Debemos ser más optimistas sobre las decisiones que están tomando los jóvenes y acerca de los beneficios que traerán nuevos emprendimientos e innovaciones. Bienvenidas entonces sean todas las iniciativas que mejoran la calidad de vida de las personas.
Publicado el 28.04.2016
Comparte:

En un giro inesperado del debate entre Uber y los taxistas, Alfredo Enrione interviene a través de una columna en El Líbero para expresar su rechazo a la Uber-ización del trabajo, que en sus palabras, más allá de algunos chiches tecnológicos, nos lleva a estándares laborales del siglo XIX. Con respeto, y el ánimo de contribuir a esclarecer algunas de las cuestiones en juego, queremos en este artículo cuestionar fuertemente la tesis de Enrione que, a nuestro juicio, revela una inquietante falta de comprensión del funcionamiento de una economía moderna, además de un sustrato conceptual que no compartimos.

Pese a que él reconoce que estas plataformas, Uber, Cabify, Airbnb y otras poseen enormes ventajas competitivas, considera que desde el punto de vista social son un retroceso significativo.

Vale decir Enrione es partidario de que algo malo (el servicio que prestan los taxistas) prevalezca sobre algo bueno (el servicio que nos proporcionan estas nuevas empresas).

La razón para esta preferencia sería que los vínculos laborales tradicionales entre una empresa y sus trabajadores, en las que el autor reconoce un valor, estarían siendo desafiados por estas plataformas que más bien agrupan ofertas y demandas de trabajadores independientes y usuarios.

Esta es una peculiar forma de ver el valor que el trabajo tiene en nuestras vidas. El componente de gratificación que indudablemente posee el trabajo no puede estar presente si el servicio o producto de éste es de mala calidad y debemos sostenerlo con regulaciones que impidan que las personas accedan a otros servicios que les satisfacen más. No se trataría, entonces de trabajo bien hecho, algo que a todos nos gratifica y reconforta, sino mal hecho.

Su afirmación de que volveríamos a estándares laborales del siglo XIX es completamente aventurada, porque se sostiene en una suerte de determinismo que no reconoce la evolución de la sociedad y de las preferencias de las personas. Es indudable que con los estándares de exigencia social que existen hoy en Chile y otras partes del mundo no podríamos retroceder al siglo XIX.

Lo que sucede es que Enrione parece no entender que estamos en el siglo XXI. Las relaciones laborales o contractuales que los trabajadores exigen no son más precarias sino más avanzadas que las tradicionales que nuestro contradictor añora. ¿Cómo no va a ser más gratificante desde el punto de vista del conductor establecer su propio horario de trabajo y el lugar donde desempeñará sus funciones? ¿No es positivo para él acaso que pueda combinarlo con otras actividades? ¿Por qué la gente va a aceptar condiciones de trabajo peores en el contexto de una economía que crece y crea nuevas fuentes de trabajo?

Es que habitualmente las personas suelen decidir mejor que nadie lo que les conviene, aunque hay quienes no lo quieran ver.

Hay una segunda razón para discrepar de una postura anti-uberización. Ella implica negar espacios a la innovación. No habría progreso humano ni crecimiento si siempre estuviésemos protegiendo formas de vida o de organizar el trabajo por temor a los efectos que los cambios podrían traer sobre quienes hoy ejercen una actividad. El concepto de destrucción creativa del economista austríaco Joseph Schumpeter, un gran aporte a la comprensión de la economía moderna, trata justamente sobre eso. La humanidad avanza a través de innovaciones y tecnologías que son disruptivas pero traen a la vez enormes beneficios. Tratar de impedirlo es tapar el sol con un dedo y revela una suerte de corporativismo que protege y pone por encima de las personas a instituciones, que en definitiva son instrumentales a nuestros propósitos.

Piensen nada más que las compañías más importantes del mundo como Google, Facebook y el mismo Uber no existían hace 20 años atrás. Con el criterio de Enrione, la economía mundial estaría estancada. Y es precisamente una economía más dinámica la que brinda las mejores oportunidades de empleo a los trabajadores.

Esta visión romántica de una relación casi de por vida entre una empresa y sus trabajadores está completamente obsoleta. Primero, porque es ineficiente desde el punto de vista económico (Japón estuvo prácticamente dos décadas con crecimiento cero de la economía por su baja competitividad, después que en los setenta se hablaba con admiración del modelo japonés de relaciones laborales y se auguraba que Japón superaría a Estados Unidos como primera potencia mundial).

Pero más importante que eso, está obsoleta porque los jóvenes no quieren ese tipo de relación laboral. Informaciones recientes dan cuenta de que cerca del 40% de los trabajadores menores de 30 años cambian de trabajo cada cinco años. Los jóvenes quieren más autonomía para realizar sus proyectos personales, viajar, hacer labores de voluntariado. La antes ansiada “carrera laboral” es para muchos de ellos una restricción inaceptable a su libertad.

Hay que respetar esa forma de ver las cosas. Vivir para trabajar no parece ser el paradigma de hoy y ello da espacio para un desarrollo más integral de la persona. Debemos ser más optimistas sobre las decisiones que están tomando los jóvenes y acerca de los beneficios que traerán nuevos emprendimientos e innovaciones. Bienvenidas entonces sean todas las iniciativas que mejoran la calidad de vida de las personas.

 

Luis Larraín, Foro Líbero.

 

 

FOTO: JORGE FUICA/AGENCIAUNO

Ingresa tu correo para recibir la columna de Luis Larraín