En una democracia, el triunfo y la derrota nunca pueden significar el acabo de mundo, ni un camino irreversible hacia el despeñadero. Después de unos años debe existir la capacidad para premiar al gobernante con su reelección o bien hay que elegir un nuevo Presidente. Todo eso es parte de la naturaleza del sistema.
Publicado el 19.11.2016
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Es curioso lo que ha ocurrido con la elección presidencial norteamericana, que ha acaparado la atención del mundo entero. En diversos países los canales de televisión transmitieron en directo el cierre de los comicios, esperando hasta altas hora de la madrugada por unos resultados que se veían particularmente estrechos. Con el paso de las horas, y a pesar de que el corazón de muchos les impedía ver la realidad electoral -o reconocerla-, tuvieron que admitir que Donald Trump había ganado y se encaminaba a la Casa Blanca.

Muchos hablaron de un triunfo inesperado, basados en muchas encuestas e informes periodísticos. Más allá de la sorpresa, se estimó que se trataba de un triunfo “indeseado”. Son dos cosas distintas, y ciertamente se confundieron el martes 8 de noviembre: quienes no deseaban la victoria de Trump suponían que ella no llegaría. Pero llegó: se equivocaron las empresas de encuestas, los expertos, comentaristas de ocasión, candidatos republicanos que se distanciaron de Trump por su eventual derrota, demócratas que menospreciaron a su adversario, una comunidad internacional que no intentó comprender el fenómeno norteamericano, sino que lo evaluó según sus propias categorías y prejuicios.

A todo esto contribuía, ciertamente, el propio magnate, con su discurso insolente y políticamente incorrecto, con sus frases agresivas y con escaso filtro, con un estilo petulante y una seguridad a toda prueba. ¿Cómo se podía considerar seria su propuesta de construir un muro para impedir la llegada de los mexicanos? ¿O sus negativas a someterse a los dictados tradicionales de los partidos, incluso la eventualidad de desconocer los resultados? Todo esto fue creando un ambiente en el cual la victoria de Trump era prácticamente imposible.

Sin embargo, tomarse en serio los comicios habría llevado a dudar de las certezas en los días previos a las elecciones. Si Trump era todo eso y más, debería haber llamado la atención que en numerosas encuestas estuviera empatado con Hillary Clinton. Lo mismo la manera como se comprometieron el presidente Obama y su mujer en dar su apoyo a Clinton y en descalificar a su adversario. Esto debería haber indicado que se trataba de una elección estrecha, abierta, más todavía cuando la candidata demócrata era quizá la peor en muchas décadas.

El resultado final fue evidente aunque contradictorio. Para los estudios sobre la política y las democracias, es necesario recordar que Hillary Clinton obtuvo la mayoría de los votos, superando levemente Donald Trump, por un 47,7% contra el 47,5%. Pero el sistema norteamericano es distinto, la distribución de representantes es de acuerdo a los estados, y ahí la victoria de Trump fue categórica; 306 contra 232 electores. Los republicanos obtuvieron además una sólida victoria en la Cámara de Representantes y algo más estrecha en el Senado, con lo cual no sólo han derrotado a Clinton y a los demócratas, sino que también han propinado una derrota categórica a Barack Obama en su despedida de la Casa Blanca, que había comenzado con épica y emoción hace ocho años.

Se ha comentado en los últimos días que Estados Unidos es una nación dividida. Así lo demuestran el clima previo durante la campaña y las reacciones tras los conteos de votos, que se sumaron al temor internacional y las frases condenatorias de diversos líderes políticos. Como corolario, han emergido una serie de protestas contra el Presidente electo, algunas de ellas bastante violentas y destructivas, como ha denunciado National Review. Es probable que sean malos perdedores más que delincuentes habituales, o quizá tienen un legítimo temor que expresan de mala manera.

Foreign Affairs Latinoamérica afirma que “el voto popular sacó a relucir fuertes divisiones sociales”, lo que argumenta según datos entregados por CNN. Según ellos, los jóvenes votaron por Clinton, mientras los mayores apostaron por Trump; el voto masculino se inclinó mayoritariamente hacia el republicano, mientras el de las mujeres apoyó más a la candidata demócrata; los afroamericanos y latinos apoyaron a Clinton por una amplia diferencia, sin embargo menor a la que había logrado Obama.

Lo anterior no es extraño. En todas las elecciones, en todos los países democráticos, los electores se dividen por distintas razones: religiosas, de raza, de estrato social, por brecha generacional, por regiones geográficas, según sexo. Eso ni siquiera es negativo. De lo que se trata, en términos conceptuales y prácticos, es de articular esas diferencias dentro de la unidad nacional, con capacidad para integrar a quienes han votado por uno u otro candidato. Lo reconoció Trump después de las elecciones, al señalar que sería Presidente de todos los norteamericanos.

En una democracia, el triunfo y la derrota nunca pueden significar el acabo de mundo, ni un camino irreversible hacia el despeñadero. Después de unos años debe existir la capacidad para premiar al gobernante con su reelección o bien hay que elegir un nuevo Presidente. Todo eso es parte de la naturaleza del sistema. Por lo mismo, en el caso norteamericano, es preciso desarrollar esfuerzos para revertir los daños provocados por el clima electoral, ser muy firmes en la comprensión de esa nación como una sociedad capaz de integrar inmigrantes y dar oportunidades para surgir a todos sus habitantes.

En la hora de las elecciones resulta muy legítimo celebrar la victoria, como es comprensible lamentar las derrotas. Pasado el proceso electoral, corresponde respetar al legítimo nuevo líder de los Estados Unidos, así como el Presidente deber ser capaz de reconocer errores, enmendar el rumbo donde corresponde y pasar de las palabras a los hechos en su afirmación de ser el gobernante de todos los norteamericanos. Y no estaría de más leer y comprender un poco la historia de esa gran nación.

En momentos dramáticos del siglo XIX, ese gran héroe que fue Abraham Lincoln pronunció unas palabras proféticas y permanentes: “Una casa dividida contra sí misma no puede mantenerse. Creo que este Gobierno no puede perdurar, permanentemente, mitad esclavo, mitad libre. No espero que la Unión se disuelva -no espero que se derrumbe-, pero sí espero que deje de estar dividida. Será del todo una cosa o la otra”.

Conviene tener estas reflexiones en el corazón y en la cabeza -en las calles y en la Casa Blanca-, a la hora de pensar en el futuro de Estados Unidos y del mundo.

 

Alejandro San Francisco, historiador, columna publicada en El Imparcial, de España