En las actuales condiciones, no resulta claro qué significado debería atribuirse al comportamiento del PC chileno cuando prefiere defender la dictadura castrista de Cuba en nombre de una revolución anticapitalista que ya no existe, antes que promover los valores de las democracias capitalistas que, a todas luces, parecen superiores a los de un capitalismo conducido por el partido, los militares, la vieja guardia “revolucionaria” y los familiares de ésta o la nueva élite heredera de aquella.
Publicado el 01.03.2017
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¿Por qué el Partido Comunista (PC) vuelve a caer una y otra vez en la misma trampa como si estuviese atrapado por un mecanismo fatal? ¿Por qué cada vez que puede defiende la dictadura en Cuba al mismo tiempo que ataca como insuficiente la democracia en Chile? ¿Por qué le resulta tan difícil, cuando no imposible, condenar toda suerte de regímenes autoritarios como los de China, Rusia, Venezuela, Nicaragua, Corea del Norte o Vietnam, cuando por otro lado denuncia con extrema facilidad fallas incomparablemente menores en sistemas liberales?

 

Una primera respuesta podría sostener que el PC entiende que la lucha contra el capitalismo —y la aplicación de políticas anti-capitalistas de transformación de la sociedad— exige ir más allá de las formas burguesas, o sea liberales, de la democracia. Su visión de la historia, y de la relación entre democracia y capitalismo, continúa bajo el influjo directo del marxismo-leninismo.

De acuerdo con éste, el camino de la revolución socialista supone desmontar la dictadura encubierta de la burguesía (democracia formal) mediante la dictadura a cara descubierta del proletariado, la que debe suprimir el mercado de la tierra, el trabajo y el dinero (o sea, superar el capitalismo). Al mismo tiempo, debe impedir que los “enemigos de clase” —internos y externos— frustren el avance de la revolución.

En este esquema de cosas, el partido (comunista) sería la vanguardia consciente que inocula a la clase obrera una conciencia de sí misma como clase, primer eslabón de su emancipación, y que luego la instala en el Estado en nombre de los ideales revolucionarios. Como cantó Neruda a su PC: “Me has hecho indestructible porque contigo no termino en mí mismo”. La militancia partidista es el trampolín que permite saltar hacia una nueva conciencia colectiva.

Cualquier proyecto que en la actualidad aparece como heredero de los ideales de la revolución rusa de 1917, aunque sea bajo extrañas fórmulas del tipo socialismo siglo XXI, militarismo autoritario, gobierno gerontocrático-burocrático-comunista, nepotismo revolucionario o lo que sea, aparece para el PC de inmediato bajo la sombra protectora de los ideales anticapitalistas que forman parte de su identidad histórica. A fin de cuentas, en los sentimientos y la emoción, dos elementos fundamentales de una cultura organizacional, es probable que para el PC continúen vigentes los motivos que llevaron a Neruda a celebrar el triunfo de la revolución y las esperanzas que ella echó a volar con el viento:

Junto a Lenin

Stalin avanza

Y así, con blusa blanca

Con gorra gris de obrero

Stalin,

Con su paso tranquilo

Entró en la Historia acompañado

de Lenin y el viento…

 

¿Cómo entonces el PC podría condenar a Cuba? ¿Acaso de acuerdo a su visión de la historia no goza este régimen de una legitimidad más profunda que la mera democracia de libertades burguesas, pluralismo de partidos y competencia electoral? ¿No hay allá, en reemplazo, un mejor acceso a la salud y la educación? ¿Y mayor orden y seguridad? ¿Más dignidad y sentido de comunidad?

En la cultura comunista, antes que la democracia (formal) importa su contenido social; su desempeño en el plano de la igualdad y del acceso a bienes públicos. La libertad, en tanto, puede esperar hasta el día en que quede garantizada colectivamente; dicho en otras palabras, hasta que sea posible superar el estrecho marco del individualismo propio del ciudadano burgués.

Maduro y Ortega, igual que Raúl Castro o Xi Jinping, están situados desde ya, como Lenin y Stalin, en un estadio superior al de la mera democracia. ¿Cómo así? Lo están en cuanto portadores de proyectos (socialistas o comunistas) que en el devenir de la historia —tendencialmente— aparecen muy por delante (o por encima) del mezquino alcance de las democracias occidentales, con su injusta distribución de oportunidades y beneficios.

 

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Cien años después de la revolución soviética no sólo nos encontramos frente a su fracaso y a la desaparición de la “patria socialista”, sino, además, ante una transformación de los ideales revolucionarios en diversas y variopintas direcciones.

De modo tal que hoy mismo lo que está en juego no es el abandono de la democracia (formal) en favor de una gesta heroica anticapitalista en camino hacia la emancipación socialista-comunista. No. Pues el viento de la historia cambió de sentido el terminar el siglo pasado.

