La realidad es que el gobierno que ella ha liderado, aunque más moderado que otros de la región, ha abonado el terreno para la ideología y la demagogia en nuestro país acercándonos peligrosamente a la desastrosa ruta que han seguido otras naciones latinoamericanas que han caído en el engaño populista.
Publicado el 07.07.2016
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El reciente libro El engaño populista, que escribí junto a Gloria Álvarez, ha generado controversia por afirmar que la Presidenta Michelle Bachelet sigue la tradición populista de la izquierda latinoamericana. Su foto figura en la portada junto a personajes como Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Lula Da Silva, Fidel Castro, Cristina Kirchner y Pablo Iglesias. ¿Merece la Presidenta ser situada en ese lote?

Partamos diciendo que el libro hace las diferencias que corresponden y por cierto no pone a Bachelet al nivel de los demás. Pero la pregunta relevante no es si Bachelet es igual de populista que Chávez o Morales, sino si corresponde calificarla como una líder populista de izquierdas o no. Eso es lo decisivo para definir si pertenece al grupo mencionado. Veamos. El gobierno de la Nueva Mayoría entró con una agenda radical socialista que se proponía refundar totalmente el país con el fin de terminar con el “modelo neoliberal” y crear “otro modelo”.

La metáfora de la retroexcavadora que usó el senador Jaime Quintana, aunque polémica, evidentemente reflejó el espíritu del gobierno encabezado por Bachelet. La refundación se planteó con una retórica polarizante en que se dividía a la sociedad entre abusados y abusadores donde los “poderosos de siempre” supuestamente eran los únicos beneficiados del sistema “neoliberal” acusado de crear desigualdad y todo tipo de males sociales. Además, el gobierno prometió todo tipo de beneficios demagógicos que muchos advertimos no iba a ser capaz de cumplir.

Hoy Chile tiene su mayor deuda pública en décadas producto de la irresponsabilidad fiscal del gobierno sin mencionar los niveles de inversión más bajos desde la Unidad Popular. Por si todo lo anterior no bastara para hablar del populismo de este gobierno, la Presidenta abrió las puertas a la creación de una nueva Constitución que se ha presentado como la panacea para todos los males nacionales.  Al comienzo incluso dejó abiertas las puertas a una asamblea constituyente, lo que representaba un quiebre institucional al buscar reemplazar la carta actual por mecanismos no contemplados en ella misma, cuestión ya vista en otros países de América Latina. Resulta increíble que frente a toda esta evidencia haya personas que dudan sobre si corresponde calificar a Bachelet como populista. Más bien ellos deberían explicar por qué la Presidenta no es populista.

Ciertamente se trata de una líder más compuesta y contenida que otros de la región, pero eso no significa que no haya abierto las puertas a la lógica que vemos en otros países. Cuando José De Gregorio señala que en Chile el terreno está fértil para el populismo y las malas políticas públicas no está haciendo una afirmación puramente teórica, sino obviamente refiriéndose a un clima que en buena medida ha creado el actual gobierno. Por supuesto, como hemos dicho, no es comparable Bachelet con Chávez, pero tampoco es comparable Chávez con Lula ni con Morales y nadie duda de que todos ellos son populistas. La cuestión es de grados y todos debemos preguntarnos dónde terminaría Chile con unos diez años de gobierno de la Nueva Mayoría liderado por Bachelet.

Ahora bien, se suele decir que la actual administración tuvo un mal diagnóstico sobre lo que los chilenos querían y que por eso implementó un proceso de cambios tan radical. Me parece que esto es falso. La agenda de este gobierno es ideológica y está dispuesto a llevarla adelante cualquiera sea el costo que haya que pagar. Si hubiera sido un honesto error de diagnóstico, a estas alturas, con la popularidad de las reformas y de la Presidenta en el suelo, hace rato debieran haber reconocido el error y enmendado el rumbo. Pero siguen adelante precisamente porque la agenda es ideológica y demagógica, nada más. En realidad los que se equivocaron de diagnóstico fueron los demás que no han entendido hasta ahora de qué se trata el gobierno de la Nueva Mayoría y qué es lo que realmente este se propuso.

Tampoco entienden bien a Bachelet porque no la toman en serio e intentan atribuir todos estos problemas a sus asesores cuando la que abrió la puerta a la izquierda más dura fue ella. Ella es la Presidenta y la responsable del programa de gobierno. A muchos en nuestro país les cuesta decir las cosas como son y le bajan el perfil a cualquier análisis que no consideren moderado, como si la moderación y la verdad fueran sinónimos. Y la verdad es que Bachelet es una líder con ideas claras, con una ideología que la inspira y que está dispuesta a sacarla adelante aunque deba asumir un gran costo por ello. Por eso debemos tomarla en serio cuando dice que “con Salvador Allende compartimos los mismos desafíos en el sentido de cómo construir un país sin injusticias, sin desigualdades” y cuando en la misma línea agrega que la “profunda desigualdad de América Latina” es un “empeño que debemos abordar como lo hubiera hecho Allende: construyendo mayorías sociales para profundizar la democracia”.

También debemos creerle a la Presidenta cuando afirma que Hugo Chávez fue “un gran amigo” y que   destaca “su más profundo amor por el pueblo venezolano y los desafíos de nuestra región de erradicar la pobreza y su profundo amor por América Latina”. No podemos dudar tampoco de su honestidad y admiración por el sistema comunista cuando declara que “mi primer hijo nació estando yo en el exilio en la RDA y por tanto tuve ahí todas las condiciones de salud, de nutrición y apoyo que me permitieron estudiar y tener un hijo en sala cuna”, añadiendo que “yo me traje ese modelo en mi cabeza… me ayudó a avanzar, a seguir desarrollándome…”. La admiración de Bachelet por el sistema comunista ya sería dejada en evidencia en su primer gobierno cuando abandonó súbitamente una reunión sonriendo con evidente alegría para reunirse con Fidel Castro. El dictador cubano recordaría después en una columna la calurosa reunión con Bachelet destacando el homenaje rendido por la Presidenta a los héroes de la revolución cubana.

En fin, no podemos dejar de tomar en serio las palabras de la Presidenta cuando afirma que “el Partido Comunista ha sido determinante para la construcción de la Nueva Mayoría, su programa y buena marcha de gobierno”, reconociendo que “su solidez y compromiso de sus militantes han sido un puntal para hacer avanzar las reformas que nos exigen estos tiempos”. No corresponde, por último, dudar de sus lealtades cuando declara que Dilma Rousseff, es “una mujer seria, honesta y responsable que está haciendo lo mejor posible por Brasil”. ¿Realmente creen muchos de quienes la defienden diciendo que nada tiene que ver con los populistas de la región que todo lo anterior no dice algo acerca de la ideología de la Presidenta? ¿Con qué base afirman que su programa de gobierno no se mueve por un socialismo duro que ella comparte? ¿Piensan sinceramente que es víctima de sus asesores ideologizados y que ella es una moderada socialdemócrata? Si es así, entonces no la toman en serio.  La realidad es que el gobierno que ella ha liderado, aunque más moderado que otros de la región, ha abonado el terreno para la ideología y la demagogia en nuestro país, acercándonos peligrosamente a la desastrosa ruta que han seguido otras naciones latinoamericanas que han caído en el engaño populista.

Axel Kaiser, Director Ejecutivo Fundación para el Progreso.