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El escándalo de especulación inmobiliaria que involucra a su nuera y a su hijo se ha convertido en un virus contra el que no parece haber cura.
Publicado el 19.01.2016
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Casi un año después de que se conociera el negocio de especulación inmobiliaria que puso a Caval en el centro del foco público, el gobierno de la Presidenta Bachelet sigue siendo incapaz de liberarse del escándalo. El escándalo Caval rompió el vínculo que la Presidenta Bachelet había construido con un segmento mayoritario del electorado. Por más escandalosas que sean, las secuelas del escándalo que hoy capturan los titulares de las noticias no son comparables al daño que produjo la revelación de que la candidata que prometió combatir el abuso y el lucro con fondos públicos fue incapaz de tomar una postura condenatoria cuando los que lucraban y aprovechaban su posición de privilegio eran de su propia familia.

Porque el escándalo Caval le pegó a la línea de flotación de la credibilidad de la Presidenta Bachelet, todas las estrategias que el gobierno ha puesto en acción para superar la crisis han sido inútiles. En tanto la Mandataria nunca estuvo dispuesta a condenar públicamente los negociados de su nuera e hijo, el daño a la credibilidad e imagen de Bachelet como una mujer cabal que pensaba lo que decía y decía lo que pensaba se hizo irreversible. Aunque la aprobación presidencial vuelva a recuperarse -después de todo es esperable que el apoyo a un presidente saliente mejore cuando se termina el período de gobierno- el aura de incuestionable liderazgo y la altura moral que rodeaban a Bachelet desaparecieron.

Si en 2013, Bachelet volvió rodeada de una sensación de invencibilidad -a la que ella misma contribuyó realizando promesas desmedidas y arrogándose el poder de dirimir conflictos en su coalición (“el queque lo corto yo”), después de Caval, Bachelet no ha podido desligarse del aire de derrota, resignación, renuncia y desencanto. Es verdad que han habido otros errores (como la mal diseñada reforma tributaria, que hay que hacer de nuevo), que la situación económica internacional se ha tornado desfavorable y que abundan los conflictos al interior de la coalición de gobierno. Pero todos esos problemas o bien se han hecho patentes ahora que la Presidenta ha perdido su aura de invulnerabilidad o bien se han magnificado por la debilidad en su liderazgo.

Las razones que ahora se dan para justificar reformar la reforma tributaria ya eran públicamente conocidos cuando se promulgó la reforma. Las advertencias de los expertos fueron entonces desoídas por los legisladores oficialistas y de la oposición porque la fuerza con que Bachelet empujaba una reforma tributaria que aumentara los ingresos del fisco era incontrarrestable. Incluso los legisladores de derecha, que simplemente pudieron haberse opuesto a la reforma alegando que no podían dar sus votos a una mala reforma, terminaron subiéndose a la micro de la reforma -con la pobre excusa de que habían ayudado a que la reforma fuera menos mala-. Entonces, Bachelet gozaba del apoyo de la gente y las reformas que ella promovía representaban el sentir de la gente.

Qué duda cabe que la situación económica es desfavorable para Chile, América Latina y todos los países exportadores de materias primas. Pero cuando arrecia la tormenta y el piloto está preocupado de cualquier cosa menos de guiar la nave, se multiplican los efectos negativos de la tormenta. Cuando golpeó la crisis de 2008, Bachelet salió fortalecida, porque los chilenos vieron que el gobierno estaba preparado y que La Moneda tenía el control de la situación. Ahora, en cambio, la gente se pregunta dónde está el piloto.

Las diferencias al interior de la Nueva Mayoría no son nada nuevo. Ya eran evidentes durante la campaña de 2013. Pero entonces nadie quería aparecer alejado de la Mandataria. Los que discrepaban con cuestiones esenciales del programa -como el PDC respecto a la reforma educacional, reforma laboral y nueva Constitución- preferían esconder y minimizar sus diferencias. Bachelet entonces era como el Rey Midas. Lo que ella tocaba se transformaba en votos y popularidad. Si bien el rechazo al gobierno comenzó a aumentar a fines de 2014 -y Bachelet empezó 2015 con un poco más de desaprobación que de aprobación- antes de que estallara Caval, Bachelet estaba en control, su presencia generaba respeto y su liderazgo todavía era capaz de disciplinar a su coalición.

Después de Caval, en cambio, Bachelet ha perdido el rumbo, el liderazgo y, podría decirse, incluso las ganas de ejercer poder. El escándalo de especulación inmobiliaria que involucra a su nuera y a su hijo se ha convertido en un virus contra el que no parece haber cura. Por eso, los últimos sucesos asociados a ese escándalo -incluida la próxima formalización de la nuera de Bachelet y las revelaciones sobre los servicios que prestó Ana Lya Uriarte, la jefa de gabinete de Bachelet, a la empresa Caval- no pueden sino ser entendidos como meros síntomas de una enfermedad que hace un año tiene a La Moneda en la sala de emergencias, estable en su gravedad, y sin señales de recuperación.

 

Patricio Navia, Foro Líbero y académico Escuela de Ciencia Política UDP.

 

FOTO: ANTONIO ALONSO/AGENCIAUNO