El emprendimiento y la innovación no son sólo para quienes impulsan los proyectos, también son para quienes los norman y los introducen en el sistema, y ése es un desafío que aún no parece estar completamente resuelto.
Publicado el 12.04.2016
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Estamos inmersos en una sociedad que premia y aplaude a aquellos que apuestan por el emprendimiento y la innovación como estilos de vivir y de generar negocios, alianzas o cluster, porque se ha extendido la idea de que estas vías de desarrollo son alternativas eficaces y de probada validez en cuanto a productividad; término que se ha vuelto a poner tan de moda en las últimas semanas.

Sin embargo, me parece que poco valor y significado tienen estos conceptos ya a estas alturas, pues se han explotado tanto en el campo del discurso que su sentido semántico se ha desvirtuado y con ello toda su carga asociada. Con esto me refiero a los valores como flexibilidad, resiliencia, perseverancia y adaptación, que forman parte del alma de cualquier emprendimiento o proyecto de innovación, y por cierto, de todo proceso productivo. Porque las iniciativas que surgen sobre la base de estos modelos de negocio y con estas visiones estratégicas traen implícitas una importante dosis de creatividad y evolución, que necesariamente vienen ligadas al desarrollo de habilidades específicas. La adaptación resulta especialmente interesante, porque presenta un desafío mayor, que bien resuelto puede generar un salto cualitativo en una sociedad; y en muchas ocasiones un nuevo proyecto que no había sido considerado al inicio.

Es decir, que si como sociedad somos capaces de adaptarnos a los cambios que nos proponen estos nuevos modelos de negocios y los incorporamos como parte del sistema –con todo lo que eso implica- habremos crecido y dado un salto cualitativo que tiene como consecuencia la evolución.

No obstante, es conocido por la mayoría que la resistencia al cambio es uno de las grandes trabas que tenemos como personas y, por tanto, como sociedad. Aunque también es cierto que hay sectores más proclives a esta resistencia -ya sea por lentitud o por falta de entendimiento de lo que realmente ocurre-, pero la evidencia es que se van quedando atrás y ponen palos en las ruedas de quienes avanzan con sentido de eficiencia y productividad; de aquellos que se han subido al carro del emprendimiento y de la innovación.

Entonces vale la pena preguntarse: ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a ceder y adaptarnos para crecer? ¿En Chile, somos de aquellas sociedades que apoyan y promueven el cambio o de aquellas que lo restringe?

Entiendo que el cambio y los nuevos modelos de negocio deben ordenarse, regularse e integrarse formalmente en el sistema, sin embargo, es posible hacerlo desde una mirada adaptativa y no prohibitiva. Todos los sectores están llamados a sumarse al cambio y a evolucionar, pero de forma coherente. El emprendimiento y la innovación no son sólo para quienes impulsan los proyectos, también son para quienes los norman y los introducen en el sistema, y ése es un desafío que aún no parece estar completamente resuelto.

En los últimos meses, hemos ido observando gestos de parte de nuestros líderes que más bien limitan y dificultan el emprender. Leyes y regulaciones apuntan a la sospecha de lo que uno tiene intención de ser o hacer. No es un ambiente que promueve las libertades individuales.

Y ese es precisamente el problema de fondo. Porque aquellos que marcan una tendencia diferenciadora y hacen las cosas de manera novedosa son rápidamente apartados del rebaño por un sistema que dice una cosa pero hace otra. Un sistema que no tiene la capacidad –ni la voluntad al parecer- de adaptarse, y que en definitiva apela al discurso retórico como mecanismo dinamizador.

Experiencias de discusión como las de la viabilidad de los taxis Uber; la ley de detención por sospecha; la ley mordaza; la escasa presencia de impuestos verdes; la falta de recursos para nuevos proyectos; la ausencia total de una política pública que consolide el crecimiento de una sociedad civil articulada y empoderada, por nombrar sólo algunos casos, son una clara muestra de que hay un vacío en ese discurso. Porque como decíamos al comienzo, utilizar conceptos como innovación y emprendimientos en enunciados y propuestas no genera el cambio. Es necesario agregarle todos los demás ingredientes que van asociados al ADN de la evolución y del crecimiento para obtener resultados. Y aparentemente eso está lejos de ocurrir.

Falta aún mucha visión, mucha apertura de mente para entender que el modo de vivir y la participación de las personas cambiaron radicalmente. Que si no aceptamos la diferencia y la integramos como parte de nuestra realidad nos quedaremos anclados y atrasados en términos de desarrollo.

Las nuevas formas de crecimiento y productividad no vienen de la mano de la imposición y el control, sino de la colaboración, la creación conjunta y el fomento de sinergias.

 

Soledad Teixidó, Presidenta Ejecutiva PROhumana.

 

 

FOTO: JOSE FRANCISCO ZUÑIGA/AGENCIAUNO