El tan postergado cambio de gabinete debe producirse ahora, en una muestra de liderazgo presidencial.
Publicado el 03.04.2015
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Es difícil entender por qué Michelle Bachelet, electa dos veces como Presidenta de la República, ha renunciado, al menos por ahora, a ejercer el liderazgo con el que evidentemente cuenta, para conducir uno de los momentos más complejos por los que ha atravesado Chile, si no nuestra historia republicana, al menos desde 1990 a la fecha.

Ya había renunciado antes a dar un golpe en la mesa cuando se negó a fines del año pasado a hacer su primer cambio de gabinete. Entonces se vio más preocupada de no dejarse “pautear” por la cúpula de la Nueva Mayoría y los medios que de evaluar aguda y políticamente la performance de sus ministros y subsecretarios. Las carpetas de varios de sus colaboradores acumulaban para entonces tarjetas amarillas y hasta rojas, desde las sacadas de patines a los buenos alumnos del ministro de Educación hasta la pasividad del ministro de Transporte tras cuatro fallas considerables en el Metro, pasando por las discusiones vox populi entre el ministro y el subsecretario del Interior y las bochornosas inconsistencias del ministro de Hacienda, que prometía todos los meses el “punto de inflexión” a la caída del crecimiento.

Cuando ya se habían publicado varias listas de posibles “ministeriales”, mientras circulaban currículums por los mails de presidentes y secretarios generales de los partidos oficialistas, la Presidenta nos dejó con los crespos hechos (y a quienes suspiraban por instalarse en algún ministerio también). Le importaba más no aparecer como doblegada ante lo que ella percibe son señales de machismo (cómo olvidar la acusación de “femicidio político” en su primer mandato), que aprovechar la oportunidad de que se cerraba un año para estrenar un enero con un equipo renovado y con los contados talentos con que cuenta hoy el gabinete, reubicados en los ministerios más complejos.

El escenario ahora es muchísimo más complejo que el que precede a un cambio de gabinete, con el que tarde o temprano se topan todos los mandatarios. Se trata de un momento de especial sensibilidad para Chile, que durante décadas ha ido construyendo su institucionalidad, ladrillo sobe ladrillo, con mirada de largo plazo y con la plena conciencia de que la prosperidad de los chilenos depende de su estabilidad. Y si la situación es más compleja y vital para el país, la exigencia para la Presidenta de la República es, también, mayor e inexcusable.

Lo que se esperaba en marzo no era un Consejo Asesor que propusiera reformas, por más necesarias que sean; ni tampoco que trascendiera la dificultad familiar que afecta a la Presidenta Bachelet (aun cuando todos la podemos entender). Tampoco se esperaba un nuevo diseño comunicacional para potenciar su estilo de “protección social”, como llaman algunos a la sonrisa siempre amplia y a los discursos cargados de promesas y slogans en sus salidas a terreno.

Lo que se esperaba era la voz firme y segura de la máxima autoridad del país. Primero, para dar la total seguridad de que el deber presidencial con Chile está por delante de las vulnerabilidades personales. Luego, para tranquilizar a quienes temen un derrumbe institucional y llamar al orden a quienes multiplican lugares comunes irresponsables en las redes sociales. Y, finalmente, para poner las cosas en su justo sitio, exigir acción a los ministros alojados en La Moneda (desde el acelerador a la agenda legislativa, hasta el control de daño político que los casos por todos conocidos están generando a la imagen del gobierno y a la dignidad presidencial); exigir apoyo aquí y ahora a la Nueva Mayoría (beneficiada electoralmente con su figura hace poco más de un año) y altura democrática y responsabilidad a la oposición.

Sin intención de ser arrogante, me atrevo a definir al liderazgo –al menos en política- como una combinación perfecta entre autoridad, empatía y coraje. Tengo total certeza de que Michelle Bachelet cuenta con esos tres atributos y ya ha mostrado su liderazgo en innumerables oportunidades. Desconozco las razones de su aparente pasividad hoy, pero si tuviera la oportunidad de hablarle al oído, le diría ¡atrévase Presidenta!

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO: SEBASTIÁN RODRÍGUEZ/AGENCIAUNO

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