Es de Perogrullo: Todo embajador de país democrático representa al Estado, a la nación, no a un partido político. Cuando habla, habla en nombre de su país. Su función en el país donde está acreditado jamás puede ser la de desprestigiar al propio país o a parte de él.
Publicado el 22.10.2014
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El hecho de que Chile es un país autorreferente termina a menudo por desperfilar muchas de nuestras reflexiones sobre lo que acá ocurre. Me refiero en este caso al episodio protagonizado por el embajador de nuestro país en Uruguay, Eduardo Contreras, que hasta el momento lleva tres actos: sus insólitas declaraciones, su humillante retractación y la incómoda situación en que colocó al gobierno al que sirve. Creo que en esto hay aspectos simples que nos confunden porque los árboles no nos dejan ver el bosque.

En primer lugar, cabe recordar que la política exterior y el nombramiento de embajadores dependen, en última instancia, de quien ejerce la presidencia de la república. El hecho de que el embajador siga en el cargo tras su temerario análisis de Chile, los empresarios, la oposición y la Democracia Cristiana, partido crucial para la Nueva Mayoría, me lleva a la conclusión de que la Presidenta no estima que ese análisis esté tan reñido con su visión como para destituir al embajador. Así de simple. ¿Por qué buscar más allá?

Para la visión más ideologizada de la izquierda, lo que afirmó el embajador en su entrevista en Montevideo se ajusta a la verdad histórica y presente, y su faux pas se reduce a haberlo ejecutado en el parqué inapropiado. Para mí, la sorpresa no la brinda el embajador, porque él repitió el análisis usual de cosas del Partido Comunista. No, la sorpresa la brinda lo que emerge detrás de todo esto: la posibilidad de que sea la mandataria, en su fuero interno, quien vea esos temas del modo en que su embajador los esbozó. No hay otra razón, a mi juicio, que explique la ratificación del embajador en su cargo, toda vez que la Democracia Cristiana esté –y sigue estando- irritada y el líder máximo del PC ya se había resignado a la destitución de su militante, y dentro de ese partido no cayó bien que Contreras haya pedido dramáticamente perdón a los empresarios y la derecha.

En segundo término: Más allá de si correspondía o no exigir la renuncia al embajador, más allá incluso del amargo trago que tuvo que pasar un diplomático experimentado y prestigiado como Heraldo Muñoz, hay otro asunto de fondo que, en el fragor de la disputa política, quedó rezagado. Me refiero a la labor de un embajador y a las razones por las cuales se le escoge y paga para que se desempeñe como tal. Una cosa está clara: en el caso de países amigos, como lo son Chile y Uruguay, un embajador debe convertirse en un gran puente entre el país que representa y el país donde ejerce el cargo. El jefe de misión está para hacer que las cosas fluyan mejor, para que reine la armonía y se amplíen y profundicen las relaciones, para crear confianza, para acercar, para mantener las puertas abiertas. Un embajador que, como en este caso, pierde la credibilidad ante los partidos de centro y derecha de su país, los empresarios, se enfrasca en una disputa con parte de la prensa donde trabaja, se enreda con investigaciones judiciales y obliga a su gobierno a rescatarlo del naufragio, es un embajador que mal puede funcionar ya como puente. Se convierte en un obstáculo, en alguien que termina operando principalmente dentro de la misión porque afuera debe muchas explicaciones.

Además, la labor de embajador tiene mucho de espejo: si te llevas pésimo con un sector de tu país, terminarás llevándote mal con la contraparte de ese sector en el país donde estás acreditado. Así, el embajador se transforma en un no-embajador, en alguien que tal vez debe recurrir dentro de la embajada a diplomáticos que sí mantienen buenas relaciones con los sectores que ya no le devuelven los llamados. Es de Perogrullo: Todo embajador de país democrático representa al Estado, a la nación, no a un partido político. Cuando habla, habla en nombre de su país. Su función en el país donde está acreditado jamás puede ser la de desprestigiar al propio país o a parte de él. Ese estilo es propio de representantes de dictaduras,  de diplomáticos que destinan gran parte de su tiempo a denostar a la disidencia o al exilio, a ciudadanos de su propia patria.

Por último, advierto que aparece una nueva arista en todo esto: a causa del episodio, que constituye un precedente nefasto en la diplomacia chilena, se termina por ofender a los diplomáticos chilenos de carrera. Porque el envío del “instructivo sobre prescindencia” a todas las embajadas, misiones y consulados generales de Chile en el exterior en que se reitera, como anunció ayer el canciller en el congreso, que “no pueden emitir opiniones políticas más allá del derecho constitucional que les asiste como ciudadanos y que la política exterior es una y que no hay opiniones personales distintas en política exterior”, constituye una ofensa al menos para los diplomáticos de carrera de nuestro país. Esto es un mensaje que los coloca en el banquillo de los acusados aunque ellos no tengan arte ni parte en lo que gatilló el instructivo. Esto es convertirlos en el hazmerreír ante sus colegas del mundo diplomático. Cuesta entender que se haya enviado un recordatorio a profesionales formados y probados en el servicio exterior que saben que esos principios constituyen el abecé de todo diplomático de carrera.

Tuve una valiosa experiencia en el servicio exterior chileno, en gran parte gracias al apoyo y la disposición permanente del equipo de la embajada. Me encontré con profesionales esforzados, sacrificados y que conocen al dedillo sus derechos y deberes, las normas, usos y costumbres que los rigen. Recuerdo también que antes de iniciar la misión como embajador político, uno sostenía intensas conversaciones con el canciller Alfredo Moreno y altos funcionarios de la cancillería, y recibía un voluminoso manual que orienta al embajador, y que cancillería espera da que el embajador estudie, conozca y respete. Anunciar a voz populi, como lo hizo ayer nuestro canciller, que se instruyó a toda la cancillería sobre principios y prácticas que los diplomáticos de carrera aprenden en la primera semana de su formación es, cuando menos, ofensivo y proyecta injustamente una sombra sobre el prestigio y la calidad de los diplomáticos chilenos de carrera.

Mi lectura final es que para reacomodar al embajador Contreras y no ofender a los embajadores políticos, se escogió la fórmula de un instructivo general que termina por perjudicar a los diplomáticos de carrera. Es como sacar un instructivo a los choferes para decirles que se conduce por la derecha. Un coletazo más de nuestro hombre en Montevideo.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

FOTO:EDUARDO BEYER/AGENCIAUNO

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