Como la Presidenta ha demostrado que es mamá antes que Presidenta, Peñailillo probablemente perderá cercanía con Bachelet si doblega al primogénito. Aunque sepa que Peñailillo tiene razón, Bachelet igual quedará dolida al ver cómo ha sido humillado su hijo.
Publicado el 13.02.2015
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Además de afectar la credibilidad del gobierno en su dimensión más simbólica —la igualdad de oportunidades y la lucha contra la desigualdad—, el escándalo del “nueragate” evidencia preocupantes falencias tácticas en el manejo de crisis del gobierno. La estrategia oficialista de desmarcarse de Sebastián Dávalos para proteger a la Presidenta Bachelet parece ignorar que Dávalos es hijo de Bachelet y que su involucramiento en el gobierno se produjo porque Bachelet desoyó el consejo de sus aliados. Porque Dávalos es Bachelet, la estrategia de desmarque no ayudará a solucionar la crisis.

Desde que estallara la crisis hace una semana, el gobierno solo ha echado leña al fuego. A diferencia del subsecretario de Hacienda Alejandro Micco, quien se adelantó en fustigar el acceso privilegiado que utilizó Dávalos para ayudar a la empresa de su esposa, el gobierno inicialmente apostó a que el poco interés que despierta la política en febrero anularía el impacto negativo de la revelación hecha por el semanario Qué Pasa. Cuando salió información adicional que implicaba personalmente a Andrónico Luksic en la aprobación del préstamo a la nuera de la Presidenta, y luego cuando se supo que el propio hijo de Bachelet había participado de esa inusual reunión entre uno de los empresarios más poderosos de Chile y una PYME sin capital pero con muchas conexiones, el gobierno cambió de estrategia. Como la Presidenta está de vacaciones, su ministro del Interior intentó marcar diferencias entre el gobierno y “el señor Dávalos” (como se refirió Rodrigo Peñailillo, en sus primeras declaraciones, al hijo de la Presidenta).

Las revelaciones posteriores respecto a la difícil relación entre Peñailillo, el ministro favorito de la Presidenta, y Dávalos, el hijo primogénito de Bachelet y padre de los únicos nietos de la Mandataria, alimentaron todo tipo de especulaciones. El solo hecho de que Dávalos se refiera a Peñailillo como “el galán rural” evidencia la tensión entre el hijo biológico y el hijo político adoptivo de Bachelet. Mientras el primero ha demostrado reiteradas veces sus pocas habilidades políticas y ha tenido cero cuidado en evitar complicar o avergonzar a su madre, el hijo adoptivo se ha esmerado en evitar que la Presidenta se vea salpicada por escándalos y polémicas que se generan al interior del gobierno. Mientras Dávalos actúa con la displicencia del que se sabe favorito, Peñailillo demuestra esa inquebrantable lealtad del que se cree afortunado por haber sido adoptado.

Como la crisis ha escalado y amenaza con dejar en un segundo plano el escándalo Penta —que tanto le ha facilitado la vida al gobierno y tantos dolores de cabeza le ha dado a la oposición—, el ministro del Interior optó por pasarle la pelota a Dávalos, poniéndole presión al hijo de la Presidenta para que dé explicaciones.  Como Dávalos ha rehuido dar la cara para responder las legítimas preguntas que existen sobre cómo se involucró en el negocio, cómo se produjo la participación de Luksic y qué tanto sabía su madre sobre los negocios de su esposa Natalia Compagnon, Peñailillo tomó un riesgo mayor. Poniendo en riesgo la cercanía que posee con la Presidenta, el ministro del Interior decidió que la mejor forma de proteger a Bachelet era aumentando la presión sobre Dávalos.

Hasta ahora, Dávalos no ha acusado el golpe. Mientras Peñailillo presiona desde La Moneda, el primogénito de Bachelet pasa sus vacaciones junto a la Presidenta. Si Dávalos continúa ignorando a Peñailillo —o si Bachelet decide intervenir para poner paños fríos y evitar que escale la pelea entre sus hijos primogénito y adoptivo—, el ministro del Interior saldrá profundamente debilitado. Si el hijo de Bachelet logra convencer a su madre y se empecina en contravenir al titular de Interior, Peñailillo difícilmente podrá seguir ejerciendo autoridad en el gobierno. Si en cambio Peñailillo se impone y logra que Dávalos dé la cara, el jefe de gabinete se habrá anotado un tremendo gol político a costa de humillar al primogénito de Bachelet. Como la Presidenta ha demostrado que es mamá antes que Presidenta, Peñailillo probablemente perderá cercanía con Bachelet si doblega al primogénito. Aunque sepa que Peñailillo tiene razón, Bachelet igual quedará dolida al ver cómo ha sido humillado su hijo.

De cualquier forma, la jugada de Peñailillo tampoco soluciona el problema. Es cierto que, por lo pronto, le ha quitado algo de presión al gobierno al centrar los cuestionamientos sobre el nueragate en Sebastián Dávalos. Pero como Sebastián Dávalos es el hijo de Bachelet —y su participación en política se debe a su cercanía con la Presidenta—, esta movida es un boomerang que mucho más temprano que tarde retornará al punto de inicio para golpear la credibilidad tanto de Dávalos Bachelet como la de la propia Bachelet. Porque un escándalo que involucre a Dávalos Bachelet está irremediablemente asociado su madre, resulta inútil tratar de focalizar el escándalo sólo en el hijo de la Presidenta.

 

Patricio Navia, Foro Líbero.

 

 

FOTO: SEBASTIÁN RODRÍGUEZ/AGENCIAUNO

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