No parece suficiente, como criterio de justicia, sustituir el criterio fundamental de la justicia social, a saber, la dignidad humana que todas las personas compartimos, por el mérito.
Publicado el 29.11.2014
Comparte:

La posición de quienes no formamos parte del vasto mundo del socialismo con sus múltiples derivados, ha consistido usualmente en sustituir el objetivo político de la igualdad, así, a secas, formulada de manera absoluta, por un concepto más propio del liberalismo norteamericano, que es el de la igualdad de oportunidades. Esta idea, más compleja y flexible, exige de todas maneras muchas precisiones y una revisión tan crítica como la que merece el tópico de la “igualdad de resultados”.

Entiendo por “igualdad de oportunidades” aquel criterio de justicia social que exige otorgarle a todas las personas las mismas posibilidades de acceso al bienestar social, es decir, consiste en aquella igualdad que pone a todas las personas en un mismo punto de partida para optar a los medios que sean funcionales al plan de vida que cada quien estime conveniente para su propia realización.

Lo anterior pareciera ser razonable, al menos para quienes consideran que es propio de una sociedad justa y libre que cada persona pueda desarrollarse del modo que ella misma considere bueno, sin depender de la decisión de agentes externos que restrinjan de tal forma las posibilidades que impidan tal desarrollo.

Con todo, no parece suficiente tal igualdad como criterio de justicia social, por cuanto supone que, dada la igualdad de oportunidades, podemos desentendernos de las desigualdades de resultados, pues, como la posición social quedaría anclada al “mérito”, las eventuales desigualdades resultantes serían el producto de un criterio “justo”, con lo que ellas serían, también, automáticamente justas. En efecto, lo que sostienen muchos al situar al mérito en la base, o si se quiere, en el límite entre lo justo y lo injusto de las posteriores desigualdades (entendiéndose mérito, usualmente, como una combinación de talento y esfuerzo individual), o como criterio de justicia, es sustituir el criterio fundamental de  la justicia social, a saber, la dignidad humana que todas las personas compartimos, por el mérito.

Entronizar al mérito como criterio moral, ocupando el lugar de la dignidad humana, es una operación que es, paradojalmente, injusta, porque desatiende la que debería ser la intención central detrás del diseño de políticas justas.

El problema de sustituir un criterio por otro que debería subordinársele se ve con claridad en este problema: si las desigualdades derivadas del “mérito” en una sociedad realmente “meritocrática” fueran muy grandes, la persona que quedara en la cara inferior de la desigualdad vería aún más oscurecida su dignidad que cuando resulta evidente que su situación desfavorable es injusta, porque en este caso todos los signos sociales le sugerirían que su inferioridad social se halla totalmente justificada, aun si ellas son gravosas para su dignidad. Así, poner al mérito como exclusivo criterio de lo justo tiene el riesgo de revestir como si fueran de justicia la inferioridad que puede ser el producto de la lotería de los talentos, lo que la transforma, aparentemente, en inferioridad moral.

Por eso no podemos descansar sólo en el mérito cuando hablamos de desigualdades, ya que aun cuando una persona haya desplegado todos los esfuerzos y talentos en orden a la consecución de un fin determinado, si ellos traen consigo un resultado que no concuerde con la dignidad de la persona, estaríamos avalando un criterio de justicia que no sólo no iguala en lo relevante (la igual dignidad de las personas), sino que le otorga justicia y razón a la consecuencial desigualdad.

Reconocer la igual dignidad de todas las personas exige mitigar toda desigualdad suficientemente alta como para oscurecer la igualdad moral entre las personas. Ello no exige una igualdad de resultados –que en muchos ámbitos es injusta por definición–, sino una sociedad que permita a sus integrantes compartir destinos y hacernos conscientes de que el bien de los demás es un requisito para nuestro propio bien.

En consecuencia, al promover la igualdad de oportunidades debemos sincerar qué buscamos resguardar con políticas que busquen alcanzar una mayor igualdad tal. Y acompañar a tal promoción con todo aquello que sea necesario para que la sociedad sea realmente libre.

 

Cristián Stewart, Construye Sociedad.

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO