Es un error concluir que hay una crisis institucional en ciernes, que el país está a punto de venezuelanizarse o que estamos ante un quiebre que requerirá de refundaciones.
Publicado el 15.09.2015
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Resulta difícil encontrar un rubro donde los pájaros de mal agüero abunden más que en el análisis político. Tal como algunos predicadores (falsos profetas, los llama la biblia) que cada año anuncian que esta vez el mundo sí se acabará, desde el retorno de la democracia hay analistas que advierten que la crisis política amenaza la estabilidad de la democracia. Pero así como el mundo no se acaba pese a las advertencias de los falsos profetas, la democracia chilena ha seguido consolidándose y profundizándose, con dinámicas distintas y cambiantes, pero siempre en la dirección hacia una mayor fortaleza institucional.

Algunos analistas gustan de elaborar teorías altamente sofisticadas, pero sin conocimiento empírico que las sustente. En La Trampa del Ingreso Medio, Alejandro Foxley advierte sobre la necesidad de realizar ciertas reformas que eviten que Chile caiga en dicha trampa. El libro discute casos de países que exitosamente lograron dar el salto al desarrollo y analiza algunos otros —como Chile— que están en camino a hacerlo. Pero el libro solo presenta un país que se quedó atrapado en dicha coyuntura -Argentina-. El ingreso medio parece más bien una etapa en el camino al desarrollo que recorren los países que una trampa a la que debemos poner atención.

En todos sus informes sobre Desarrollo Humano en Chile desde 1996, el PNUD advierte sobre los profundos cambios que ha vivido la sociedad chilena. Aunque advierte sobre los riesgos de los cambios, el PNUD parece no darse cuenta de que lo único constante que ha vivido Chile en estos 20 años es el profundo proceso de transformaciones. Pensar que cuando esas transformaciones alcanzan al ámbito político el país entra en crisis es no entender que en sociedades modernas los cambios son la norma y no la excepción. El cambio es sinónimo de crisis para el necio. Para los avezados, el cambio es siempre una oportunidad. Para las sociedades modernas, es inevitable.

Desde que Tomás Moulián publicara en 1997 su libro sobre todo lo que fallaba en Chile (El Chile actual: Anatomía de un mito), la plaza se ha llenado de textos apocalípticos que interpretan estos cambios. En 2012, Alberto Mayol nos deleitó con El derrumbe del modelo. En 2013, embriagados por el retorno de Bachelet, un grupo de intelectuales centroizquierdista proclamó la creación de El otro modelo (del orden neoliberal al régimen de lo público). En una columna reciente en La Tercera, Max Colodro advierte que “esto… está transitando hacia una crisis institucional de imprevisibles proyecciones”. Varios otros comentaristas se han sumado al coro que advierte que estamos ad portas de una crisis institucional.

Afortunadamente, la evidencia no justifica los exabruptos apocalípticos. Si bien las encuestas muestran un deterioro en la percepción y las expectativas económicas, los datos permiten anticipar que se vienen tiempos complejos en materia de empleo e inflación, y el gobierno se esmera en añadir incertidumbre con sus reformas mal diseñadas (el debate tributario recién se vuelve a abrir), los chilenos muestran niveles relativamente saludables de satisfacción con sus vidas. En la última encuesta CEP, un 69% dijo tener un nivel de satisfacción personal de entre 7 y 10 (en una escala de 1 a 10). Un 75% dijo que el nivel de satisfacción de su familia estaba entre 7 y 10. Estas cifras muestran un mayor optimismo que en noviembre de 2014. El porcentaje de los que se declara insatisfecho es solo de un 8%.

La gente percibe que la clase política está en problemas. Los chilenos evalúan mal a sus líderes. La aprobación presidencial es pésima. La aprobación al Congreso es peor. Ningún político tiene una evaluación positiva superior al 50%. Pero es un error concluir que hay una crisis institucional en ciernes, que el país está a punto de venezuelanizarse o que estamos ante un quiebre que requerirá de refundaciones.

El fenómeno de desconfianza en la clase política no es nuevo en Chile —ni en el mundo—. La caída en la confianza en los líderes políticos no tiene por qué constituir una mala noticia. Una ciudadanía mejor informada es también una ciudadana con más cuestionamientos y menos dispuesta a firmar cheques en blanco. La desconfianza es inevitable —y saludable— en sociedades modernas con más acceso a la información (y por lo tanto más conocimiento sobre las cosas que no funcionan bien). Muchos pájaros de mal agüero complementan sus análisis apocalípticos contrastando la situación actual con el paraíso perdido sin reconocer que antes las cosas funcionaban peor (no teníamos ley de financiamiento de campaña antes de 2003 y hasta la irrupción de las redes sociales, la opacidad en el acceso a la información era la norma).

Parafraseando a Mark Twain, la democracia chilena —basada en un modelo social de mercado— continuamente nos recuerda que los rumores sobre su muerte han sido ampliamente exagerados. Aunque una columna apocalíptica vende más que una tranquilizadora, a veces hay que mirar los datos antes de proclamar que el fin del mundo es inminente.

 

Patricio Navia, Foro Líbero y académico Escuela de Ciencia Política UDP.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO

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