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Publicado el 29 de octubre, 2017

Aprender a crear bienestar y riqueza

Las nuevas tecnologías crearán millonarios aún más millonarios. Si no hacemos algo radicalmente diferente, en Chile aumentarán las brechas entre ricos y pobres.
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Por décadas Chile ha avanzado en fomentar la libre competencia. Hace más de 40 años comenzamos a reducir unilateralmente los aranceles de importación, estimulando la llegada de productos y servicios extranjeros. Miles de empresas locales no fueron capaces de competir y quebraron o iniciaron un largo y doloroso proceso de reconversión. En 1981 nuestro país presentaba un 27% de cesantía, pero ya a fines de los 80 la capacidad productiva había sido transformada.

A principios de los 90, cuando volvimos a vivir en democracia, éramos capaces de competir a nivel mundial con una nueva oferta exportadora y nuestra economía crecía a tasas superiores a 5% anual. Centenares de nuestras empresas se volvieron competentes en la producción y exportación de recursos naturales procesados: en minería, en diversas categorías de alimentos, en celulosa y productos forestales. La gran novedad en materias económicas por parte del nuevo gobierno democrático fue que… no hubo demasiadas novedades. El siguiente gobierno mantuvo las políticas económicas básicas y las potenció.

Durante los 90 Chile suscribió más de 25 tratados de libre comercio con economías que, en conjunto, representan hoy más del 85% del producto geográfico bruto y más del 65% de la población mundial. Nuestra oferta exportadora de recursos naturales procesados siguió creciendo. Estas compañías exportadoras aprovecharon los bajos aranceles de importación trayendo ingeniería, tecnología de procesos y equipamiento de clase mundial para hacer aún más competitivos sus productos y procesos productivos. Chile se volvió el primer productor mundial de cobre y en más de 90 categorías de alimentos nuestros exportadores son hoy Top 10 a escala global.

Así, en los últimos 20 años nuestra economía ha incubado gigantes globales como Antofagasta Minerals; Agrosuper; Arauco; CMPC; Codelco; ENAEX; Hortifrut; Masisa; Viña Concha y Toro; Viña San Pedro y decenas más. Todas alcanzaron liderazgo mundial recién hace cinco o diez años. Lo interesante de esto es que cuando las empresas llegan a posiciones de liderazgo internacional se ven obligadas a innovar. Los líderes internacionales no tienen referentes a quienes copiar. Los líderes innovan. Los seguidores copian. Todos estos gigantes globales de origen chileno están innovando hoy de manera sistemática. Algunos de ellos ya superaron incluso un 15% de Intensidad de Innovación y seguirán avanzando hacia innovaciones de mayor grado de disrupción.

La maestría en cualquier disciplina es producto de la repetición evolutiva y así será también en este caso. El sistemático progreso en la capacidad de innovar de los exportadores chilenos está conduciendo a estas empresas a contratar y adquirir capacidades de investigación tecnológica aplicada; es decir, entender en profundidad los fenómenos físicos, químicos, biológicos, e incluso sociológicos asociados a sus productos, procesos y equipamientos productivos, para luego incorporar nuevas tecnologías en la creación de soluciones superiores y aún más útiles a aquellas ya en uso. Esto ya está ocurriendo. Estas grandes empresas exportadoras están integrando en su innovación la capacidad de investigación de universidades locales y de centros internacionales de investigación y desarrollo de nuevas tecnologías. Decenas de estos centros de investigación han ido arribando a buscar clientes en Chile, como ha sido el caso del Stanford Research Institute de California, Fraunhofer de Alemania e INRIA de Francia. La innovación en las grandes empresas exportadoras de Chile es un fenómeno en franca aceleración.

La alguna vez bautizada “política del chorreo” funcionó en Chile. Decenas de miles de trabajadores del cobre se han visto inmensamente beneficiados gracias al progreso de un puñado de grandes mineras exportadoras como Anglo American, Antofagasta Minerals, BHP Billiton, CODELCO, Collahuasi y otras que operan en Chile. Y cientos de miles de profesionales y trabajadores calificados de miles de empresas grandes, medianas y pequeñas que han crecido como proveedoras de la minería han podido darles mejores condiciones de vida a las familias de sus trabajadores. Lo mismo ha ocurrido con cientos de miles de trabajadores de empresas exportadoras y proveedoras de las industrias de alimentos y forestal. Y esto también ha pasado con cientos de miles de profesionales y trabajadores calificados de industrias que sirven al mercado interno, como son la banca, el retail, la construcción y el sector inmobiliario.

Si la economía nacional crece, genera empleos y millones de familias progresan. En los últimos 25 años hemos quintuplicado el ingreso per cápita nacional. En este mismo período redujimos el porcentaje de la población que vive bajo condiciones de pobreza desde 45% a 12%.

¿Debemos seguir desarrollando industrias y empresas exportadoras capaces de innovar y expandirse internacionalmente para ganar mercado mundial y competir con los mejores del mundo? ¡Por cierto! En nuestra cultura contemporánea ésta es una verdad de transparente obviedad que nadie en Chile pone hoy en tela de juicio. No es siquiera imaginable que algún sector político proponga subir los aranceles de importación para proteger a productores que no son capaces de competir con los mejores del mundo. Esto también es un acuerdo nacional indiscutible. Estas son verdades aceptadas en todo el espectro político nacional y por todos los sectores de nuestra sociedad. Estas creencias fundamentales deben seguir siendo cultivadas por nuestra sociedad. Hay que cuidarlas. Sería un imperdonable error renegar de ellas, que tanto nos han hecho progresar.

