Lo que parece escapársele a nuestros anarquistas de élite es que si su definición del Estado fuera correcta, ellos serían los primeros en el paredón. Es quizás alguna remota intuición de aquello lo que los lleva a predicar una curiosa anarquía sin rebelión.
Publicado el 18.02.2016
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Hace poco tiempo reseñé en este mismo medio el libro “La tiranía de la igualdad”, de Axel Kaiser. Ahí expuse una de las curiosidades del texto que más capturó mi atención: su definición del Estado, que el autor atribuye a Max Weber, pero que en realidad es una distorsión total del concepto del sociólogo alemán. Kaiser, luego de citar la clásica definición de Weber del Estado (“aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio, reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima”), la interpreta para definir el Estado como “una comunidad humana que aplica la violencia física sobre otros de manera considerada ‘legítima’ (…) siendo la violencia y su supuesta legitimidad lo que distingue al Estado de toda otra organización humana”. Así, concluye Kaiser, “el que gobierna nos domina porque tiene la violencia de su lado (…) es decir, nos obliga a hacer esto o lo otro sin que podamos resistirnos”. Luego, la definición de Weber, cuyo eje es justamente el problema de la legitimidad y la dominación legítima, termina desfigurada al punto de concebir el Estado como mera violencia organizada. Es decir, como una pandilla que ejerce una dictadura.

Lo curioso de todo esto viene dado, por supuesto, por el hecho de que alguien, como Kaiser, cuyo discurso se orienta principalmente a construir una crítica al Estado, sea tan desprolijo al momento de definir a su gran enemigo. Sin embargo, si dejamos descansar a Weber en su tumba y fijamos la mirada en la definición que Kaiser trata de atribuirle, nos tropezamos con una idea particularmente radical que, a pesar de dicha radicalidad, es compartida por amplios sectores de las clases acomodadas de nuestro país. Una visión del Estado que no es propia de Weber, sino de los sectores más radicales del anarquismo decimonónico.

Fue el revolucionario ruso Mijail Bakunin quien escribió: “He dicho que el Estado, por su mismo principio, es un inmenso cementerio; donde vienen a sacrificarse, a morir y a enterrarse todas las manifestaciones de la vida individual y local, todos los intereses de las partes cuyo conjunto constituye precisamente la sociedad; es el altar donde la libertad real y el bienestar de los pueblos se inmolan a la grandeza política, y cuanto más completa es esa inmolación, más perfecto es el Estado”. Tal cita calzaría mucho mejor dentro de “La tiranía de la igualdad” que la de Weber. Y probablemente también sacaría aplausos el parlamentario de derecha que la esgrimiera en el congreso en medio de algún debate tributario.

Bakunin, además, estaría de acuerdo con la idea de Kaiser de que el Estado es básicamente el aparato opresor de una minoría privilegiada. Sigamos leyendo al ruso: “El Estado ha sido siempre el patrimonio de una clase privilegiada cualquiera: clase sacerdotal, clase nobiliaria, clase burguesa. Clase burocrática, en fín, cuando el Estado, habiéndose agotado todas las otras clases, cae o se eleva, como se quiera, a la condición de máquina. (…) Siempre garantiza lo que encuentra. a unos, su riqueza; a otros, su pobreza. A unos, la libertad, basada en la propiedad; a otros, la esclavitud, consecuencia fatal de su miseria”. La canción “Turn down for what” comenzaría a sonar apenas se pronunciaran estas categóricas palabras en un debate contra Jackson, Vallejo o Bachelet.

El problema, por supuesto, es que nuestros anarquistas ABC1 están lejos de perder sólo sus cadenas con la eventual desaparición del Estado, y eso le quita un poco de brillo a su encendida retórica. Resulta algo desilusionante ver a los mismos que definen al Estado como mera violencia arbitraria y temible promover, a renglón seguido, la militarización de La Araucanía, la detención por sospecha y, en general, toda la ampliación posible de las atribuciones de carabineros. Además, por supuesto, de demandar más y más carabineros, especialmente en sus barrios. Todo en nombre de una habladuría algo confusa sobre el “estado de derecho” y el “imperio de la ley”. Hasta ahí no más llega la anarquía.

Así, parece ser que el mismo Estado que definen como una pandilla de ladrones cuando recaba impuestos, y frente al cual suelen preguntar con desdén “¿Qué me ha dado a mi?”, les resulta tremendamente importante al momento de asegurar su propiedad y su integridad. Y todos sabemos que esa tarea se vuelve más complicada en la medida en que más desigual sea la distribución de dicha propiedad y, por lo tanto, más personas estén en una posición que incentive su transgresión.

Bakunin, por supuesto, no tenía problemas con este asunto. De hecho, todo el fin de sus escritos es invitar a la transgresión, la destrucción y la supresión del Estado y de las propiedades que custodia. Es decir, tal como rezaba la canción de los Fiskales ad-hok, “anarquía y rebelión”. Después de todo, lo lógico si uno piensa que el Estado es mera opresión es rebelarse contra él de manera violenta y destruirlo. El derecho a rebelión contra el mal gobierno es más viejo que el hilo negro, y si todos los gobiernos son malos, la conclusión es muy sencilla.

Lo que pasa es que los anarquistas rusos, dentro de su esquema teórico, eran conscientes de que los intereses custodiados por el Estado no eran sólo los de la clase burocrática, sino los de las élites del poder. Luego, sabían que la rebelión contra el Estado era también una rebelión contra dichas élites. Y eso es lo que parece escapársele a nuestros anarquistas de élite: que si su definición del Estado fuera correcta, ellos serían los primeros en el paredón. Es quizás alguna remota intuición de aquello lo que los lleva a predicar una curiosa anarquía sin rebelión.

Ahora bien, convengamos en que nadie está obligado a definir el Estado como los anarquistas rusos y que hay muchas otras perspectivas que razonablemente justifican su existencia como beneficiosa no sólo para las élites y la clase burocrática. De hecho, el gran Max Weber dedicó buena parte de su tiempo a estudiar los medios y las condiciones bajo las cuales el Estado lograba legitimarse y legitimar su dominación. La tradición liberal es también generosa en este sentido, y el anarco-capitalismo no tiene más peso dentro de ella que los bakuninistas dentro de la tradición socialista.

Y ya que no es necesario definir el Estado de forma tan incendiaria, creo sano recomendar a nuestros jóvenes y no tan jóvenes con ánimos liberales que se abstengan de ello tanto por honestidad intelectual como por mantener la razonabilidad en el debate público. Especialmente en tiempos en que el rol del Estado se apresta a ser discutido en profundidad y en los cuales, por lo mismo, quienes consideramos muy importante defender las libertades civiles debemos tratar de ser todo lo serios, razonables y escrupulosos que sea posible. Todo esto porque efectivamente el Estado puede ser una fuente de opresión, tal como el caso de Venezuela nos ilustra  hoy crudamente, y por lo mismo su diseño debe ser discutido de manera responsable y no con challa y fuegos artificiales.

Además, si bien es cierto que Lenin dijo que la burguesía era capaz de vender la cuerda con la cual sería colgada (sin mencionar que luego de la burguesía los comunistas seguirían colgando a todo el que se les cruzara por delante), les tenía suficiente respeto como para no imaginar que en vez de venderla, la regalarían a sus verdugos.

 

Pablo Ortúzar, director de investigación IES.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESOCBAR/AGENCIAUNO