Los novios son jóvenes progresistas de verdad, comprometidos de palabra y hecho con causas sociales y ambientales, sin retórica ni maromas, con experiencia laboral y de estudio intenso, gente que no es generosa con los recursos de los demás, sino que respalda con recursos y esfuerzos propios las causas en las que creen, gente que aspira a ser su propio jefe y que practica lo que predica. ¡Chapeau!
Publicado el 18.04.2017
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Importante salir de vez en cuando de Chile, porque permite dialogar con personas de otros lugares, conocer experiencias ajenas y ver cómo nos ven (o no nos ven) como país desde otras latitudes. Poco enseña tanto sobre la condición humana como leer ficción y viajar. Esta vez, y cargando tres estimulantes libros –Lenin y el totalitarismo, de Mauricio Rojas, La democracia semisoberana, de Carlos Huneeus, y El testamento de Odiseo, de Walter Jens-, me dirigí con mi mujer a una boda en la bella ciudad estadounidense de Chapel Hill, en la verde Carolina del Norte.

Llegar a esa región, que albergó a la primera colonia británica en América y una de las trece colonias secesionistas, implica oler la historia inicial de Estados Unidos a partir de sus conflictos más sangrientos e inhumanos, y también a partir de la esperanza de que las cosas pueden cambiar para mejor. Varias calles y edificios de Chapel Hill exhiben monumentos y placas conmemorativas. Para mí, la escultura más emotiva es la dedicada en los jardines de la universidad a “los constructores no cantados” de esa casa de altos estudios: los esclavos negros. Ellos la levantaron (1789), pero ni ellos ni sus hijos pudieron asistir por mucho tiempo a ella.

Chapel Hill está hecha de contrastes: el aeropuerto internacional más cercano representa un futuro tecnológico y estético para nosotros, pero un paseo por sus calles nos sumerge en el pasado colonial, y un recorrido por sus cafés y bares nos permite apreciar una diversidad racial (aunque baja, comparativamente con otras regiones de Estados Unidos) que nosotros no conocemos.

Llegué allá para asistir a una boda ítalo-latinoamericana-estadounidense-australiana: cuatro días de reuniones en torno a la comida para conocerse, estrechar lazos, recordar y preparar las condiciones emocionales para el día de la boda. Para que la ceremonia pueda ser disfrutada a fondo, es imprescindible que los asistentes nos conozcamos antes al menos.

La invitación me había llamado la atención: Nada de onerosas tarjetas de papel, sólo creativas tarjetas electrónicas artesanales. Nada de regalos para los novios, ni directos ni a través de casas comerciales. Lo que los novios sugerían, en cambio, eran donaciones a un refugio de perritos abandonados. Aunque creyentes, nada de casarse en una iglesia determinada. Basta un salón sencillo, un antiguo almacén de techo alto y piso de madera, y una sacerdotisa no vinculada a religión alguna, que comparte con los novios y muchos invitados la fe en la existencia de un ser superior e infinito. Nada de mensajes sobre una vida eterna como premio a las buenas acciones. No, realizar buenas acciones personales y vivir sus efectos son en verdad la recompensa que uno espera y que se recibe en esta vida. Nada de coro u orquesta, sólo un violín, un maravilloso violín que invita a los novios y familiares al escenario, que está al mismo nivel que los invitados.

Esta sencillez, que nos une a todos por sobre nuestras diferencias, me recuerda por unos instantes (cosa extraña) el funeral de un amigo estadounidense que combatió en Vietnam en los años setenta y que, muchos años después, regresaba cada año a ese país a conocer a su gente, a recorrerlo y a apoyar proyectos de desarrollo. Murió de una enfermedad tropical que contrajo en el país contra el que un día luchó y que después amó.

Asistí a su funeral en Iowa City, una ceremonia cada vez más difundida que se denomina “Celebración de la vida”: Televisores mostraban videos y fotos de Jim en sus momentos de alegría junto a amigos y familiares; por altavoces se escuchaban suave sus canciones predilectas, y había un micrófono abierto para expresar lo que uno quisiese sobre el amigo ido. Todo era en tono positivo y celebratorio, todo era agradecimiento por haberlo conocido y haber compartido con él, todo giraba en torno a recordar sus buenos momentos y la forma en que había superado la adversidad.

Volviendo a la boda de los jóvenes profesionales de Chapel Hill: fue una ceremonia auténtica, original, emotiva y a ratos de mucho humor. Poco de ritual, más de expresión personal. Nadie se sentía fuera de lugar ni excluido. Antes de ponerse las argollas, cada novio le leyó una carta al otro narrando cómo se enamoró de él y por qué lo amaba.

Después, ya en el salón de la cena y el baile, familiares escogidos por los nuevos esposos los describieron en profundidad y les desearon éxito, un éxito basado en la capacidad y la sensibilidad de la persona, en sus habilidades y talentos, en su vitalidad emprendedora y su espíritu de sacrificio, en la búsqueda de la felicidad a través de lo que se hace en beneficio de la pareja, del prójimo y la naturaleza.

Los invitados vienen de tres continentes: las Américas (del norte y latina), Europa y Australia, regiones desde donde vienen a su vez los antepasados de los novios, muchos de los cuales han llegado hasta la celebración de estos dos jóvenes profesionales. El novio fue a trabajar en la construcción a Australia antes de asistir a la universidad, porque quería conocer la vida. La novia, por su parte, interrumpió sus estudios durante un tiempo para participar en Ghana en la lucha contra la pobreza.

Estos son jóvenes progresistas de verdad, comprometidos de palabra y hecho con causas sociales y ambientales, sin retórica ni maromas, con experiencia laboral y de estudio intenso, gente que no es generosa con los recursos de los demás, sino que respalda con recursos y esfuerzos propios las causas en las que creen, gente que aspira a ser su propio jefe y que practica lo que predica. ¡Chapeau!

En el baile la diversidad se manifestó con más fuerza: católicos, protestantes, evangélicos, judíos, budistas, agnósticos, ateos, librepensadores. Unos de rasgos escandinavos, otros mediterráneos, otros asiáticos, afros o latinos. Unos asistentes iban de frac y vestido largo, otros de modo formal, los jóvenes a su pinta, al igual que los niños y bebés. A la hora de la música bailaban hombres con mujeres, otros preferían hacerlo en grupo o solos, y por ahí una u otra pareja de hombres o mujeres. ¿Quién puede imponer en la fiesta del amor a quién uno debe amar?

Nunca más Carolina del Norte será para mí sólo un estado que tiendo a asociar en primer lugar con la historia inicial de Estados Unidos. Ahora queda vinculado para siempre en mi cabeza con una bella ceremonia de amor, tiempos que cambian, tolerancia y diversidad.

 

Roberto Ampuero, #ForoLíbero

 

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