Pero no todo va bien. No hay duda de que la política del chorreo ha operado correctamente, pero definitivamente no será suficiente para avanzar sin tropiezos hacia una sociedad y una economía de país desarrollado.

Tal como hay millones de profesionales y trabajadores calificados que progresan en Chile, también hay millones de no calificados que sienten que no tienen esperanzas de mejorar sus condiciones de vida. Hay decenas de miles de personas iniciando su tercera edad con pensiones que no superan un 60% de sus ya bajas remuneraciones de los últimos años. No parece ser que los trabajadores de menor calificación de las isapres, las clínicas hospitalarias, los supermercados, las tiendas por departamento, las municipalidades y decenas de miles de pequeñas y medianas empresas puedan esperar mejoras significativas en sus remuneraciones. Nada hace pensar que el sistema económico que hemos construido logrará aumentar el estándar de vida de los trabajadores menos calificados. El empleador —incluyendo al Estado, que es el principal empleador de Chile— sólo está dispuesto a pagar lo que el trabajador es capaz de conseguir en otro puesto de trabajo, es decir, su “valor de mercado”. De manera que es esperable que aun cuando aumenten los precios de los commodities; aun cuando seamos capaces de recuperar las tasas de inversión de capital que tuvimos hasta hace pocos años; aun cuando recuperemos la capacidad de crecimiento de la economía nacional, las condiciones de progreso de algunos conviviendo con la estancada calidad de vida de otros se nos presentarán como una bomba de tiempo de alto poder.

Y cabe señalar aquí que las nuevas tecnologías exponenciales, las innovaciones disruptivas y el capital de riesgo —que seguirán progresando y multiplicándose en Chile— sin lugar a dudas van a automatizar, computarizar y robotizar muchos trabajos de baja calificación. Estas tecnologías harán que computadores y robots absorban trabajos rutinarios y de alto riesgo para la vida de los humanos. Los robots en Chile ya están limpiando ventanales de edificios en altura y comienzan a realizar trabajos de alto riesgo y escaso atractivo en minería subterránea y de altura. Aumentará la cesantía de los más vulnerables: personal de bancos, tiendas por departamentos y supermercados, oficinas de contadores y auditores, etc. Luego arribará a Chile la inteligencia artificial, que irá dejando cesantes a profesionales de mayor calificación. Los marginados se volverán aún más marginados.

Y las nuevas tecnologías crearán millonarios aún más millonarios. Si no hacemos algo radicalmente diferente, en Chile aumentarán las brechas entre ricos y pobres. Conforme avance la innovación en nuestro país la bomba de tiempo irá adquiriendo aún mayor poder de detonación y a mayor velocidad.

Nuestro gran obstáculo en el camino al desarrollo será cómo generar condiciones de acceso al progreso para todos los chilenos. Nuestro gran obstáculo estará en la vulnerabilidad de los sectores más marginados frente a los cantos de sirena de la demagogia. Economistas y políticos le han puesto nombre al problema: la mala “distribución de la riqueza”. Mala definición, por cierto, pues inmediatamente hace deducir que la solución será quitarle al rico para darle al pobre. Y ésta definitivamente no es la solución, puesto que inhibe el crecimiento de la economía y, por tanto, el progreso de aquellos a quienes pretendemos ayudar.

La brecha de riqueza y bienestar en la sociedad es un problema complejo que definitivamente no está resuelto en Chile, pero la verdadera solución está en la educación. El acceso gratuito a la educación va en la dirección correcta. Sin embargo, cabe ocuparnos también de la calidad. No habrá corrección del problema si la educación, siendo gratis, tiene bajos estándares de calidad. Debemos entender qué queremos decir con educación de altos estándares de calidad.

Necesitamos educación de calidad, sí. Pero no sólo para los niños de educación pre-escolar, básica y media, quienes serán los profesionales y trabajadores de 2030 en adelante. También requerimos educación de calidad en nuestras universidades, institutos profesionales y centros de formación técnica que están formando a quienes serán la fuerza laboral de 2020 en adelante. Y también debemos concebir y construir una oferta educacional de calidad para los trabajadores que hoy son protagonistas en todo tipo de empresa, institución pública y organizaciones sin fines de lucro.

Debido al proceso de transformación digital que ya está en curso a nivel mundial (y local), las nuevas tecnologías crearán cesantía de cientos de miles de empleos de baja calificación. Pero estas mismas nuevas tecnologías también crearán millones de nuevos empleos de alta calificación, para quienes desarrollen competencias específicas en conocimientos y habilidades de alta valoración para la nueva economía. Crecientemente importará más que el empleado sea hábil logrando el resultado deseado, que la universidad o instituto profesional de donde provenga. Un programador de videojuegos puede tener una capacidad y productividad de programación diez veces superior a otro. Un experto en marketing digital puede provocar aumentos en conversión de visitas a compras en un e-commerce que ningún MBA o PhD podría imaginar. Esto no quiere decir que no será valioso estudiar hasta el nivel PhD. Sólo significa que habrá formas no tradicionales de aprender competencias de muy alto valor. Y ésta es muy buena noticia, pues quiere decir que —si nos lo proponemos–aprovechando las nuevas tecnologías podremos construir una educación de calidad para que incluso los más vulnerables aprendan a crear bienestar y riqueza.

La verdadera solución para gradualmente reducir la brecha de ingresos y bienestar social en Chile no está en quitarle al rico para darle al pobre. La solución estará en construir una nueva verdad que dentro de 20 o 30 años resulte ser de transparente obviedad en nuestro país. Si nos lo proponemos, sin duda podremos construir acceso universal a la capacidad de crear bienestar y riqueza.

 

Iván Vera, consultor de empresas y fundador de INNSPIRAL

(@ivanveram)

 

 

 

 

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