera mitad del siglo XX la gloria de la victoria política, primero con la revolución rusa triunfante en 1917 y más tarde con la expansión de sus ideas a diversos lugares del mundo, la consolidación de otros regímenes comunistas en Europa después de la Segunda Guerra Mundial e incluso algunos éxitos resonantes en Asia y América Latina. El mundo marchaba en la dirección profetizada al final de la primera parte del Manifiesto Comunista: “Su hundimiento [de la burguesía] y el triunfo del proletariado son igualmente inevitables”. La historia comenzaba a darle la razón y, además, reflejaba una premisa fundamental: era necesario transformar la realidad y no simplemente comprenderla, como hacían los filósofos, según resumía Marx en sus Tesis sobre Feuerbach.

En los hechos, si analizamos su trayectoria, es difícil clasificar profesionalmente al autor del Manifiesto y del Capital, precisamente por su carácter polifacético y porque combinaba sus reflexiones más profundas con sus opiniones en la prensa y la actividad política, a través de la organización de los movimientos obreros en Europa y en circunstancias políticas específicas de mediados del siglo XIX.

De hecho, en la práctica, la historia del movimiento comunista en el siglo XX estuvo inspirada por el pensamiento y trabajo de Karl Marx y Friedich Engels, su amigo y sostenedor en las horas difíciles, incluso desde el punto de vista económico. Ambos aspiraban al derrocamiento del capitalismo y la burguesía, así como esperaban la creación de “una sociedad comunista de ámbito mundial”. Sus seguidores, en otros tiempos y lugares, volverían a sus escritos “del modo en que los cristianos examinaban la Biblia”, como afirma Robert Service en Camaradas. Breve historia del comunismo (Barcelona, Ediciones B, 2009).

Ya antes de la Revolución Bolchevique de 1917 se habían publicado cientos de ediciones del Manifiesto Comunista en más de treinta idiomas: 70 en ruso, 35 en las lenguas del imperio zarista, más de medio centenar en alemán, más de treinta en inglés y más de veinte en francés; en español había solamente seis”.

Quizá por eso mismo sus obras, y la interpretación de las mismas, fueran tan disputadas después de la muerte de Marx en 1883. De hecho, hubo quienes lo vieron como el autor de ciertas ideas de gran vigencia teórica, como la lucha de clases o la definición que tendría en la sociedad burguesa el enfrentamiento entre burgueses y proletarios, pero adaptando algunas de sus conclusiones. Esto llevó a Lenin a reivindicar la doctrina de Marx, considerada omnipotente por ser verdadera, y a descalificar a quienes consideraba los falsos intérpretes del marxismo por aceptar la transición pacífica al comunismo o por buscar la conciliación de clases, como expuso el líder de la Revolución Bolchevique en El Estado y la Revolución, libro escrito entre 1917 y 1918 (Madrid, Alianza Editorial, 2006). La revolución debía ser violenta y las clases eran irreconciliables, en el análisis del líder ruso.

La tendencia y el interés se mantendrían en las décadas siguientes, en las que el marxismo –en sus distintas variantes– pasó a ser una corriente dominante, difícil de eludir para muchos intelectuales, que también resultaba seductora para ambientes políticos europeos o latinoamericanos, y capaz de permear incluso a sectores de la Iglesia Católica. Es verdad, como señala Hobsbawn, que fue un pensamiento que enfrentó vicisitudes y tuvo recepciones diversas, pero también es cierto que se convirtió en una verdadera religión secular en el siglo XX, y sin duda en una de las corrientes políticas más importantes de la historia de la Humanidad. Razón suficiente para volver a Marx cada cierto tiempo, aunque hoy muchas de sus teorías parezcan anquilosadas o sus conclusiones erradas.

Cuando se piensa en las teorías de Karl Marx, muchos imaginan, como ha señalado  Jonathan Sperber en su completa biografía sobre el fundador del comunismo, “a un sabio barbudo pasando las horas enfrascado en gruesos tomos en el Museo Británico; pero por lo general las actividades intelectuales de Marx tenían que hacerse un hueco entre tareas que requerían mucho más tiempo: el activismo político de los emigrados, el periodismo, la Asociación Internacional de Trabajadores, evitar a los acreedores, y las enfermedades graves o mortales que afectaron a sus hijos y a su esposa, y después a él mismo” (Karl Marx, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2013). En efecto, su vida fue compleja e intensa, intelectualmente fascinante y en ocasiones contradictoria, con una personalidad difícil, aunque atractiva, una mentalidad bastante universal y que bebía de las filosofías y corrientes de su tiempo.

A dos siglos de su nacimiento, lejos de los homenajes y las execraciones, no cabe duda que conocer y comprender a Karl Marx parece una necesidad para acercarse a la historia intelectual y política del siglo XIX, pero también para la siempre apasionante trayectoria del siglo XX.

 

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica (columna publicada en El Imparcial, de España)