Desde la campaña de 1989, los candidatos presidenciales ganadores supieron plantearse como una alternativa radicalmente diferente, en alguna dimensión relevante, a sus predecesores. En 2013, Bachelet II trajo un mensaje fundacional. Si quiere volver a repetir el mensaje fundacional, Guillier va a tener problemas para articular una diferencia sustantiva con su predecesora.
Publicado el 27.12.2016
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Forzado a definir una estrategia de campaña para poder consolidar el buen momento por el que pasa en las encuestas, el senador Alejandro Guillier debiera recordar que, desde el retorno de la democracia, todos los candidatos ganadores han representado, en alguna dimensión importante, el opuesto de lo que han sido sus antecesores inmediatos. Porque chiste repetido sale podrido, Guillier deberá encontrar un punto de quiebre con lo que ha sido el gobierno de Michelle Bachelet. Si solo se define como continuador, pero con distintas herramientas para avanzar hacia la meta de un país más igualitario, Guillier dilapidará lo que hasta ahora aparece como la mejor opción de la Concertación/Nueva Mayoría (C/NM) para mantenerse en el poder.

La tendencia al alza que ha experimentado Guillier en las encuestas es innegable (pese a su leve baja de ayer en la medición semanal de Cadem). Su irrupción ha golpeado duramente las aspiraciones del ex Presidente Ricardo Lagos y de José Miguel Insulza. Si bien en política siempre hay sorpresas y algunos que suben muy rápido caen de forma igualmente vertiginosa —basta recordar la candidatura presidencial frustrada de Laurence Golborne—, la gran novedad en la carrera presidencial en el último trimestre de 2016 fue la irrupción del senador por Antofagasta. El simpatizante del Partido Radical se mueve con facilidad entre el espacio del continuismo concertacionista (no hay partido más identificado con mantener las pegas estatales que el PR) y la bancada que nace a partir del descontento con el viejo orden. Guillier exitosamente le quita a Lagos la bandera del cambio gradual y les arrebata a los rebeldes —desde Marco Enríquez-Ominami hasta la bancada estudiantil— los aires transformacionales. De hecho, el gran problema de MEO no son sus líos judiciales (después de todo, le tocaría competir con Piñera, el campeón de jugar al margen de la ley), sino la irrupción de un candidato que representa el mismo cambio radical, pero que no rompió con la NM. A su vez, el Frente Amplio (FA) sabe que su mejor candidato presidencial sigue matriculado en la coalición que es anatema para lo que ese sector predica.

En estas condiciones, daría la impresión de que Guillier tiene la nominación presidencial amarrada. Varias encuestas ya lo muestran alcanzando a Piñera en intención de voto. Pero a estas alturas del partido, las encuestas solo muestran el sentimiento inicial antes de que empiece la campaña. Una vez que aumente la intensidad de la competencia, veremos qué tanta densidad tiene cada candidato. Como Guillier solo tiene una campaña en el cuerpo —en una circunscripción senatorial que es, en rigor, la suma de dos ciudades—, es difícil anticipar si será capaz de dar el ancho en una contienda mucho más exigente que requiere de presencia y capacidad organizativa a nivel nacional.

Aunque su trayectoria periodística es notable y lo ha preparado para enfrentarse a las cámaras, Guillier sufre también del mal que aqueja a muchos periodistas: sabe de muchas cosas, pero ninguno de sus temas lo maneja con profundidad. Su poca experiencia política lo hace presa fácil de encerronas, trampas y jugadas sucias, cuestión en la que el principal de sus rivales, Ricardo Lagos, es muy experimentado, dado el difícil camino que debió enfrentar para convertirse en Presidente. Además, Guillier ha demostrado una sorprendente habilidad para cometer errores no forzados, porque entre declaraciones extemporáneas y haber posado junto a la muñeca inflable ha exhibido poco talento para evitar traspiés comunicacionales.

Pero el principal problema de Guillier es la necesidad de construir un concepto de campaña. Hasta ahora ha coqueteado con seguir el mismo camino que llevó a Bachelet II al poder en la campaña de 2013.  Lamentablemente para él, la mezcla de sonrisa rápida y la excusa de que las cosas ahora se harán bien porque las haremos entre todos suena demasiado parecido a lo que prometió ella. Eso constituye un problema. Desde la campaña de 1989, los candidatos presidenciales ganadores supieron plantearse como una alternativa radicalmente diferente, en alguna dimensión relevante, a sus predecesores. Mientras Aylwin era el padre bueno que remplazaría al brutal dictador, Frei era el ingeniero profesional y eficiente que se enfocaría en las transformaciones que necesitaba el país. Lagos fue el estadista, Bachelet la doctora cercana y Piñera el derechista moderno y emprendedor. Bachelet II trajo un mensaje fundacional. Si quiere volver a repetir el mensaje fundacional, Guillier va a tener problemas para articular una diferencia sustantiva con su predecesora.

Es verdad que todavía tiene el verano para construir un mensaje, pero considerando que ya lleva tres meses en carrera, parece sorprendente que el hombre que se hizo famoso leyendo las noticias todavía no se dé cuenta que las noticias —al igual que los chistes—, cuando son repetidas, salen podridas.

 

Patricio Navia, #ForoLíbero

 

 

Foto: MAGALY VISEDO S./AGENCIAUNO

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