Poco o casi nada se ha avanzado para dotar al país de una moderna e integradora política cultural dedicada a sus museos, archivos y bibliotecas.
Publicado el 16.01.2016
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Veinticinco días estuvieron en paro las bibliotecas, archivos y museos del país agrupados bajo el ropaje protector de la Dibam, uno de las más venerables y antiguas instituciones culturales del mundo. Fundada en 1929, la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, se creo diez años antes que el famosísimo Instituto de Antropología e Historia de México (INAH), y varios años antes que el Fondo de Cultura Económica (Mx, 1932), el Instituto Nacional del Libro (Br, 1937) y el Instituto Nacional del Patrimonio de Brasil (1938), en un periodo en el que la mayoría de las naciones de Occidente iniciaban los primeros escarceos de sus políticas culturales, mismas que llevarían un par de décadas después a concretarse en los primeros Ministerios de Cultura (Fr, 1959). Para los especialistas en administración cultural que observan la realidad chilena desde el exterior, nuestro país ha tenido en la DIBAM a un “ministerio de cultura” en potencia desde los años 30 del siglo pasado. Tal ha sido su peso y su trayectoria que incluso cuando en el 2003 se generó el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA) con la misión de ir desarrollando las Políticas Culturales del país, se tuvo especial cuidado de no tocarlo.

El CNCA fue creado para disminuir la atomización de nuestras instituciones culturales públicas, pero nació trunco al no poder incidir en las políticas hacia el sector, salvo en una nominal “coordinación”, con el organismo tutor de los museos y bibliotecas públicas del país. Esa relación dependió por años más que nada en la buena voluntad y la personalidad de sus directivos máximos. El resultado fue un desarrollo por “cuerdas separadas” que tuvo un beneficiado y claramente un perdedor. Es lo que puso en evidencia el paro que acaba de terminar, y que fuera totalmente ignorado por el grueso público, para quien los letreros de “Museo en Paro” resultaban intrascendentes para su vida diaria. Qué le importa a la gente que la biblioteca nacional haya estado cerrada casi un mes. Las instituciones culturales como centro y eje de la vida intelectual son, así como el aura de gloria de la Dibam, parece que son parte del pasado. Los reclamos de sus sindicalizados protagonistas (el haber recibido un tratamiento desconsiderado en la conformación del “Ministerio de las Culturas” que promueve el Gobierno, a la usanza de los modelos de Bolivia, Ecuador y Venezuela), tienen algo de razón. Pero sólo un poco. Hay más mar de fondo que un alegato por una subordinación mal conceptuada en el organigrama de la futura repartición.

Lo que el paro reveló fue la pérdida de injerencia de la Dibam en los asuntos culturales de la nación. Ese es el hecho de la causa. Muy lamentable por cierto, pues ocurre en un momento epocal en que los museos están siendo llamado a posicionarse en un lugar de privilegio en el panorama político y cultural del mundo contemporáneo, especialmente desde que han pasado a ser percibidos como prácticas sociales complejas que se desarrollan pensando en el presente y en el futuro, como centros de creación, comunicación, producción de conocimiento y preservación de bienes y manifestaciones culturales.

Los museos debieran reclamar al gobierno la ausencia de políticas específicas para el sector. Políticas públicas de museos, que contemplen entre otros aspectos, la comunicación, la educación, la preservación y la investigación científica del patrimonio cultural y natural. En el barrio hay países que han avanzado en el diseño e implementación de una legislación más modernas y están trabajando (más o menos consistentemente) en el establecimiento de políticas nacionales de museos y la creación de redes de museos (como es la situación de Argentina, Brasil, Uruguay, entre otros). Y, por otro lado, hay países como Venezuela, Perú, Paraguay, Panamá o Nicaragua que recién parecen estar realizando investigaciones acerca de la situación de sus respectivos museos, y que si bien tienen como misión la creación de políticas nacionales de museos, la misma es un objetivo a largo plazo. Para el caso chileno, la situación es compleja. Pese al desarrollo y el dinamismo que ostenta su institucionalidad cultural y los avances legislativos que ha logrado en el área en el período recorrido del siglo XXI, poco o casi nada se ha avanzado para dotar al país de una moderna e integradora política cultural dedicada a sus museos, archivos y bibliotecas. Es cierto que existe un borrador, pero la discusión ha sido escasa y la participación de la sociedad casi nula. Terminó la movilización de los funcionarios de la Dibam con un llamado a conformar una mesa de colaboración con el ministerio y los legisladores, pero los problemas del sector siguen estando presentes. Las puertas de los museos están de nuevo abiertas, pero parece que da lo mismo.

 

Cristian Antoine, profesor Doctorado en Educación de la Facultad de Humanidades, Usach. 

 

FOTO: PABLO ROJAS MADARIAGA/AGENCIAUNO