En el juego de alimentar expectativas más allá de la capacidad del Estado para cumplirlas, el gobierno ha profundizado la disonancia entre la realidad de vacas flacas por la que atraviesa y seguirá atravesando el país en los próximos años y las expectativas de vacas gordas que han predominado en la población en años recientes. Resulta difícil decirles a millones de personas que estaban en la fila que la fiesta se acabó.
Publicado el 04.11.2016
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El abrumador rechazo en la Cámara de Diputados a la propuesta de aumento de sueldos al sector público propuesto por el gobierno de la Presidenta Bachelet, refleja la desalineación entre las altas expectativas que existen en el país sobre las posibilidades de desarrollo económico e inclusión social y la menos auspiciosa realidad que enfrentamos en el complejo ciclo negativo del mercado exportador.

Porque estamos en pleno período de vacas flacas, pero hay mucha gente que todavía tiene apetito de vacas gordas—y equivocadamente cree que tenemos recursos suficientes para satisfacer nuestras necesidades de mayor gasto público—, el gobierno deberá mostrar una disciplina férrea para evitar que la situación fiscal se siga deteriorando y amenace con profundizar la crisis que ya se vislumbra en el horizonte.

Aunque no debiera ser necesario repetirlo, al parecer muchos todavía no quieren aceptar que se acabaron los años de vacas gordas. La década dorada, cuando los ingresos del Fisco superaban ampliamente al gasto público, ya es parte del pasado (igual que el boom del salitre a comienzos del siglo XX). Los fondos soberanos que crecieron en esos años y que nos hicieron acreedores netos, ya pesan menos ante una deuda pública que va en aumento y un presupuesto que lleva al Fisco a gastar más de lo que recibe. Como parte de esos fondos soberanos ya están comprometidos para financiar la reforma de pensiones de 2008, la capacidad del gobierno para echar mano a ahorros que estimulen la economía se ha visto brutalmente reducida. Por su parte, los ingresos del cobre han caído a un punto tal que Codelco es como un árbol seco al que le tenemos mucho cariño, pero que ya no da fruto y, es más, amenaza con convertirse en un pasivo para el Estado.

Pero esa gris realidad contrasta con las altas expectativas que existen en el país respecto a lo que debe hacer el Estado para mejorar la calidad de la educación (garantizando la gratuidad), expandir la calidad y cobertura de la salud, mejorar las pensiones y, ahora último, mejorar también los sueldos del sector público.

Como el gobierno de Bachelet llegó al poder alimentando expectativas de un mayor gasto público y, ya en el poder, impulsó una reforma tributaria argumentando que con ella se podrían financiar las promesas de más gasto, mucha gente se niega a aceptar que ya no hay plata. Si tu médico de confianza te ha mentido respecto a los resultados de los exámenes, va ser complicado que le creas a otro médico que te dice la verdad, aun cuando la evidencia esté de su lado. Pero aunque muchos no lo quieran aceptar, no hay plata ni la habrá en varios años.

Como las expectativas y la realidad están tan desalineadas, es inevitable que se generen tensiones entre el gobierno y algunas de sus bases de apoyo. Los estudiantes insisten en la necesidad de avanzar en gratuidad pese a la reforma que, desordenadamente y sin ley de por medio que la regule, ha emprendido el gobierno. Como ya se estableció el precedente de financiar la gratuidad a través de una glosa en la ley de presupuesto a fines de 2015, este año se volverá a usar el mismo mecanismo para financiar una aventura que ya tiene a varias universidades privadas al borde de la quiebra y que establece requisitos tales que varias estatales debieran quedar fuera del sistema de gratuidad.

En pensiones, el gobierno también cedió a la tentación de hacer anuncios rimbombantes, pero no ha dado pasos concretos para hacerse cargo del descontento que existe con el sistema. Como el movimiento social ha convertido a las AFP en el chivo expiatorio de la mala calidad de las jubilaciones, el gobierno ha podido zafar temporalmente de la presión. Pero de todos modos, La Moneda se las ha ingeniado para alimentar expectativas irreales sobre lo que puede hacer el Estado para mejorar las pensiones de aquellos que están próximos a jubilar.

En el juego de alimentar expectativas más allá de la capacidad del Estado para cumplirlas, el gobierno ha profundizado la disonancia entre la realidad de vacas flacas por la que atraviesa y seguirá atravesando el país en los próximos años y las expectativas de vacas gordas que han predominado en la población en años recientes. Como además, muchos chilenos apenas alcanzaron a ver la tierra prometida de vacas gordas sin llegar a gozar de los beneficios del crecimiento y la bonanza, resulta difícil decirles a millones de personas que estaban en la fila que la fiesta se acabó.

Felizmente para el gobierno actual, la gente ya ha hecho la pérdida respecto a estos cuatro años. Para todos los efectos prácticos, ya nadie espera que Bachelet cumpla sus ambiciosas promesas. Pero desafortunadamente para el país, las personas cada vez más están depositando sus esperanzas y su apetito de vacas gordas en lo que prometerán los candidatos presidenciales en la campaña que ya se inicia para la elección de noviembre de 2017.

 

Patricio Navia, #ForoLíbero

 

 

Foto: PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO

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