El extremismo islámico aún está lejos de ser erradicado de Occidente y los países de Medio Oriente. Pero el trabajo de los diferentes servicios de seguridad, así como su coordinación y cooperación a nivel internacional, lo están haciendo retroceder, tanto en número de militantes como en recursos económicos y logísticos.
Publicado el 27.05.2017
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El cobarde atentado perpetrado en Manchester a la salida de un concierto de la cantante pop Ariana Grande ha revivido la amenaza terrorista en un país que en pocas semanas más tendrá elecciones generales. El ataque ―cometido por un extremista suicida― dejó más de una veintena de muertos y decenas de heridos, principalmente adolescentes y niños, lo que aumenta aún más el horror, la indignación y el repudio más enérgico de la ciudadanía británica y la comunidad internacional.

Como era esperable, el ataque fue reivindicado por el Estado Islámico (EI) a través de un comunicado que amenaza con nuevas acciones de este mismo tipo. Y mientras la investigación de las autoridades continúa mediante esquisas y detenciones, la Primera Ministra Theresa May autorizó elevar el nivel de alerta terrorista a “crítico”, el más alto en una escala de cinco, con el despliegue de efectivos del Ejército para cooperar en las tareas de vigilancia y seguridad.

La herida aún abierta en Manchester tardará en cicatrizar y, ciertamente, no será olvidada. Asimismo, a pesar de la crueldad del atentado y el impacto mediático y social que generó, lo cierto es que el ataque ―hablando estrictamente desde la perspectiva terrorista y de sus crueles objetivos― fue un fracaso.

El Reino Unido es uno de los países con mayor experiencia del mundo en lo que se refiere a enfrentar lo adverso. Así lo demostró durante la Segunda Guerra Mundial, resistiendo todos y cada uno de los embates de los nazis. Y posteriormente, vivió en carne propia décadas de terrorismo interno a manos del Ejército Republicano Irlandés, el IRA. El mismo que mató a Lord Mountbatten en 1979, primo de la reina Isabel y último virrey de la India; y que en 1984 perpetró el atentado del Grand Hotel de Brighton, con el objetivo de asesinar a la entonces Primera Ministra Margaret Thatcher, quien salvó ilesa.

En 2005 este país se estremeció con el doble atentado de Al Qaeda en contra del Metro londinense y un bus de dos pisos, que dejó 56 muertos. Y hace apenas dos meses un atacante solitario protagonizó un sangriento ataque en las afueras del Parlamento británico.

Ciertamente, cada vez que se concreta un acto terrorista, representa un fracaso de los servicios de seguridad. Y se piden explicaciones. Sin embargo, también es cierto que por cada atentado existe una importante cantidad ―muchas veces desconocida― de ataques que son oportunamente neutralizados a través de controles de seguridad, interceptación de correos electrónicos, monitoreo de redes sociales y operaciones de infiltración.

Esto no es un consuelo para los familiares de las víctimas ni las autoridades del Gobierno británico. Pero si el objetivo del solitario atacante (aunque se presume que tuvo colaboradores) fue poner en jaque a la sociedad británica, se equivocó por completo. Este acto terrorista cometido a menos de un mes de las próximas elecciones generales del 8 de junio, en las que la Premier May tiene todo a su favor, no cambiará la intención de voto de los británicos ni amedrentará a los votantes. Tampoco alterará los mercados ni la Bolsa de valores.

Desde hace tiempo que el Estado Islámico —que está siendo lenta, pero contundentemente, derrotado en Siria e Irak—, revindica cada atentado que ocurre en Occidente como una manera de mostrarse fuerte y efectivo. Pero la verdad es que si alguna vez tuvo una alta capacidad de reclutamiento de voluntarios en países europeos y la posibilidad de planificar dentro de su autoproclamado califato futuros ataques en el Viejo Continente, hoy esos recursos están prácticamente extintos.

El terrorismo yihadista, en general, aún está lejos de ser erradicado de Occidente y los países de Medio Oriente. Pero el trabajo de los diferentes servicios de seguridad, así como su coordinación y cooperación a nivel internacional, lo están haciendo retroceder, tanto en número de militantes como en recursos económicos y logísticos.

La tragedia de Manchester quedará grabada en la historia del Reino Unido y de Europa; eso es un hecho. Pero también será recordada como otro fracaso más de un radicalismo fanático que, lejos de interpretar a los millones de musulmanes del mundo que defienden la paz y la tolerancia, o de tener una real capacidad de amedrentar a los Gobiernos de Occidente, cada vez se encuentra más aislado y repudiado.

 

Alberto Rojas, director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Universidad Finis Terrae