Para Francisco y el cristianismo en general el desarrollo supone un progreso integral, no sólo en términos materiales, y eso tiene sus consecuencias. Desde luego, todo esto admite discusión, pero ella supone intentar comprender el argumento contrario y no segmentarlo a priori.
Publicado el 09.01.2018
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Se anuncian varias publicaciones con motivo de la próxima visita del Papa Francisco: una versión especial de Humanitas, con aportes de Lagos y Brunner; una nueva reedición de Pedro Morandé; y sendos libros de Fernando Chomalí y Axel Kaiser. Esto último quizás sea lo más llamativo, pues hasta ahora Kaiser no se ha caracterizado por tomarse muy en serio los escritos de Bergoglio. Es sabido que Francisco ocupa un lenguaje flexible y espontáneo, y ciertamente puede admitir críticas legítimas, pero tanto en El engaño populista como en una comentada columna mercurial Kaiser parte sobre la base de una curiosa selección de textos, omitiendo aspectos relevantes.

Así, Kaiser ha denunciado que el Papa critica de manera simplista la “teoría del chorreo”, bajo el mero entendido de que el sistema capitalista ha hecho ricos a unos en perjuicio de otros, sin más. Pero lo que Francisco cuestiona en Evangelii Gaudium (EG) son aquellas teorías “que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo” (N.54). La diferencia entre ambas afirmaciones es importante. Después de todo, tanto a nivel conceptual como empírico-institucional hay diversas modalidades de capitalismos, y no son pocas las aproximaciones que, valorando las libertades económicas, comparten la inquietud del Papa, aunque sea en forma parcial.

Por lo demás, tras esto asoma una diferencia acerca del concepto de desarrollo que se abraza. Para Francisco y el cristianismo en general éste supone un progreso integral, no sólo en términos materiales, y eso tiene sus consecuencias. Desde luego, todo esto admite discusión, pero ella supone intentar comprender el argumento contrario y no segmentarlo a priori.

Similares dificultades se observan cuando Kaiser objeta que Francisco hable de “una economía que mata” o de que “el dinero es el estiércol del diablo”. Ambas críticas se fundan en graves omisiones. En el primer caso la objeción de Francisco no es a toda economía de mercado, sino a la “economía de la exclusión y la inequidad”, aquella donde “queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive” (EG, N. 53), y que se caracteriza por abandonar a los más débiles y vulnerables. Naturalmente, se trata de una interpelación que debe ser contrastada con la realidad de cada país, pero ella tiene sus fundamentos (basta pensar en nuestros niños del Sename). En el segundo caso, en tanto, Kaiser omite sin demasiada sutileza que el Papa califica así no al dinero en abstracto, sino al que “se convierte en un ídolo”, al que “arruina al hombre y (…) lo convierte en esclavo”. Difícil sería que el Papa demonizara al dinero per se si afirma —en el mismo discurso que Kaiser critica— que “el dinero al servicio de la vida puede ser gestionado en la forma justa”.

Algo análogo, en fin, sucede cuando Kaiser intenta oponer a Francisco y Juan Pablo II como dos polos diametralmente opuestos. Es obvio que hay énfasis distintos —y no podría ser de otra forma, considerando las épocas y desafíos que enfrenta cada uno—; pero desde La fatal ignorancia Kaiser suele afirmar que Juan Pablo II apoyó el capitalismo sin matices ni distinciones, omitiendo parte importante del argumento de Wojtyla. En efecto, cuando Juan Pablo II se pregunta si el capitalismo es un sistema adecuado, su respuesta no es pura y simple, sino condicionada. En sus propias palabras, “si por capitalismo se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa” (Centesimus Annus, N. 42).

La precisión es relevante. Más allá de las particularidades de Francisco, sus reflexiones socioeconómicas se anclan en una tradición de pensamiento con la que, guste o no, tiene mayor continuidad que ruptura. Sin duda es interesante que Kaiser busque escrutar aquel mensaje en su nuevo libro El papa y el capitalismo: un diálogo necesario, porque hay quienes derechamente no aceptan que voces externas a la disciplina económica hablen sobre este tipo de temas. Pero si lo visto en los adelantos de prensa es fidedigno, esta nueva publicación de Kaiser sigue la tónica de sus anteriores textos sobre Francisco. Y si esto se confirma, la conclusión sería, por desgracia, que la invocación al diálogo no es más que un eslogan.

 

Claudio Alvarado R., Instituto de Estudios de la Sociedad

 

 

FOTO:  CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO