El Presidente Aylwin entendió como pocos que la política es, esencialmente, lo posible, lo real, lo alcanzable. Que, además, los tiempos, las circunstancias y los actores que la rodean no son accesorios, sino determinantes en el curso de las decisiones. Y que, si las ideas jamás estarán por encima de la voluntad de las personas, ningún propósito admite el sacrificio de la dignidad humana.
Publicado el 22.04.2016
Comparte:

Como toda su generación, Patricio Aylwin Azócar llegó a la Presidencia de Chile cargando sobre su memoria el fracaso inevitable de la democracia. No era la memoria de un ciudadano cualquiera, sino la de quien, al momento del quiebre, presidía la Democracia Cristiana -la misma DC que con su voto en el Senado permitió a Salvador Allende acceder al poder en 1970-, la memoria de uno de los rostros emblemáticos de la oposición al gobierno de la Unidad Popular.

Probablemente por todas esas razones, el Presidente Aylwin entendió como pocos que la política es, esencialmente, lo posible, lo real, lo alcanzable. Que, además, los tiempos, las circunstancias y los actores que la rodean no son accesorios, sino determinantes en el curso de las decisiones. Y que, si las ideas jamás estarán por encima de la voluntad de las personas, ningún propósito admite el sacrificio de la dignidad humana.

Lo posible fue, primero, aceptar las reglas que imponía la Constitución de 1980, para someter a plebiscito la continuidad del gobierno militar y jugársela por el NO en 1988. No era una decisión política más: en Mi vida”, el Presidente Lagos explica insistentemente cuán complejo fue optar por un camino que los sometía a lo que, para muchos, era un acto de humillación.

Lo posible fue en 1989 encarnar una candidatura presidencial para que ganara“la gente”, un relato desconcertante, porque buscaba no un triunfo para la DC, ni para la Concertación o para la revancha de 17 años, sino para el Chile de los demócratas (desde la izquierda a la derecha), frente al Chile totalitario (de izquierda y derecha).

Lo posible para Patricio Aylwin, cuando cruzó las puertas de La Moneda el 11 de marzo de 1990, era garantizar instituciones y una economía con las mismas reglas del mundo libre, al que nuestro país aspiraba a reinsertarse, para demostrar que en democracia su gobierno tendría la capacidad de derrotar la pobreza y progresar, al mismo tiempo. Le pareció, entonces, que lo alcanzable para Chile era consolidar su democracia buscando grandes acuerdos y preferir las huellas en una postergada unidad nacional, que cosechar pequeños triunfos en la confrontación.

Y, desde luego, el más emblemático de sus posibles: justicia en la medida de lo posible, una decisión que para la mirada mezquina, con la voz acusadora de los implacables de siempre es, hasta hoy, un signo de cobardía, pero para la inmensa mayoría de los chilenos y para la historia, es la expresión valiente de la prudencia, uno de los valores más apreciados de la democracia.

Cuando los chilenos llevamos ya algunos años ahogados por las banderas de los“imposibles”, convertidos desde marzo de 2014 en verdades incuestionables, que el sentido común y la evidencia no han podido derribar, el clima de respeto de las últimas 72 horas y el recuerdo de tantos hechos que parecían borrados de la memoria histórica, han sido un regalo que nuestra patria estaba necesitando.

Mi modesto homenaje para el Presidente Patricio Aylwin, a quien no respaldé en 1989 con mi voto, es mi agradecimiento por servir a Chile con amor y compromiso; y por conducir uno de los momentos más cruciales de nuestra existencia como nación, buscando siempre lo mejor para sus compatriotas, lo alcanzable, lo posible.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

 

Ingresa tu correo para recibir la columna de Isabel Plá