El fútbol se ha manchado, muchos no le ven solución, sin embargo es el momento perfecto para más que revertir una situación, plantearla desde cero, con un nuevo relato, gestión y comunicación.
Publicado el 29.11.2015
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Lo que ha pasado en la Asociación Nacional de Fútbol Profesional (ANFP) es sin duda un problema de liderazgo, gestión y que a la larga se ha traducido en un tremendo, y casi irreparable daño reputacional.

Situaciones como estas son graves, y han producido un efecto sensibilizador para las empresas, clubes y ciudadanía en lo que se refiere al entendimiento y alcances de una gestión eficiente o no y su impacto en la imagen pública.

Actualmente, para algunas compañías, la reputación aparece como un tema no urgente, poco relevante y muchas veces como un “activo” de muy bajo perfil. Incluso, podemos ver casos en que ni siquiera es percibida como un activo, sino como un concepto lejano, de lo cual se tiene poco conocimiento y valoración.

Sin embargo, lo que ha pasado durante el último tiempo es que hemos debido entender (a la fuerza) que la reputación es mucho más que eso, es un activo intangible con un impacto tangible, que puede ser devastador en cuanto a percepción y aún más en términos de valor bursátil y financiero.

Comprender la importancia que ha tomado la reputación también requiere entender lo que es el riesgo reputacional, visualizarlo, proyectarlo y poder desarrollar las estrategias necesarias que permitan sortearlo y/o gestionarlo de manera eficiente.

En este contexto resulta fundamental destacar un hecho que ni los clubes ni el propio directorio de la ANFP pudieron prever: identificar en la figura de Sergio Jadue una amenaza latente en términos de riesgo de liderazgo y un peligro inminente en cuanto a daño reputacional.

Un riesgo de liderazgo entendido como directamente relacionado con los errores cometidos por la organización y sus miembros (ANFP y directorio) y especialmente, por su máximo responsable (Sergio Jadue). Tanto en las decisiones tomadas sobre la gestión general de la ANFP, como en el ejercicio de sus responsabilidades al frente de la misma.

Un contexto que de riesgo ha pasado a un daño reputacional. Con una tormenta perfecta que está llevando a los medios de comunicación a hablar de presuntas irregularidades en las cuentas de la ANFP por diferencias de US$7,5 millones con respecto a los ingresos recibidos por Copa América y cerca de U$10millones en préstamos a distintos clubes locales.

Una situación catastrófica que hoy requiere tomar un camino sin retorno en pos de una solución. Todo, para avanzar de manera firme, decidida y definitiva. En esta línea de acción, la entidad necesita dejar de recurrir a acciones cosméticas y avanzar en acciones éticas. Por ejemplo, la renuncia del directorio completo, durante el proceso de investigación, sería una muy buena señal de transparencia.  Por otro lado, realizar un reset de todas las acciones, tanto de gestión como comunicacionales sería un comienzo esperado, luego de esta tormenta.

Así la aparición de nuevos liderazgos, que convoquen, generen respeto e identidad con la institución, como es el caso de la figura de Marcelo Salas, puede resultar en un reposicionamiento de la imagen pública de la ANFP, la figura de sus directores y a la larga en la reputación del fútbol chileno. De la propia ANFP y los clubes depende.

El fútbol se ha manchado, muchos no le ven solución, sin embargo es el momento perfecto para, más que revertir una situación, plantearla desde cero, con un nuevo relato, gestión y comunicación, lo que a la larga redundará en el armado y tejido de una única y mejorada reputación.

 

Claudio Ramírez, socio y gerente general Llorente y Cuenca.

 

FOTO: ALVARO COFRE/AGENCIAUNO