Hoy lo que está en juego es la socialdemocracia en sus distintas versiones, por un lado, y por el otro, la existencia de dictaduras de partidos (“revolucionarios”) encargados de administrar (variedades) de capitalismos de Estado que crean cada una sus propias clases dominantes y avanzan con mayor o menor éxito hacia una integración global de los mercados, el consumo masivo y desiguales niveles de bienestar social.

Mientras la democracia es inseparable de la experiencia socialdemócrata a nivel mundial, la falta de ella y del ejercicio de libertades individuales fundamentales son factores comunes del socialismo real y de los postulados comunistas. Estos sistemas se caracterizan por establecer un orden con diversos grados de opresión, persecución de los disidentes, control de las comunicaciones e información, intrusión en la esfera privada, discriminación ideológica, maltrato de minorías, ritualización de la vida cotidiana y dislocación cultural.

 

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De modo que en las actuales condiciones, no resulta claro qué significado debería atribuirse al comportamiento del PC chileno cuando prefiere defender la dictadura castrista de Cuba en nombre de una revolución anticapitalista que ya no existe, antes que promover los valores de las democracias capitalistas que, a todas luces, parecen superiores a los de un capitalismo conducido por el partido, los militares, la vieja guardia “revolucionaria” y los familiares de ésta o la nueva élite heredera de aquella.

¿Señal de que el PC es más propenso a renunciar a sus ideales anticapitalistas que a dejar atrás su sentimiento en favor de “dictaduras progresistas” (verdadero oxímoron)? ¿O quizá manifestación de que Lenin junto con Stalin (vestidos con blusa blanca y gorra gris de obrero) perviven todavía como símbolos en el inconsciente colectivo del PC, proporcionándole la fuerza emotiva que un día llevó a Neruda a dar gracias a la revolución soviética “por el aire y el pan y la esperanza”?

Puede ser. Lo claro es que el PC chileno se halla envuelto en una serie de contradicciones difíciles, cuando no imposibles, de resolver. A continuación listo algunas.

Entre la utopía fenecida (la del comunismo imaginado por Marx y el PC soviético) y la imposición del capitalismo global, incluso en aquellos países gobernados por  partidos epígonos del comunismo. El socialismo soviético se desplomó mientras el capitalismo occidental —como lo llamaba Weber— se extendió no por la fuerza de su espíritu (el ascetismo intramundano), sino en virtud del poder expansivo de los mercados.

Entre asumir una concepción reformista del mundo, socialdemócrata en serio, o mantener el anacronismo de la revolución como nostalgia o ilusión de una refundación que, en vez de cambiar el status quo, apenas lo desordena.

Entre la democracia liberal, con su trasfondo histórico burgués —comprendidas sus múltiples limitaciones y estrecheces— y la vocación autoritaria, tipo despotismo-ilustrado-versión-siglo XX, que sueña con superar el formalismo de los derechos individuales y de la esfera privada para dominar la sociedad en nombre de ideales administrados por una burocracia ideológico-política en posesión de una interpretación científica de la historia (incluidas las leyes de su desenvolvimiento futuro).

Por ende, entre una concepción decimonónica de la ciencia, una suerte de positivismo dialéctico, y las concepciones interpretativas contemporáneas de las ciencias sociales, donde las ideas tienen un valor autónomo y no responden exclusivamente a intereses materiales, ni tampoco hay un sentido único de la historia (o del progreso) independiente de la acción social de las personas y del conflicto entre grupos.

Entre perseguir como objetivo la transformación del capitalismo o asumir la tesis más reciente de algunos intelectuales de izquierda, según la cual “el nombre del último enemigo de hoy no es el capitalismo, el imperio, la explotación o cualquier cosa de ese tipo, sino la democracia: es la ‘ilusión democrática’, la aceptación de los mecanismos democráticos como el único medio legítimo de cambio, la que impide una verdadera transformación en las relaciones capitalistas” (S. Zizek, LRB, 28/11/2011).

Por último, la contradicción existente entre la retórica —tan típica del pasado— que acompaña a las polémicas del PC y sus dirigentes (revivida estos días en defensa del régimen cubano y contra el “plan desestabilizador” supuestamente pergeñado por Mariana Aylwin), y la deliberación pública democrática que obliga a argumentar de buena fe, atendiendo a los hechos (sin recurrir a “hechos alternativos”) y sobre la base de valores y principios sujetos a crítica reflexiva.

En suma, concluimos que el PC sigue preso de un anacronismo, un “hecho o circunstancia actual que no es actual, sino propia o característica de las costumbres del pasado”. Es la misma trampa que hace rato lo mantiene atrapado como si fuese un mecanismo fatal.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO

 

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