El estallido de los padres contra la reforma educacional es un chispazo que la Alianza debe alimentar.
Publicado el 08.09.2014
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Los padres chilenos han hecho sentir su rechazo a una reforma que sólo les restringirá las opciones y que, hasta ahora, no tiene indicios algunos de mejorar la calidad de la educación de sus niños. Con una fuerza que no se veía desde el movimiento estudiantil de 2011, actores de la sociedad civil irrumpieron en la agenda política imponiendo sus propias prioridades y reclamos. Al igual que en esa ocasión, hay un cierto vértigo de algunos en subirse a ese carro sin más reflexión que la necesidad de sumarse a una causa popular.

Sí, es cierto que los padres han sintonizado con las ideas de la libertad y están aplaudiendo a los parlamentarios de la alianza en las asambleas sobre reforma educacional.

Y sí, es importante representarlos porque lo que están pidiendo es lo correcto: mantener las opciones educativas sin entregarle al Estado el monopolio en los años claves de la formación. Pero cuidado; aferrarse a eso como una tabla única de salvación puede ser un arma de doble filo.

La ahora Nueva Mayoría (entonces Concertación) se encandiló con el movimiento estudiantil y decidió que su petitorio representaba lo que los hogares chilenos querían; en pocas palabras, asumió que lo que se gritaba en las calles era lo que desvelaba a las familias. Y, acorde con eso, diseñó un programa y reformas estructurales en casi todas las áreas. Las últimas encuestas de opinión y la creciente oposición a los proyectos que han mandado al Congreso han demostrado, en sólo seis meses de gobierno, que fue un error extrapolar las marchas a los hogares.

Una cosa era que las familias de clase media estuvieran acogotadas con el costo financiero de mandar a sus hijos a la universidad, y una muy diferente era de ahí saltar a nacionalizar el cobre y terminar con la educación particular subvencionada.

Por algo los dirigentes estudiantiles que fueron electos al parlamento, lejos de ser los grandes líderes que llevan la agenda, hoy tienen fuerte rechazo en las encuestas y parecen más comparsas de La Moneda que garantes de las reformas.

Así, la tentación de ahora pensar que los padres serán fieles seguidores e imanes de voto parece, al menos, arriesgada, y diseñar el futuro de la Alianza en base exclusivamente a la llamada “oposición social” supone para la derecha una vez más hipotecar el largo plazo en base a un escenario puntual. Nada hace pensar que el anhelo de calidad y libertad que hoy muestran estos movimientos educacionales se traduzca mañana en una adhesión a la Alianza o sus potenciales candidatos presidenciales.

Más bien, lo que se debería leer es que hay espacios para defender una agenda de libertades en Chile, pero que queda por mucho por conquistar, por convencer, por sumar. El estallido de los padres es un chispazo que hay que alimentar con rigor y pasión. Y tal como es una oportunidad, es un riesgo. El de marearse y olvidarse que lo que falta para salir del trance hoy son principalmente tres cosas: convicción para armar una propuesta al país que bajo nuestros  principios responda a las nuevas necesidades del país, comunicar bien nuestro sentido de justicia, distinto al de aquellos que la identifican con la igualdad y realizar, por último, un sistemático trabajo en terreno de cara a elecciones que tienen el desafío del voto voluntario.  

Hoy lunes, siete think tanks de la centroderecha reúnen en la sede de Santiago del Congreso Nacional a un grupo de intelectuales del sector para debatir hacia dónde va el sector y cómo reconstruirse después de la derrota electoral de diciembre. En ese encuentro, muy probablemente la llamada oposición social pasará de boca en boca, como una suerte de bala de plata para el sector. Es de esperar que sea vista como una punta de lanza, más que como la única estrategia para que la derecha enfrente las municipales del próximo año y las elecciones de 2018.

 

FOTO:MARIBEL FORNEROD/ AGENCIAUNO