En momentos en que se inicia un proceso constituyente -tendencioso y desprolijo hasta el momento-, las ideas de don Patricio Aylwin: la búsqueda de acuerdos, respeto por el adversario y una lógica de armonía social de la familia chilena constituyen un importante aporte al proceso que recién parte.
Publicado el 20.04.2016
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Ayer martes, a los 97 años de edad, falleció don Patricio Aylwin Azócar, ex Presidente de la República. Durante tres días el país estará en duelo nacional, las banderas a media asta y tendremos la oportunidad de recordar el aporte y legado de uno de los principales referentes de la historia política del país.

La primera vez que vi a don Patricio fue en los pasillos del Instituto Nacional. Él se encontraba de visita en el colegio en que había hecho clases en su juventud y, si bien no estudió en el Instituto, siempre fue considerado un “institutano”. La segunda vez fue a propósito de una conversación sobre los jóvenes y la política que tuvimos en su casa.

En esta conversación hablamos sobre su vida en San Bernardo, su formación profesional como abogado, su trabajo como profesor de Educación Cívica en el Instituto Nacional, su vida partidaria, su trabajo parlamentario y su presidencia.

Patricio Aylwin fue uno de los protagonistas de nuestra historia reciente. Uno de los principales opositores de la Unidad Popular, apoyó la intervención militar del 11 de septiembre de 1973, se transformó en opositor del gobierno de Pinochet y terminó asumiendo como Presidente de la República el 11 de marzo de 1990, dando inicio a uno de los más ejemplares proceso de transición en el mundo.

Hoy no es el momento de realizar un análisis crítico de su vida política o de su contribución histórica. Esa es una tarea para los próximos meses y años, y que debe ser asumida en parte importante por los historiadores. Por el contrario, es momento de rendir homenaje a una de las más importantes personalidades políticas del país.

Su figura se eleva, cada día más, en la medida en que el clima político del país se empobrece. Frente a un ambiente de división, de conflicto y lucha, frente a una lógica de vencedores y vencidos (ya sea por la vía armada o por medios electorales) el llamado a la unidad nacional de don Patricio resuena aún más fuerte.

Un momento memorable es el que tiene lugar en la celebración en el Estadio Nacional el día en que asume la Presidencia de la República. En medio de su discurso, el Presidente llama a vivir en unidad a todos los chilenos, con independencia de sus creencias, ideas, actividades o condición social. Sin embargo, su llamado al entendimiento entre “civiles y militares” es respondido con fuertes abucheos en todo el estadio. En ese momento, don Patricio, elevando la voz, le responde a las decenas de miles de personas en el público “sí señores, sí compatriotas, civiles y militares, Chile es uno solo”. El Nacional lo aplaude y termina llamando a reconstruir la unidad de la familia chilena.

Las generaciones más jóvenes no fuimos testigos de su trabajo, pero sí beneficiarios de su labor por recuperar esa armonía política y social perdida. Es igualmente de emotivo para las generaciones que lo vieron en vivo y en directo, como para aquellas que lo hacemos por YouTube. En la misma línea, libros como “El poder de la paradoja” -la entrevista que Margarita Serrano y Ascanio Cavallo realizaron al ex Presidente- significan un aporte importante para conocer su figura.

Esa promoción de la unidad se manifestó concretamente en una política de acuerdos. El primero de ellos al interior de una coalición de centroizquierda, en palabras del ex Presidente: la unidad entre la izquierda socialista democrática, la Democracia Cristiana y sectores de la socialdemocracia. Un segundo acuerdo tiene que ver con las negociaciones con el Gobierno Militar para aprobar las reformas a la Constitución Política de 1980 y que se manifestó a través de un apoyo político transversal en el plebiscito que modificó la Constitución en 1989. Todo esto permitió que la transición tuviera lugar y llegara a buen término

Por desgracia, parte importante de la izquierda hoy reniega de estos esfuerzos. Se avergüenzan de la forma en que se desarrolló la transición, se arrepienten de no haber sido más duros y lamentan haber contribuido a mantener el sistema económico y social de sus opositores, aun cuando éste haya contribuido como ningún otro a que los chilenos superen la pobreza y vivan mejor.

Por último, la vida política de los países requiere del ejemplo, testimonio y liderazgo de hombres como Patricio Aylwin. No por nada Cicerón hacía suyas las palabras del poeta Ennio, que sostenía que la “república romana se basa en la moralidad tradicional de sus hombres”. Es esa mores maiorum, la costumbre de los ancestros, la que tanto influye para una vida en comunidad más íntegra.

En momentos en que se inicia un proceso constituyente -tendencioso y desprolijo hasta el momento-, las ideas de don Patricio Aylwin: la búsqueda de acuerdos, respeto por el adversario y una lógica de armonía social de la familia chilena constituyen un importante aporte al proceso que recién parte.

Aunque a muchos en la izquierda les duela –no por nada, sectores más extremos lo han atacado con una virulencia pocas veces vista-, las imágenes, los videos, las columnas y entrevistas que saldrán sobre don Patricio pueden terminar como un verdadero spot constituyente, aunque lejos de lo que la izquierda hoy promueve.

 

Julio Isamit, Coordinador General Republicanos.

 

 

FOTO: SANDRO BAEZA/AGENCIAUNO.

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