El gobierno del Presidente Juan Manuel Santos ha pretendido justificar a las FARC para salvaguardar el proceso, incluso en una gira reciente por Europa abogó en distintas reuniones por la paz y por devolverles el estatus político internacional a los terroristas. ¡Craso error! Pues esto es desconocer la naturaleza misma de las FARC, y además sacrificar años y esfuerzos que costaron que el mundo las viera en su real dimensión.
Publicado el 23.11.2014
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Colombia ha sido desangrada por más de 50 años de violencia que han cobrado no sólo la vida de muchos compatriotas, sino los sueños y las esperanzas de varias generaciones. El país ha visto cómo las supuestas “guerrillas campesinas”, en medio de una acelerada metamorfosis, se convirtieron en notables narcotraficantes y diestros terroristas.

Hoy resulta verdaderamente difícil diferenciar a las FARC de cualquier otro grupo terrorista del mundo, pues todos éstos actúan de manera muy similar: asesinan, delinquen y desestabilizan arropados por una falsa lucha de ideas, tal cual lo hace ETA o Al Qaeda, de hecho, los crímenes de las FARC son probablemente los más sanguinarios y crueles que ha conocido el mundo desde la segunda guerra mundial o el régimen de Stalin. Su guerra se ampara bajo las premisas del martillo y la hoz, el comunismo es su credo, pero su actuar efectivo se distancia mucho de cualquier circunstancia ideológica o política y la única explicación a años y años de quitar vidas, atentar y narcotraficar, es la ambición desmedida de un grupo de delincuentes que buscan poder y riqueza, sin importar el costo. Por ello el concepto de terroristas no puede ser más justo y preciso para definirlos.

No obstante a los crímenes que ha cometido las FARC, hay que decir que el pueblo colombiano, que en términos generales es un pueblo pacífico, añora la paz, y que incluso estaría dispuesto a entregar concesiones a quienes lo han desangrado con tanta sevicia, estaría dispuesto a perdonar, implementando unos mínimos de justicia. En definitiva, Colombia siempre ha estado y estará dispuesta a establecer una negociación que acabe con la violencia y el terror.

Sin embargo, a pesar de toda la voluntad de paz de la nación, establecer una negociación seria requiere esencialmente que las dos partes deseen negociar, y sobre todo deseen que esa negociación arroje un fruto; y es aquí precisamente donde los procesos con las FARC fracasan, pues sin importar que se encuentran en una negociación donde el Estado, a través del gobierno, pone toda la voluntad de diálogo en la mesa y entrega a los terroristas algún estatus para que sea posible la negociación, las FARC arrecian los actos de barbarie, matan más, atentan más contra la infraestructura civil y, paralelo al diálogo, montan un espectáculo siniestro de muerte y destrucción.

En el actual proceso de paz que se discute en Cuba -en la llamada mesa de negociación de La Habana-, las FARC han pretendido mostrarse como los grandes reivindicadores de la sociedad colombiana, ocultando hábilmente su participación y culpabilidad en las situaciones que aquejan a los colombianos, tal como sucede con el tema agrario, que se ha venido discutiendo en la mesa de La Habana. Cabe recordar que las FARC son los mayores despojadores de tierras de la historia del país, o el tema de las víctimas, punto de la agenda que sólo tendría razón de ser en la medida que los terroristas reconocieran su responsabilidad, pidieran perdón y se comprometieran a repararlas, o peor aún, el tema del narcotráfico, que hace parte de la agenda, y sobre el cual surge una pregunta: ¿Cómo es posible que la política anti drogas sea discutida con el mayor cartel mafioso del mundo? Más aún cuando no se comprometen expresamente a dejar la actividad, a entregar los frutos del negocio, ni a entregar sus rutas y contactos.

El gobierno del Presidente Juan Manuel Santos ha pretendido justificar a las FARC para salvaguardar el proceso, incluso en una gira reciente por Europa abogó en distintas reuniones por la paz, y por devolverles el estatus político internacional a los terroristas. ¡Craso error! Pues esto es desconocer la naturaleza misma de las FARC, y además sacrificar años y esfuerzos que costaron que el mundo las viera en su real dimensión. Pero la voluntad, o la vanidad de Santos, veía cualquier sacrificio como necesario para conseguir la tan anhelada paz, no importa cuánto tenga que ceder el Estado, cuánto se tenga que olvidar a las víctimas o cuánto tiempo se tenga que hacer el ciego para no molestar a su contra parte y poner en riesgo su proceso de paz.

Desde que comenzó la mesa de negociación de La Habana, las FARC han seguido fieles a su naturaleza, no han cesado los ataques contra las poblaciones, no han dejado de secuestrar ni de reclutar menores, mucho menos han desminado campos o han detenido su actividad mafiosa. Por el contrario, entre más tiempo pasa y más cómodas se sienten en el proceso, más arrogantes se tornan en la mesa y más activas en su accionar terrorista, pensando tal vez que, como el Presidente Santos, el país se hará bizco para no levantar la mesa de negociación y no acabar con la ilusión de paz.

Así como las sirenas que llevaban a los marinos a naufragar mediante el embrujo de sus cantos, las FARC sólo han utilizado el proceso de paz para buscar un rencauche político, que les permita recuperar su imagen internacional, perdida totalmente luego que el mundo las conociera sin antifaz al terminar los diálogos del Caguán (1998 – 2002); y reacomodar sus comandos que se encontraban aislados y diezmados por el accionar de la fuerza pública y apenas subsistían gracias a la asistencia que recibían de regímenes antidemocráticos vecinos.

De todo esto queda claro que el pueblo de Colombia está dispuesto a trabajar por la paz, pero que este anhelo bajo ninguna circunstancia nos habría de conducir hacia una patria boba y sin memoria, y esto lo debe entender el Presidente Juan Manuel Santos.

 

David Valencia, Presidente Nuevas Generaciones del Partido Conservador de Colombia.

 

 

FOTO: EDUARDO BEYER/AGENCIAUNO