Lo primero que esperábamos esta semana de Michelle Bachelet era prestancia presidencial.
Publicado el 24.04.2015
Comparte:

Es probable que el Desayuno Presidencial de esta semana pase a la historia como uno de los momentos más insólitos que se ha vivido en La Moneda, al menos en los últimos 25 años.

Tras meses de indefiniciones y omisiones respecto de temas muy sensibles que preocupan hoy a Chile, en medio de un clima político irrespirable, probablemente los periodistas esperaban otra cosa de este primer encuentro cara a cara con la Presidenta de la República. Por de pronto, señales de autoridad, los mensajes correspondientes a la Nueva Mayoría y a la oposición y, muy particularmente, un diálogo franco a través del cual la máxima autoridad del país transmitiera tranquilidad y confianza a los chilenos.

Lo que tuvimos a cambio fueron demasiados gestos desafortunados, demasiadas señales de ofuscación y demasiadas malas frases para el bronce. Incluso un evento como ese, que es del ABC de un gobernante y que pudo convertirse en una oportunidad magnífica para tender nuevamente puentes con los medios –a los que la Presidenta permanentemente responsabiliza por la caída de su apoyo ciudadano-, fue conducido con desgano e improvisación.

¿Qué se espera de un Presidente de la República en momentos como los que atraviesa Chile hoy? ¿Qué esperábamos esta semana de quien ejerce hoy su segundo mandato presidencial?

Lo primero que esperábamos esta semana de Michelle Bachelet era prestancia presidencial, la altura de quien está plenamente consciente de lo que simboliza para la nación, del respeto que tiene la obligación de inspirar; y de la enorme responsabilidad que pesa sobre sus hombros. A esos símbolos y a esa responsabilidad, la Presidenta Bachelet accedió voluntariamente cuando decidió competir por un segundo mandato. Si tomó o no esa decisión respondiendo a las presiones de la izquierda, es harina de otro costal, que a los chilenos hoy poco nos importa.

Cuando buscábamos alguna señal de la máxima autoridad del país, cuyas reformas repercutirán en la vida de millones de chilenos y sus efectos perdurarán por décadas, nos encontramos con una Bachelet que nos notificó que no se repetirá el plato y que en el 2018 se retira de la política activa. En dos palabras: vino, hizo y se fue.

Esperábamos también que la Presidenta nos transmitiera señales inequívocas de que está resuelta a tomar decisiones inspiradas, no en el “sentido común” de la calle, sino en su experiencia, en la certeza de que son lo mejor para Chile y en el coraje que distingue a un líder de un ciudadano común. La respuesta fue una serie de frases inconexas, para informar si conocía o no a determinadas personas y si las boletas de fulano o sutano debían publicarse.

Queríamos ver a una Michelle Bachelet con la piel curtida por años de experiencia política, capaz de separar la paja del trigo y dar vuelta la página con sus enemigos íntimos. Queríamos a una líder con vocación pública, que entiende la compleja tarea de gobernar, para equilibrar promesas, realidades y presiones.

En vez de la líder madura y resiliente, la Mandataria ha vuelto a victimizarse. Parece no entender que detrás de las críticas a la ambigüedad con que ha enfrentado los casos que afectan a su familia y a la exigencia de responsabilidad en decisiones que hoy se toman de manera improvisada, no está la intención de conspirar contra su gobierno.

Con decepción y también con preocupación, observamos que todos los días se pierde algo más de la altura presidencial. Hay en la actitud de la Presidenta Bachelet demasiadas señales de hastío e indiferencia que tiene la obligación de revertir, no solo porque es la posición que se espera siempre de un mandatario, sino especialmente porque es el único camino que tiene hoy Chile para superar la severa crisis política y de confianza por la que atraviesa, que podría poner en riesgo instituciones y una democracia que ha costado demasiado consolidar.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO

Ingresa tu correo para recibir la columna de Isabel Plá